por Juan Abal Medina, Secretario de Gestión Pública
En las democracias contemporáneas, los partidos políticos son los instrumentos fundamentales de canalización y representación de los intereses sociales. Por eso, para que las democracias de partidos funcionen adecuadamente, es necesario que haya democracia en y entre los partidos. Este proyecto de ley avanza en esa dirección, y por eso enumeramos 10 razones para apoyar su aprobación:
1. Establece la realización de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias. La utilización de mecanismos de selección de candidatos que incluyan la participación de la ciudadanía está creciendo en el mundo. Además del caso paradigmático de los Estados Unidos de América, países de la región como Costa Rica, Uruguay y Colombia han incorporado este requisito en su legislación electoral. Incluso en Europa, donde los partidos tradicionalmente seleccionaban a los candidatos mediante los órganos de gobierno partidarios, actualmente se están difundiendo métodos más abiertos, como lo prueban experiencias recientes en Francia, Italia y el Reino Unido. En Uruguay rige un esquema como el propuesto desde 1997, y los partidos son indudablemente más fuertes e institucionalizados que antes. También la Provincia de Santa Fe constituye una valiosa experiencia de aplicación de un sistema similar.
2. La implementación de este sistema impide que quienes sean derrotados en una primaria compitan en la elección general, evitando la proliferación de sellos electorales que se crean para cada comicio y carecen de inserción efectiva en la sociedad. Así, se fortalece a los partidos como herramientas de participación popular en los asuntos públicos, en desmedro de “partidos flash” meramente personalistas. Partidos sólidos, con un robusto anclaje social, contribuyen a una competencia política más estable, que permita a los ciudadanos conocer sus programas de gobierno, emitir un voto informado y controlar más adecuadamente el desempeño de sus representantes.
3. Con el mismo objetivo de garantizar que los partidos políticos cuenten con una representatividad real en la sociedad, se elevan los requisitos para la constitución de un partido (acreditando la afiliación de al menos el 5‰ del electorado), se fortalecen los mecanismos de control sobre dichos niveles de afiliación y se eleva el piso mínimo a alcanzar para mantener la personería (3% del padrón en 2 elecciones sucesivas). En la mayoría de los países existen restricciones similares que impiden la atomización del sistema de partidos, incluyendo en algunos casos elevados umbrales electorales o incluso la fijación de un número mínimo de bancas para conformar un bloque legislativo. La experiencia comparada muestra que la fragmentación excesiva del sistema partidario es perjudicial para la democracia, y por eso este proyecto pretender corregir tal debilidad de nuestro sistema actual, que presenta más de 680 partidos con personería jurídica.
4. Para democratizar efectivamente la competencia electoral, el Estado garantizará a todos los partidos espacios de publicidad en medios audiovisuales, de forma equitativa y proporcional. Junto a esto, se prohíbe la contratación privada de estos espacios, que actualmente consume casi el 90% de los recursos destinados a las campañas electorales. De este modo, la competencia electoral se vuelve más transparente y equitativa, garantizando la difusión de todas las propuestas y su acceso por parte de la ciudadanía. Un esquema como el propuesto rige en Francia, Reino Unido, España, Portugal, México, Brasil y (con pequeñas diferencias) Chile y Colombia, entre otros países.
5. Se prohíben las contribuciones a los partidos por parte de personas de existencia ideal, permitiéndose solamente las de personas físicas. Se entiende que todo ciudadano tiene derecho a apoyar al partido que lo desee, pero las corporaciones en sí mismas no cuentan con ese derecho. Así, se evita cualquier posible influencia de éstas en los actos de gobierno de los partidos políticos, preservando el principio básico de la democracia de la igualdad política de todos los ciudadanos. A la vez, el proyecto establece que se otorguen en forma más equitativa los fondos públicos para los partidos políticos, pasando a distribuirse el 50% en forma igualitaria y el 50% de acuerdo a los resultados de la última elección. Nuevamente, el objetivo es democratizar la competencia electoral.
6. Se regula la publicación de encuestas y estudios de opinión, para que la ciudadanía conozca quién ha contratado y bajo qué metodología ha sido elaborado cada estudio difundido en los medios de comunicación. Junto a esto, se crea un Registro de Empresas de Encuestas y Sondeos de Opinión, que permitirá transparentar el funcionamiento y difusión de estos estudios. Estas disposiciones siguen normativas similares establecidas en países como Brasil, Ecuador, Portugal y Bélgica. El objetivo es que las encuestas no sean utilizadas como un instrumento de manipulación al elector, sino de información y análisis electoral.
7. Se impide a los partidos la presentación de candidatos a ocupar cargos públicos a personas con auto de procesamiento por delitos de lesa humanidad y violaciones a los derechos humanos. Se busca garantizar la convicción democrática de quienes aspiran a representar a la ciudadanía. Nuestra democracia debe decir Nunca Más a los ejecutores del terrorismo de Estado y la represión ilegal.
8. Se unifican los padrones masculino y femenino, terminando con una división anacrónica y prácticamente única en el mundo, y dando un nuevo paso en promover la igualdad de género en la República Argentina.
9. Cubriendo un vacío de la legislación vigente, se regula la constitución de alianzas, confederaciones y fusiones, estableciendo un criterio homogéneo para todos los distritos del país. Se trata de ordenar y hacer más previsible el funcionamiento de nuestro régimen de partidos, tanto para la ciudadanía como para los propios actores políticos.
10. Se incorporan nuevas tecnologías en distintas etapas del procedimiento, a fin de modernizar y agilizar el proceso electoral. En la era digital, es necesario adoptar mecanismos que fortalezcan la celeridad y confiabilidad con que se organizan los comicios, y para ello se crea el Registro Nacional de Electores en soporte magnético. Esto permitirá actualizar la información de los padrones en forma permanente y reducir tiempos y costos del proceso eleccionario.
Por las razones expuestas, el proyecto de Ley de Democratización de la Representación Política, Equidad y Transparencia electoral constituye un salto de calidad institucional que fortalecerá a los partidos políticos, reducirá la brecha entre representantes y representados y mejorará el funcionamiento de la democracia argentina.
Las diez razones para apoyar la Ley de Democratización de la Representación Política, Equidad y Transparencia Electoral
Por dónde se corta el hilo
Maristella Svampa –licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París– ha estudiado no sólo la formación y consolidación de las organizaciones piqueteras, sino también el modo en que se ha buscado criminalizar sus reclamos con argumentos que, desde mitad de los años ’90, han servido a distintos ciclos políticos. Desde ese lugar, la académica advierte sobre las particularidades de los discursos políticos y mediáticos que, con violencia, se hicieron oír la semana pasada, estigmatizando a determinadas agrupaciones de desocupados y desocupadas y a sus dirigentes, especialmente a una de ellas, una mujer, Milagro Sala. El avance de la derecha, la comprensión de la política –otra vez– en términos de civilización o barbarie y la configuración de nuevas organizaciones sociales en boca de una intelectual que ha sabido acompañar el pulso popular a lo largo de las últimas dos décadas.
Acaba de firmar, junto con otros intelectuales, una declaración alertando sobre los efectos de los discursos criminalizadores de ciertos movimientos sociales por parte de Elisa Carrió, Gerardo Morales y las coberturas de los diarios Clarín y Nación.
–Es que es muy preocupante porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política los contextos represivos se acentúan o hay episodios de represión. Hay además un clima muy enrarecido en la sociedad en el último año y medio. Mucha gente empezó a pensar en términos de una estructura binaria, de fuerte polarización. A pesar de que no soy partidaria de lecturas de lo destituyente, ese esquema binario que instala el sistema de amigo/enemigo de manera tan tajante lo que hace es debilitar aun más el contexto democrático en Argentina e impide pensar en la complejidad de los conflictos políticos. Pero más allá de esas lecturas es necesario decir que sí está enrarecido el clima y que ha habido un avance de la derecha que apela en su discurso a la noción de seguridad, de gobernabilidad.
Pareciera como que ese avance de la derecha ha logrado consolidar, tal vez a partir del conflicto con los sectores agrarios, un “nosotros” que se da el lujo hasta de expresiones racistas.
–Yo no soy partidaria de lecturas lineales. Efectivamente hay una campaña antipiquetera muy fuerte que instala distintos discursos criminalizadores que ahora se ven reactualizados con distintos voceros, pero sólo reactualizados. La criminalización de los movimientos sociales e incluso de la pobreza son dispositivos generales del modelo neoliberal desde mediados de los noventa, cuando surgen los primeros levantamientos comunitarios en las localidades petroleras al estilo Cutral-Có y Plaza Huincul en Neuquén, Mosconi en Salta. Entonces ya se aplican dispositivos de criminalización en ese marco de Estado de seguridad –porque hay un mayor pertrechamiento de las fuerzas de seguridad, no olvidemos el rol que empezó a tener Gendarmería Nacional–. Estos dispositivos recorren, de manera diferente, distintos ciclos políticos. Las organizaciones piqueteras fueron criminalizadas desde el origen, más allá de que circunstancialmente ahora sean las organizaciones piqueteras que tienen afinidad con el Gobierno las que aparecen como en el centro del cuestionamiento.
Sin embargo, ahora se hace cierto hincapié en la estigmatización de los rasgos identitarios de estas organizaciones.
–En realidad los argumentos que forman parte del discurso criminalizador estaban en juego desde principios del 2000 y para mí son cuatro:
-Asociar a las organizaciones de desocupados con la figura del “subversivo”. Ejemplos: Cuando se da el Cutralcazo el Gobierno mismo habla de rebrote subversivo. Los piqueteros de General Mosconi en 2001 son vinculados con las FARC y la ETA. Cuando se da la masacre de Puente Pueyrredón lo primero que se dice, de lo primero que se habla es de la existencia de un complot y de luchas internas entre piqueteros. Es decir, esa figura recorre el discurso criminalizador. Hoy en día se habla de violencia política y violencia piquetera y hay quienes comienzan a decir si efectivamente no hay más piqueteros armados. Este argumento es el más grosero y tal vez por eso también el más endeble.
-La hipótesis de la manipulación: O bien hay partidos políticos detrás y por ende esto los desnaturaliza en sus demandas. O bien son presos del clientelismo. Así se convierte a los piqueteros en agentes asistenciales que son cooptados por los diferentes gobiernos que distribuyen de manera discrecional esos planes sociales, no son por ende autores libres o autodeterminados, lo cual exhibe un desprecio importante.
O sea, no hacen política sino simplemente ponen el cuerpo.
–Ese es otro argumento, que se usa últimamente: la hipótesis miserabilista. Que yo llamaba así desde el año 2004, es decir que al ser bases sociales muy vulnerables, desprovistas, que se desenvuelven en el campo de la sobrevivencia, no pueden o no son capaces de hacer política. Hay una suerte de límite ontológico de la política y lo que se hace es, sobre todo, rechazar todo tipo de análisis complejo y asimilar las organizaciones de desocupados a esas masas sumergidas que no pueden autodeterminarse, no pueden pensar en otros mundos posibles. Son expulsados de la política.
¿Y el cuarto argumento?
–Sería una crítica normativa, que aparece en algunos diarios, en el discurso de ciertas ONG e incluso de académicos: ahí se dice que no son lo que deberían ser. Ellos deberían ser y tener otro tipo de demandas. Es decir, se movilizan o realizan cosas que no se espera que hagan. Salen del marco, la crítica normativa dice que no son lo que deberían ser y en cambio se constituyen en actores plebeyos, utilizan la acción directa, se organizan en cooperativas, solidariamente, pero además desarrollan una acción de tipo no institucional. Tal vez este último argumento sea el que está menos presente y ahora funcione más la hipótesis de la manipulación, clientelar. Pero insisto, en 2004 se hablaba de clientelismo de izquierda en relación con el Partido Obrero, por ejemplo. Se ignoraba así el contenido diverso y complejo del universo piquetero buscando simplificarlo y en este caso es clientelismo gubernamental.
Sin embargo, cuando se describe en los grandes medios a la organización Túpac Amaru, particularmente, todo lo que podría ser a favor, como la construcción de viviendas, etc., se traduce en descalificación. La organización se convierte en “Estado paralelo”.
–Es cierto, hace unos años se invisibilizaba la red solidaria que se desarrolla en los barrios, entonces se trataba de descalificar las acciones que se llevaban a cabo en el espacio público e invisibilizar lo que se hacía hacia dentro del territorio. Hoy en día creo que la hipótesis clientelar es tan fuerte que lo que se trata de demostrar es el carácter espurio de los fondos que se utilizan para hacer efectivamente este tipo de tareas que supuestamente deberían estar en manos del Estado. O que condena todo tipo de mediación, como espuria o discrecional. Lo cual es terrible y es a la vez ignorar toda la historia del movimiento y las organizaciones sociales que hacen trabajo comunitario. Es ignorar los cambios internos que ha habido en la matriz argentina en los últimos quince o veinte años. La composición misma de las clases populares, el surgimiento de nuevos movimientos sociales.
También se apela a cierto miedo de lo que pueden lograr estas agrupaciones de frente a un nosotros que parece muy fortalecido, un nosotros blanco de clase media que estaría amenazado por estas formas de organización paralela.
–Es posible que haya contenidos más fuertemente clasistas, con un sesgo racista, que es cierto que se instaló en los últimos tiempos. En los últimos tiempos también hay que analizar que esos pocos puentes o pasarelas que se habían tendido entre las clases medias y los sectores populares más organizados se rompieron por completo. Lo que queda ahora es muy marginal y lo que aparece ahora como emergente es precisamente un discurso muy autocentrado en esa noción de clase media blanca a la que vos te referís como representativa de lo que es el país. Es cierto eso. Pero yo no soy partidaria de una visión lineal de las clases medias.
¿Vos no advertís un espacio más fértil para que se escuchen discursos que parecen no registrar mediaciones en cuanto a la construcción de un otro oscuro, pobre, amenazador, incluso extranjero?
–Puede ser, pero yo lo que veo es más bien continuidad y cada tanto inflexiones en las que toma relevancia este discurso, pero este discurso criminalizador tanto de los medios como en algún caso fue del Gobierno en relación con los movimientos de desocupados y por extensión a otras organizaciones populares, sobre todo si uno piensa por ejemplo en las poblaciones originarias. Yo lo veo desde hace tiempo. ¿Qué es lo que hay de nuevo? Hay, más que un endurecimiento del contexto represivo, un avance de la derecha, una consolidación de un discurso altamente sicuritario en donde esto aparece también como una suerte de amenaza, sí. Pero en el 2004 también lo había, estaba (Juan Carlos) Blumberg, por ejemplo, todavía había más presencia de las organizaciones piqueteras en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. También lo había en el 2001 y en 1999 cuando empezaron a tener más centralidad las organizaciones piqueteras no sólo como sujeto social sino político. En realidad, la historia misma de los avatares de las organizaciones piqueteras, más allá de que hay diferentes fases y es un campo muy heterogéneo, está muy marcada por el discurso criminalizador que va desde la judicialización del conflicto –o sea llevar las acciones políticas al terreno penal–, hasta la criminalización o estigmatización mediática y política.
Esta vez, pareciera que la estigmatización mediática tiene un efecto directo sobre el sentido común que otras veces no funcionó de manera tan automática.
–Claro, este discurso criminalizador, estigmatizador, no tiene el mismo resultado, no siempre llega a cuestionar el relato identitario construido por un actor, que nunca es lineal. Cuando el gobierno de (Carlos) Menem calificó de rebrote subversivo lo de Cutral-Có, esa lectura no se instaló. Cuando el gobierno de (Eduardo) Duhalde habló de complot y matanza entre piqueteros en el Puente Pueyrredón, eso tampoco llegó a instalarse y fue desbaratado rápidamente por diferentes medios. A partir de 2004 hay inflexiones. A partir de 2004 hay un quiebre del relato identitario piquetero, porque los que habían sido hasta ese momento el símbolo de la lucha contra el neoliberalismo comienzan a ser vistos como una suerte de efecto perverso del modelo neoliberal.
¿A qué te referís con “efecto perverso”?
–Por el asistencialismo, por la manipulación política, por la cuestión de la violencia piquetera. Eso, hoy en día, aparece mucho más instalado, creo yo. Pero viene de 2004, activado, actualizado, con nuevos elementos por el hecho de que realmente no estamos frente a ese gobierno fuerte que fue el de Néstor Kirchner, con esa capacidad de aglutinar a sectores de derecha que demandaban gobernabilidad con sectores de centroizquierda que apelaban a la idea de transversalidad. Hoy en día esa coalición se deshizo y tenés el avance de una derecha que busca deslegitimar las organizaciones sociales que se incorporaron al Gobierno.
Son dos etapas diferentes pero que tienen continuidad, si no lo decimos parece que no tuviéramos memoria, que no recordamos ni lo que pasó en 1996 o en 2004. Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.
Apenas se puede recordar un breve romance que encarnó aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.
–Sí, se habían tendido pasarelas y no puentes porque la primera correntada se las llevó puestas. Y que en realidad vuelven a mostrar esta ruptura de solidaridades sociales entre clases medias y clases populares. Pero también al interior de las clases populares hubo rupturas de solidaridades porque surgió un nuevo proletariado plebeyo dentro de ese mundo de los excluidos que se generalizó en los ’90.
¿A qué llamás proletariado plebeyo?
–En varios libros lo que analizo es cómo se dieron el declive y la fragmentación de las clases populares, clases trabajadoras muy ligadas al mundo del trabajo formal y vinculadas con el peronismo, sobre todo con los sectores sindicales y la emergencia de un mundo organizacional diferente, muy proclive a la acción directa y al desarrollo de otras formas de organización. Ese mundo de los excluidos que comienza a autoorganizarse y adquiere visibilidad, sobre todo a partir de 2001, es diferente de aquel mundo de los trabajadores urbanos relacionados con el trabajo formal. Este es un mundo desconocido que inspira miedo para muchos de estos sectores medios, blancos o no. Son los que sintetizan la imagen de las clases peligrosas, sobre todo si están del otro lado, en el conurbano bonaerense.
¿Su mera existencia podría funcionar como una amenaza para quienes todavía participan del sistema laboral?
–Ese mundo no es clase trabajadora, tampoco es lumpen proletariado como se lo intenta descalificar, sino un nuevo proletariado plebeyo que busca autoafirmarse a través de la acción directa en tanto ser excluidos dentro del modelo neoliberal. En esa suerte de autoafirmación de ciertos rasgos culturales asociados con las clases populares aparecen como altamente disruptivos y son también los que provocan tanto desprecio por parte de las clases medias en todo momento. Hablo de proletariado plebeyo porque conforma los contornos de una nueva clase popular y en ese sentido. Por eso ya no se puede hablar de clase popular en singular, hay que usar el plural, porque hay una fragmentación o distancia entre los excluidos y el mundo de los trabajadores sindicalizados, por ejemplo.
Las relaciones entre organizaciones piqueteras y trabajadores ocupados son muy, muy complicadas, muy poco verbalizadas. Siempre fueron vistas con desconfianza, incluso en ese período de las asambleas barriales había desconfianza hacia los piqueteros porque había varias cosas que los colocaban en el lugar de la alteridad radical, primero por su acción disruptiva; y después, la cuestión de los planes sociales nunca cerró del todo. Es cierto, cuando después veían lazos solidarios, comedores, panaderías, proyectos, emprendimientos productivos, ahí cambiaba el registro de lectura, pero era muy diferente la relación con los cartoneros, por ejemplo.
Para las clases medias parece más fácil relacionarse con sujetos asistenciales que con actores políticos.
–Claro, mientras los piqueteros eran sujetos políticos, los otros no aparecían de ese modo y sí demandaban una lógica más asistencial pero sobre todo pedagógica de parte de las clases medias. Es increíble, pero esas relaciones tortuosas dentro del universo militante incluso, son poco verbalizadas, no se habla acerca de lo difícil que es comprender, incorporar, tratar al otro en su diferencia. Y los piqueteros siempre fueron los peores tratados. Afuera y adentro del campo militante.
¿Y las piqueteras? ¿Creés que hay una mirada distinta cuando ese sujeto encarna en un cuerpo de mujer?
–Lo que hay que decir en primer lugar, cuando una habla de América latina y el campo militante, es que la presencia de la mujer es central, sobre todo en las clases populares. Es la gran articuladora. No sólo en lo que tiene que ver con desarrollo del tejido asistencial sino también con protagonismo político. Y es algo que ha implicado todo un proceso de empoderamiento. Cuando yo hice el trabajo sobre organizaciones piqueteras, y te estoy hablando del año 2002, a mí me sorprendió mucho ver ciertas actitudes de mujeres piqueteras, por ejemplo en la Corriente Clasista y Combativa, que se autolimitaban. Y que por ejemplo tenían miedo de hablar en público, en contraste con un gran trabajo comunitario. Ellas clamaban por más protagonismo pero a la vez reconocían el liderazgo masculino. Yo creo que ha habido mucho cambio en los últimos años, sobre todo desde 2002 en adelante.
¿A qué atribuís ese cambio?
–Porque desde entonces se configura un campo multiorganizacional que va desde las fábricas recuperadas, los colectivos culturales, cierto sindicalismo; el surgimiento de las organizaciones ambientales, y por supuesto las organizaciones piqueteras. Y es a partir de ahí que surgen otros espacios de circulación y de construcción de discursos identitarios y es ahí donde las mujeres comienzan a empoderarse, a partir de la consolidación de su participación en Encuentros de Mujeres, por ejemplo, y el desarrollo al interior de las propias organizaciones de desocupados de espacios de mujeres o de género. El caso del Frente Darío Santillán es un referente de eso. Con todas las ambigüedades o ambivalencias que tiene eso. He leído trabajos muy lindos en relación con estas dificultades que existen y de las distintas figuras de la mujer que coexisten en los espacios piqueteros: figuras tradicionales y figuras más innovadoras y disruptivas. El caso es que ha habido un empoderamiento muy importante.
Antes, teniendo las mujeres fuerte protagonismo, esto no era reconocido políticamente, salvo en el caso de Nina Peloso, a la sazón la mujer de Castells.
Una figura muy particular.
–Bueno, todas tienen que ser particulares y sobre todo muy fuertes para poder emerger en ese mundo netamente masculino y más en las clases populares, con fuertes contenidos patriarcales. Si no se imponen a través de figuras particulares, como ser la misma Milagro Sala, no hay posibilidad de consolidar un liderazgo femenino. Pero ahora sí hay reconocimiento del carácter político de esa participación social antes silenciada.
¿Se puede decir que esa emergencia tiene un costo? ¿No resulta más amenazador aun un liderazgo femenino, en tanto que la distancia hacia esa otra es prácticamente insalvable?
–No estoy segura. Aunque sí es evidente que hay una crítica a la no autolimitación. Pero a ver, cuando una piensa en movimientos históricos liderados por mujeres el rol siempre ha sido fundamental. Por ejemplo, el movimiento de Derechos Humanos: las Madres de Plaza de Mayo politizaron lo impolitizable. Es cierto, lo hicieron desde el lugar de madres. Pero dentro del movimiento piquetero también: en los orígenes, los primeros levantamientos comunitarios, tanto en Cutral-Có como en General Mosconi, las que lideraron las demandas de trabajo en nombre del hambre de sus hijos fueron las mujeres. Pero es cierto, lo hicieron desde un rol tradicional, ellas no son proveedoras pero tienen que asegurar la supervivencia. Y la verdad es que las mujeres le dieron tal fuerza al reclamo que pasó a ser urgente y ya no se lo vio como un reclamo político nada más. Fue un descubrimiento.
El problema es cuando queda totalmente velado el rol materno.
–Y sí, se le critica la no autolimitación. Sobre todo desde un discurso que la masculiniza. En ese sentido puede ser que se pague. Yo que trabajé el tema de los countries, en los asesinatos famosos en que las víctimas son mujeres hubo algo más que voyeurismo en la búsqueda del detalle de su vida privada, se la condenaba no solamente a ella como víctima sino directamente la libertad sexual. Era ejemplificador. En este caso tiene que ver con la libertad política, convertirse en referente en un mundo que les pertenecía a los hombres.
En el caso de Milagro Sala, el discurso desde los medios es sobre todo estigmatizador, a pesar de que se sienta la sospecha sobre un accionar supuestamente delictivo por el uso de armas o de la violencia, también se habla de, por ejemplo, su pertenencia a los pueblos originarios y hasta de su pelo “cortado a cuchillo”.
–Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.
¿Cómo impactan estos discursos hacia dentro de las organizaciones sociales?
–Con mucha preocupación, porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política termina habiendo represión.
Y muertes. Como pasó en los casos que ya mencionaste: Cutral-Có, General Mosconi, la masacre del Puente Pueyrredón.
–Exactamente. Es muy preocupante y ya hay muchas organizaciones que hicieron declaraciones advirtiendo que cada vez que desde el poder, desde los medios, de los partidos políticos y en definitiva desde las fuerzas del establishment se asocia movimientos sociales a violencia política, lo que ha habido después son episodios de represión importantes. El último: la masacre de Puente Pueyrredón, donde antes se había escuchado incluso a dirigentes del partido radical hablando de violencia política.
También han aparecido como actores en los últimos años, organizaciones de pueblos originarios que antes eran más invisibles y que parecen muy fáciles de estigmatizar una vez que rompieron el cerco más difícil, el de la invisibilidad.
–Justamente, hace poco fui invitada por la asamblea de Loncopue a presentar el libro de la minería –Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Editorial Biblos– y había habido un hecho de represión hacia el movimiento de toma de tierras por parte de los mapuches. Los estancieros del lugar, autodenominándose así, estancieros, se habían reunido para condenar a las organizaciones mapuches diciendo que detrás de ellas estaban las FARC, la ETA. Nuevamente esta asociación entre organizaciones y violencia política, acusaciones groseras e inverosímiles pero que manifiestan un profundo malestar por parte del establishment ante el avance de las organizaciones que han recuperado efectivamente territorio, ante el avance de la legislación internacional como el Convenio 169 de la OIT que reconoce los derechos territoriales de los pueblos originarios, que la misma Constitución argentina reconoce. Y se está instalando un fuerte discurso criminalizador que va desde declaraciones –en los diarios de la zona que yo leí– diciendo que el mayor terrateniente son los mapuches hasta decir que no son argentinos, que son chilenos y como tal no tienen derecho a reivindicar territorio argentino. Son cosas que ponen los pelos de punta, porque detrás de eso viene una política de judicialización y de desalojos, no sólo por la tierra sino también por la frontera petrolera y minera. Más si tenés en cuenta lo que sucede en Chile, donde a las organizaciones mapuches se les ha aplicado la legislación antiterrorista de la época de Pinochet. Es complicado. En Tucumán, además fue asesinado el 12 de octubre Jorge Chocobar, algo totalmente silenciado por la prensa y por los políticos que ahora hablan de las organizaciones piqueteras, algo que no en vano sucede en este contexto.
A pesar de cierta “vuelta a la normalidad” de la que hablabas entre 2003 y 2004, parecen haber surgido otros tipos de organizaciones sociales en este período que no son del todo visibles, como las asambleas ambientalistas o los movimientos indígenas.
–Estoy segura de que hay un campo multiorganizacional muy sólido; muy heterogéneo, sí, pero en el que hay acumulación de luchas desde hace varios años que han implicado aprendizajes. Así que la criminalización es generalizada. Es una variable del modelo neoliberal que los distintos actores la usan según su momento político.
El caso de las asambleas socioambientales es particular, sobre todo aquéllas contra la minería, porque son movimientos novedosos. Hoy en día hay unas 70 asambleas –porque la explotación minera es más grande de lo que pensamos– y en ese sentido hemos visto un corrimiento de la judicialización hacia estos grupos. Y aquí la judicialización se ha dado aplicando enseguida la legislación penal en contra del corte de ruta. Efectivamente, el corte de ruta es una metodología utilizada. Y lo cierto es que al ser un fenómeno novedoso y la criminalización hacia ellas también lo es, no hay en Argentina organizaciones de derechos humanos que se ocupen de esta temática y que hayan elaborado herramientas para salir en defensa de conflictos que tienen lugar en pequeñas y medianas comunidades muy alejadas de los centros políticos. En los últimos tiempos se ha empezado a formar una red, pero es una construcción muy lenta que todavía no está consolidada.
¿Cuál es la composición de estas asambleas?
–Estas son asambleas multisectoriales, amas de casa, maestras, comerciantes; es heterogénea porque la implantación de este tipo de explotación en sus localidades afecta a todos y entonces es transversal, no hay clivajes de clase fuerte. Pero en La Rioja, por ejemplo, hay una muy fuerte presencia de mujeres que son emblemáticas, varias de las cuales son maestras a las que se les prohibió hablar de minería en las escuelas. Son cierres de canales de expresión muy fuertes que no son conocidos acá.
Esta es la última expresión de los procesos de criminalización que hay que leer en continuidad porque desde el 2004 ha habido un corrimiento del conflicto hacia lo sindical y lo socioambiental. Y ahora, con el recrudecimiento de la pobreza y el aumento de las brechas de desigualdad, el mundo de los excluidos reemerge desarrollando presencia en el espacio público demandando que lleguen los subsidios para cooperativas y que han empezado a inquietar el discurso del establishment.
Volvemos entonces a advertir un avance de la derecha encarnada en ciertos sectores de las clases medias, partidos políticos, propietarios.
–Creo que lo que ha habido es un avance muy neto de la derecha en un contexto de descomposición del modelo kirchnerista. Sin embargo, ¿por qué no soy partidaria de ver sólo el avance de la derecha? Porque creo que efectivamente ha habido aperturas por izquierda o por centroizquierda. Hoy la capacidad del kirchnerismo de convocar organizaciones sociales ya no la tiene más, se abrió entonces un espacio de izquierda o centroizquierda para desarrollar imaginación política, no solamente en el sentido en que lo pueden postular Pino Solanas o la Constituyente Social. Lo pienso desde el campo de las organizaciones sociales independientes o autónomas. Es un campo, también ése, interesante, para pensar posiciones de centroizquierda y pensar más allá del gobierno. Y eso estuvo invisibilizado sobre todo porque el kirchnerismo parecía invencible.
¿Quiere decir que podría abrirse el espacio para dejar de pensar que hay sólo dos opciones posibles?
–Mi tesis de doctorado, a mediados de los ’90, fue la lectura política y cultural de la dicotomía civilización y barbarie en el espacio político y cultural hasta los años ’70. Y me acuerdo que terminé ese libro señalando que esa dicotomía como lectura omnicomprensiva se había debilitado o desaparecido, que quedaba más bien como mecanismo de descalificación cuando se quiere tildar de bárbaro o antipueblo al otro. Sin embargo, esto se reactualizó. ¡Lo primero que escribí en torno del conflicto con los sectores agrarios fue sobre la reactualización de los esquemas binarios!
Acaba de firmar, junto con otros intelectuales, una declaración alertando sobre los efectos de los discursos criminalizadores de ciertos movimientos sociales por parte de Elisa Carrió, Gerardo Morales y las coberturas de los diarios Clarín y Nación.
–Es que es muy preocupante porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política los contextos represivos se acentúan o hay episodios de represión. Hay además un clima muy enrarecido en la sociedad en el último año y medio. Mucha gente empezó a pensar en términos de una estructura binaria, de fuerte polarización. A pesar de que no soy partidaria de lecturas de lo destituyente, ese esquema binario que instala el sistema de amigo/enemigo de manera tan tajante lo que hace es debilitar aun más el contexto democrático en Argentina e impide pensar en la complejidad de los conflictos políticos. Pero más allá de esas lecturas es necesario decir que sí está enrarecido el clima y que ha habido un avance de la derecha que apela en su discurso a la noción de seguridad, de gobernabilidad.
Pareciera como que ese avance de la derecha ha logrado consolidar, tal vez a partir del conflicto con los sectores agrarios, un “nosotros” que se da el lujo hasta de expresiones racistas.
–Yo no soy partidaria de lecturas lineales. Efectivamente hay una campaña antipiquetera muy fuerte que instala distintos discursos criminalizadores que ahora se ven reactualizados con distintos voceros, pero sólo reactualizados. La criminalización de los movimientos sociales e incluso de la pobreza son dispositivos generales del modelo neoliberal desde mediados de los noventa, cuando surgen los primeros levantamientos comunitarios en las localidades petroleras al estilo Cutral-Có y Plaza Huincul en Neuquén, Mosconi en Salta. Entonces ya se aplican dispositivos de criminalización en ese marco de Estado de seguridad –porque hay un mayor pertrechamiento de las fuerzas de seguridad, no olvidemos el rol que empezó a tener Gendarmería Nacional–. Estos dispositivos recorren, de manera diferente, distintos ciclos políticos. Las organizaciones piqueteras fueron criminalizadas desde el origen, más allá de que circunstancialmente ahora sean las organizaciones piqueteras que tienen afinidad con el Gobierno las que aparecen como en el centro del cuestionamiento.
Sin embargo, ahora se hace cierto hincapié en la estigmatización de los rasgos identitarios de estas organizaciones.
–En realidad los argumentos que forman parte del discurso criminalizador estaban en juego desde principios del 2000 y para mí son cuatro:
-Asociar a las organizaciones de desocupados con la figura del “subversivo”. Ejemplos: Cuando se da el Cutralcazo el Gobierno mismo habla de rebrote subversivo. Los piqueteros de General Mosconi en 2001 son vinculados con las FARC y la ETA. Cuando se da la masacre de Puente Pueyrredón lo primero que se dice, de lo primero que se habla es de la existencia de un complot y de luchas internas entre piqueteros. Es decir, esa figura recorre el discurso criminalizador. Hoy en día se habla de violencia política y violencia piquetera y hay quienes comienzan a decir si efectivamente no hay más piqueteros armados. Este argumento es el más grosero y tal vez por eso también el más endeble.
-La hipótesis de la manipulación: O bien hay partidos políticos detrás y por ende esto los desnaturaliza en sus demandas. O bien son presos del clientelismo. Así se convierte a los piqueteros en agentes asistenciales que son cooptados por los diferentes gobiernos que distribuyen de manera discrecional esos planes sociales, no son por ende autores libres o autodeterminados, lo cual exhibe un desprecio importante.
O sea, no hacen política sino simplemente ponen el cuerpo.
–Ese es otro argumento, que se usa últimamente: la hipótesis miserabilista. Que yo llamaba así desde el año 2004, es decir que al ser bases sociales muy vulnerables, desprovistas, que se desenvuelven en el campo de la sobrevivencia, no pueden o no son capaces de hacer política. Hay una suerte de límite ontológico de la política y lo que se hace es, sobre todo, rechazar todo tipo de análisis complejo y asimilar las organizaciones de desocupados a esas masas sumergidas que no pueden autodeterminarse, no pueden pensar en otros mundos posibles. Son expulsados de la política.
¿Y el cuarto argumento?
–Sería una crítica normativa, que aparece en algunos diarios, en el discurso de ciertas ONG e incluso de académicos: ahí se dice que no son lo que deberían ser. Ellos deberían ser y tener otro tipo de demandas. Es decir, se movilizan o realizan cosas que no se espera que hagan. Salen del marco, la crítica normativa dice que no son lo que deberían ser y en cambio se constituyen en actores plebeyos, utilizan la acción directa, se organizan en cooperativas, solidariamente, pero además desarrollan una acción de tipo no institucional. Tal vez este último argumento sea el que está menos presente y ahora funcione más la hipótesis de la manipulación, clientelar. Pero insisto, en 2004 se hablaba de clientelismo de izquierda en relación con el Partido Obrero, por ejemplo. Se ignoraba así el contenido diverso y complejo del universo piquetero buscando simplificarlo y en este caso es clientelismo gubernamental.
Sin embargo, cuando se describe en los grandes medios a la organización Túpac Amaru, particularmente, todo lo que podría ser a favor, como la construcción de viviendas, etc., se traduce en descalificación. La organización se convierte en “Estado paralelo”.
–Es cierto, hace unos años se invisibilizaba la red solidaria que se desarrolla en los barrios, entonces se trataba de descalificar las acciones que se llevaban a cabo en el espacio público e invisibilizar lo que se hacía hacia dentro del territorio. Hoy en día creo que la hipótesis clientelar es tan fuerte que lo que se trata de demostrar es el carácter espurio de los fondos que se utilizan para hacer efectivamente este tipo de tareas que supuestamente deberían estar en manos del Estado. O que condena todo tipo de mediación, como espuria o discrecional. Lo cual es terrible y es a la vez ignorar toda la historia del movimiento y las organizaciones sociales que hacen trabajo comunitario. Es ignorar los cambios internos que ha habido en la matriz argentina en los últimos quince o veinte años. La composición misma de las clases populares, el surgimiento de nuevos movimientos sociales.
También se apela a cierto miedo de lo que pueden lograr estas agrupaciones de frente a un nosotros que parece muy fortalecido, un nosotros blanco de clase media que estaría amenazado por estas formas de organización paralela.
–Es posible que haya contenidos más fuertemente clasistas, con un sesgo racista, que es cierto que se instaló en los últimos tiempos. En los últimos tiempos también hay que analizar que esos pocos puentes o pasarelas que se habían tendido entre las clases medias y los sectores populares más organizados se rompieron por completo. Lo que queda ahora es muy marginal y lo que aparece ahora como emergente es precisamente un discurso muy autocentrado en esa noción de clase media blanca a la que vos te referís como representativa de lo que es el país. Es cierto eso. Pero yo no soy partidaria de una visión lineal de las clases medias.
¿Vos no advertís un espacio más fértil para que se escuchen discursos que parecen no registrar mediaciones en cuanto a la construcción de un otro oscuro, pobre, amenazador, incluso extranjero?
–Puede ser, pero yo lo que veo es más bien continuidad y cada tanto inflexiones en las que toma relevancia este discurso, pero este discurso criminalizador tanto de los medios como en algún caso fue del Gobierno en relación con los movimientos de desocupados y por extensión a otras organizaciones populares, sobre todo si uno piensa por ejemplo en las poblaciones originarias. Yo lo veo desde hace tiempo. ¿Qué es lo que hay de nuevo? Hay, más que un endurecimiento del contexto represivo, un avance de la derecha, una consolidación de un discurso altamente sicuritario en donde esto aparece también como una suerte de amenaza, sí. Pero en el 2004 también lo había, estaba (Juan Carlos) Blumberg, por ejemplo, todavía había más presencia de las organizaciones piqueteras en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. También lo había en el 2001 y en 1999 cuando empezaron a tener más centralidad las organizaciones piqueteras no sólo como sujeto social sino político. En realidad, la historia misma de los avatares de las organizaciones piqueteras, más allá de que hay diferentes fases y es un campo muy heterogéneo, está muy marcada por el discurso criminalizador que va desde la judicialización del conflicto –o sea llevar las acciones políticas al terreno penal–, hasta la criminalización o estigmatización mediática y política.
Esta vez, pareciera que la estigmatización mediática tiene un efecto directo sobre el sentido común que otras veces no funcionó de manera tan automática.
–Claro, este discurso criminalizador, estigmatizador, no tiene el mismo resultado, no siempre llega a cuestionar el relato identitario construido por un actor, que nunca es lineal. Cuando el gobierno de (Carlos) Menem calificó de rebrote subversivo lo de Cutral-Có, esa lectura no se instaló. Cuando el gobierno de (Eduardo) Duhalde habló de complot y matanza entre piqueteros en el Puente Pueyrredón, eso tampoco llegó a instalarse y fue desbaratado rápidamente por diferentes medios. A partir de 2004 hay inflexiones. A partir de 2004 hay un quiebre del relato identitario piquetero, porque los que habían sido hasta ese momento el símbolo de la lucha contra el neoliberalismo comienzan a ser vistos como una suerte de efecto perverso del modelo neoliberal.
¿A qué te referís con “efecto perverso”?
–Por el asistencialismo, por la manipulación política, por la cuestión de la violencia piquetera. Eso, hoy en día, aparece mucho más instalado, creo yo. Pero viene de 2004, activado, actualizado, con nuevos elementos por el hecho de que realmente no estamos frente a ese gobierno fuerte que fue el de Néstor Kirchner, con esa capacidad de aglutinar a sectores de derecha que demandaban gobernabilidad con sectores de centroizquierda que apelaban a la idea de transversalidad. Hoy en día esa coalición se deshizo y tenés el avance de una derecha que busca deslegitimar las organizaciones sociales que se incorporaron al Gobierno.
Son dos etapas diferentes pero que tienen continuidad, si no lo decimos parece que no tuviéramos memoria, que no recordamos ni lo que pasó en 1996 o en 2004. Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.
Apenas se puede recordar un breve romance que encarnó aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.
–Sí, se habían tendido pasarelas y no puentes porque la primera correntada se las llevó puestas. Y que en realidad vuelven a mostrar esta ruptura de solidaridades sociales entre clases medias y clases populares. Pero también al interior de las clases populares hubo rupturas de solidaridades porque surgió un nuevo proletariado plebeyo dentro de ese mundo de los excluidos que se generalizó en los ’90.
¿A qué llamás proletariado plebeyo?
–En varios libros lo que analizo es cómo se dieron el declive y la fragmentación de las clases populares, clases trabajadoras muy ligadas al mundo del trabajo formal y vinculadas con el peronismo, sobre todo con los sectores sindicales y la emergencia de un mundo organizacional diferente, muy proclive a la acción directa y al desarrollo de otras formas de organización. Ese mundo de los excluidos que comienza a autoorganizarse y adquiere visibilidad, sobre todo a partir de 2001, es diferente de aquel mundo de los trabajadores urbanos relacionados con el trabajo formal. Este es un mundo desconocido que inspira miedo para muchos de estos sectores medios, blancos o no. Son los que sintetizan la imagen de las clases peligrosas, sobre todo si están del otro lado, en el conurbano bonaerense.
¿Su mera existencia podría funcionar como una amenaza para quienes todavía participan del sistema laboral?
–Ese mundo no es clase trabajadora, tampoco es lumpen proletariado como se lo intenta descalificar, sino un nuevo proletariado plebeyo que busca autoafirmarse a través de la acción directa en tanto ser excluidos dentro del modelo neoliberal. En esa suerte de autoafirmación de ciertos rasgos culturales asociados con las clases populares aparecen como altamente disruptivos y son también los que provocan tanto desprecio por parte de las clases medias en todo momento. Hablo de proletariado plebeyo porque conforma los contornos de una nueva clase popular y en ese sentido. Por eso ya no se puede hablar de clase popular en singular, hay que usar el plural, porque hay una fragmentación o distancia entre los excluidos y el mundo de los trabajadores sindicalizados, por ejemplo.
Las relaciones entre organizaciones piqueteras y trabajadores ocupados son muy, muy complicadas, muy poco verbalizadas. Siempre fueron vistas con desconfianza, incluso en ese período de las asambleas barriales había desconfianza hacia los piqueteros porque había varias cosas que los colocaban en el lugar de la alteridad radical, primero por su acción disruptiva; y después, la cuestión de los planes sociales nunca cerró del todo. Es cierto, cuando después veían lazos solidarios, comedores, panaderías, proyectos, emprendimientos productivos, ahí cambiaba el registro de lectura, pero era muy diferente la relación con los cartoneros, por ejemplo.
Para las clases medias parece más fácil relacionarse con sujetos asistenciales que con actores políticos.
–Claro, mientras los piqueteros eran sujetos políticos, los otros no aparecían de ese modo y sí demandaban una lógica más asistencial pero sobre todo pedagógica de parte de las clases medias. Es increíble, pero esas relaciones tortuosas dentro del universo militante incluso, son poco verbalizadas, no se habla acerca de lo difícil que es comprender, incorporar, tratar al otro en su diferencia. Y los piqueteros siempre fueron los peores tratados. Afuera y adentro del campo militante.
¿Y las piqueteras? ¿Creés que hay una mirada distinta cuando ese sujeto encarna en un cuerpo de mujer?
–Lo que hay que decir en primer lugar, cuando una habla de América latina y el campo militante, es que la presencia de la mujer es central, sobre todo en las clases populares. Es la gran articuladora. No sólo en lo que tiene que ver con desarrollo del tejido asistencial sino también con protagonismo político. Y es algo que ha implicado todo un proceso de empoderamiento. Cuando yo hice el trabajo sobre organizaciones piqueteras, y te estoy hablando del año 2002, a mí me sorprendió mucho ver ciertas actitudes de mujeres piqueteras, por ejemplo en la Corriente Clasista y Combativa, que se autolimitaban. Y que por ejemplo tenían miedo de hablar en público, en contraste con un gran trabajo comunitario. Ellas clamaban por más protagonismo pero a la vez reconocían el liderazgo masculino. Yo creo que ha habido mucho cambio en los últimos años, sobre todo desde 2002 en adelante.
¿A qué atribuís ese cambio?
–Porque desde entonces se configura un campo multiorganizacional que va desde las fábricas recuperadas, los colectivos culturales, cierto sindicalismo; el surgimiento de las organizaciones ambientales, y por supuesto las organizaciones piqueteras. Y es a partir de ahí que surgen otros espacios de circulación y de construcción de discursos identitarios y es ahí donde las mujeres comienzan a empoderarse, a partir de la consolidación de su participación en Encuentros de Mujeres, por ejemplo, y el desarrollo al interior de las propias organizaciones de desocupados de espacios de mujeres o de género. El caso del Frente Darío Santillán es un referente de eso. Con todas las ambigüedades o ambivalencias que tiene eso. He leído trabajos muy lindos en relación con estas dificultades que existen y de las distintas figuras de la mujer que coexisten en los espacios piqueteros: figuras tradicionales y figuras más innovadoras y disruptivas. El caso es que ha habido un empoderamiento muy importante.
Antes, teniendo las mujeres fuerte protagonismo, esto no era reconocido políticamente, salvo en el caso de Nina Peloso, a la sazón la mujer de Castells.
Una figura muy particular.
–Bueno, todas tienen que ser particulares y sobre todo muy fuertes para poder emerger en ese mundo netamente masculino y más en las clases populares, con fuertes contenidos patriarcales. Si no se imponen a través de figuras particulares, como ser la misma Milagro Sala, no hay posibilidad de consolidar un liderazgo femenino. Pero ahora sí hay reconocimiento del carácter político de esa participación social antes silenciada.
¿Se puede decir que esa emergencia tiene un costo? ¿No resulta más amenazador aun un liderazgo femenino, en tanto que la distancia hacia esa otra es prácticamente insalvable?
–No estoy segura. Aunque sí es evidente que hay una crítica a la no autolimitación. Pero a ver, cuando una piensa en movimientos históricos liderados por mujeres el rol siempre ha sido fundamental. Por ejemplo, el movimiento de Derechos Humanos: las Madres de Plaza de Mayo politizaron lo impolitizable. Es cierto, lo hicieron desde el lugar de madres. Pero dentro del movimiento piquetero también: en los orígenes, los primeros levantamientos comunitarios, tanto en Cutral-Có como en General Mosconi, las que lideraron las demandas de trabajo en nombre del hambre de sus hijos fueron las mujeres. Pero es cierto, lo hicieron desde un rol tradicional, ellas no son proveedoras pero tienen que asegurar la supervivencia. Y la verdad es que las mujeres le dieron tal fuerza al reclamo que pasó a ser urgente y ya no se lo vio como un reclamo político nada más. Fue un descubrimiento.
El problema es cuando queda totalmente velado el rol materno.
–Y sí, se le critica la no autolimitación. Sobre todo desde un discurso que la masculiniza. En ese sentido puede ser que se pague. Yo que trabajé el tema de los countries, en los asesinatos famosos en que las víctimas son mujeres hubo algo más que voyeurismo en la búsqueda del detalle de su vida privada, se la condenaba no solamente a ella como víctima sino directamente la libertad sexual. Era ejemplificador. En este caso tiene que ver con la libertad política, convertirse en referente en un mundo que les pertenecía a los hombres.
En el caso de Milagro Sala, el discurso desde los medios es sobre todo estigmatizador, a pesar de que se sienta la sospecha sobre un accionar supuestamente delictivo por el uso de armas o de la violencia, también se habla de, por ejemplo, su pertenencia a los pueblos originarios y hasta de su pelo “cortado a cuchillo”.
–Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.
¿Cómo impactan estos discursos hacia dentro de las organizaciones sociales?
–Con mucha preocupación, porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política termina habiendo represión.
Y muertes. Como pasó en los casos que ya mencionaste: Cutral-Có, General Mosconi, la masacre del Puente Pueyrredón.
–Exactamente. Es muy preocupante y ya hay muchas organizaciones que hicieron declaraciones advirtiendo que cada vez que desde el poder, desde los medios, de los partidos políticos y en definitiva desde las fuerzas del establishment se asocia movimientos sociales a violencia política, lo que ha habido después son episodios de represión importantes. El último: la masacre de Puente Pueyrredón, donde antes se había escuchado incluso a dirigentes del partido radical hablando de violencia política.
También han aparecido como actores en los últimos años, organizaciones de pueblos originarios que antes eran más invisibles y que parecen muy fáciles de estigmatizar una vez que rompieron el cerco más difícil, el de la invisibilidad.
–Justamente, hace poco fui invitada por la asamblea de Loncopue a presentar el libro de la minería –Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Editorial Biblos– y había habido un hecho de represión hacia el movimiento de toma de tierras por parte de los mapuches. Los estancieros del lugar, autodenominándose así, estancieros, se habían reunido para condenar a las organizaciones mapuches diciendo que detrás de ellas estaban las FARC, la ETA. Nuevamente esta asociación entre organizaciones y violencia política, acusaciones groseras e inverosímiles pero que manifiestan un profundo malestar por parte del establishment ante el avance de las organizaciones que han recuperado efectivamente territorio, ante el avance de la legislación internacional como el Convenio 169 de la OIT que reconoce los derechos territoriales de los pueblos originarios, que la misma Constitución argentina reconoce. Y se está instalando un fuerte discurso criminalizador que va desde declaraciones –en los diarios de la zona que yo leí– diciendo que el mayor terrateniente son los mapuches hasta decir que no son argentinos, que son chilenos y como tal no tienen derecho a reivindicar territorio argentino. Son cosas que ponen los pelos de punta, porque detrás de eso viene una política de judicialización y de desalojos, no sólo por la tierra sino también por la frontera petrolera y minera. Más si tenés en cuenta lo que sucede en Chile, donde a las organizaciones mapuches se les ha aplicado la legislación antiterrorista de la época de Pinochet. Es complicado. En Tucumán, además fue asesinado el 12 de octubre Jorge Chocobar, algo totalmente silenciado por la prensa y por los políticos que ahora hablan de las organizaciones piqueteras, algo que no en vano sucede en este contexto.
A pesar de cierta “vuelta a la normalidad” de la que hablabas entre 2003 y 2004, parecen haber surgido otros tipos de organizaciones sociales en este período que no son del todo visibles, como las asambleas ambientalistas o los movimientos indígenas.
–Estoy segura de que hay un campo multiorganizacional muy sólido; muy heterogéneo, sí, pero en el que hay acumulación de luchas desde hace varios años que han implicado aprendizajes. Así que la criminalización es generalizada. Es una variable del modelo neoliberal que los distintos actores la usan según su momento político.
El caso de las asambleas socioambientales es particular, sobre todo aquéllas contra la minería, porque son movimientos novedosos. Hoy en día hay unas 70 asambleas –porque la explotación minera es más grande de lo que pensamos– y en ese sentido hemos visto un corrimiento de la judicialización hacia estos grupos. Y aquí la judicialización se ha dado aplicando enseguida la legislación penal en contra del corte de ruta. Efectivamente, el corte de ruta es una metodología utilizada. Y lo cierto es que al ser un fenómeno novedoso y la criminalización hacia ellas también lo es, no hay en Argentina organizaciones de derechos humanos que se ocupen de esta temática y que hayan elaborado herramientas para salir en defensa de conflictos que tienen lugar en pequeñas y medianas comunidades muy alejadas de los centros políticos. En los últimos tiempos se ha empezado a formar una red, pero es una construcción muy lenta que todavía no está consolidada.
¿Cuál es la composición de estas asambleas?
–Estas son asambleas multisectoriales, amas de casa, maestras, comerciantes; es heterogénea porque la implantación de este tipo de explotación en sus localidades afecta a todos y entonces es transversal, no hay clivajes de clase fuerte. Pero en La Rioja, por ejemplo, hay una muy fuerte presencia de mujeres que son emblemáticas, varias de las cuales son maestras a las que se les prohibió hablar de minería en las escuelas. Son cierres de canales de expresión muy fuertes que no son conocidos acá.
Esta es la última expresión de los procesos de criminalización que hay que leer en continuidad porque desde el 2004 ha habido un corrimiento del conflicto hacia lo sindical y lo socioambiental. Y ahora, con el recrudecimiento de la pobreza y el aumento de las brechas de desigualdad, el mundo de los excluidos reemerge desarrollando presencia en el espacio público demandando que lleguen los subsidios para cooperativas y que han empezado a inquietar el discurso del establishment.
Volvemos entonces a advertir un avance de la derecha encarnada en ciertos sectores de las clases medias, partidos políticos, propietarios.
–Creo que lo que ha habido es un avance muy neto de la derecha en un contexto de descomposición del modelo kirchnerista. Sin embargo, ¿por qué no soy partidaria de ver sólo el avance de la derecha? Porque creo que efectivamente ha habido aperturas por izquierda o por centroizquierda. Hoy la capacidad del kirchnerismo de convocar organizaciones sociales ya no la tiene más, se abrió entonces un espacio de izquierda o centroizquierda para desarrollar imaginación política, no solamente en el sentido en que lo pueden postular Pino Solanas o la Constituyente Social. Lo pienso desde el campo de las organizaciones sociales independientes o autónomas. Es un campo, también ése, interesante, para pensar posiciones de centroizquierda y pensar más allá del gobierno. Y eso estuvo invisibilizado sobre todo porque el kirchnerismo parecía invencible.
¿Quiere decir que podría abrirse el espacio para dejar de pensar que hay sólo dos opciones posibles?
–Mi tesis de doctorado, a mediados de los ’90, fue la lectura política y cultural de la dicotomía civilización y barbarie en el espacio político y cultural hasta los años ’70. Y me acuerdo que terminé ese libro señalando que esa dicotomía como lectura omnicomprensiva se había debilitado o desaparecido, que quedaba más bien como mecanismo de descalificación cuando se quiere tildar de bárbaro o antipueblo al otro. Sin embargo, esto se reactualizó. ¡Lo primero que escribí en torno del conflicto con los sectores agrarios fue sobre la reactualización de los esquemas binarios!
Por dónde se corta el hilo
Maristella Svampa –licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París– ha estudiado no sólo la formación y consolidación de las organizaciones piqueteras, sino también el modo en que se ha buscado criminalizar sus reclamos con argumentos que, desde mitad de los años ’90, han servido a distintos ciclos políticos. Desde ese lugar, la académica advierte sobre las particularidades de los discursos políticos y mediáticos que, con violencia, se hicieron oír la semana pasada, estigmatizando a determinadas agrupaciones de desocupados y desocupadas y a sus dirigentes, especialmente a una de ellas, una mujer, Milagro Sala. El avance de la derecha, la comprensión de la política –otra vez– en términos de civilización o barbarie y la configuración de nuevas organizaciones sociales en boca de una intelectual que ha sabido acompañar el pulso popular a lo largo de las últimas dos décadas.
Acaba de firmar, junto con otros intelectuales, una declaración alertando sobre los efectos de los discursos criminalizadores de ciertos movimientos sociales por parte de Elisa Carrió, Gerardo Morales y las coberturas de los diarios Clarín y Nación.
–Es que es muy preocupante porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política los contextos represivos se acentúan o hay episodios de represión. Hay además un clima muy enrarecido en la sociedad en el último año y medio. Mucha gente empezó a pensar en términos de una estructura binaria, de fuerte polarización. A pesar de que no soy partidaria de lecturas de lo destituyente, ese esquema binario que instala el sistema de amigo/enemigo de manera tan tajante lo que hace es debilitar aun más el contexto democrático en Argentina e impide pensar en la complejidad de los conflictos políticos. Pero más allá de esas lecturas es necesario decir que sí está enrarecido el clima y que ha habido un avance de la derecha que apela en su discurso a la noción de seguridad, de gobernabilidad.
Pareciera como que ese avance de la derecha ha logrado consolidar, tal vez a partir del conflicto con los sectores agrarios, un “nosotros” que se da el lujo hasta de expresiones racistas.
–Yo no soy partidaria de lecturas lineales. Efectivamente hay una campaña antipiquetera muy fuerte que instala distintos discursos criminalizadores que ahora se ven reactualizados con distintos voceros, pero sólo reactualizados. La criminalización de los movimientos sociales e incluso de la pobreza son dispositivos generales del modelo neoliberal desde mediados de los noventa, cuando surgen los primeros levantamientos comunitarios en las localidades petroleras al estilo Cutral-Có y Plaza Huincul en Neuquén, Mosconi en Salta. Entonces ya se aplican dispositivos de criminalización en ese marco de Estado de seguridad –porque hay un mayor pertrechamiento de las fuerzas de seguridad, no olvidemos el rol que empezó a tener Gendarmería Nacional–. Estos dispositivos recorren, de manera diferente, distintos ciclos políticos. Las organizaciones piqueteras fueron criminalizadas desde el origen, más allá de que circunstancialmente ahora sean las organizaciones piqueteras que tienen afinidad con el Gobierno las que aparecen como en el centro del cuestionamiento.
Sin embargo, ahora se hace cierto hincapié en la estigmatización de los rasgos identitarios de estas organizaciones.
–En realidad los argumentos que forman parte del discurso criminalizador estaban en juego desde principios del 2000 y para mí son cuatro:
-Asociar a las organizaciones de desocupados con la figura del “subversivo”. Ejemplos: Cuando se da el Cutralcazo el Gobierno mismo habla de rebrote subversivo. Los piqueteros de General Mosconi en 2001 son vinculados con las FARC y la ETA. Cuando se da la masacre de Puente Pueyrredón lo primero que se dice, de lo primero que se habla es de la existencia de un complot y de luchas internas entre piqueteros. Es decir, esa figura recorre el discurso criminalizador. Hoy en día se habla de violencia política y violencia piquetera y hay quienes comienzan a decir si efectivamente no hay más piqueteros armados. Este argumento es el más grosero y tal vez por eso también el más endeble.
-La hipótesis de la manipulación: O bien hay partidos políticos detrás y por ende esto los desnaturaliza en sus demandas. O bien son presos del clientelismo. Así se convierte a los piqueteros en agentes asistenciales que son cooptados por los diferentes gobiernos que distribuyen de manera discrecional esos planes sociales, no son por ende autores libres o autodeterminados, lo cual exhibe un desprecio importante.
O sea, no hacen política sino simplemente ponen el cuerpo.
–Ese es otro argumento, que se usa últimamente: la hipótesis miserabilista. Que yo llamaba así desde el año 2004, es decir que al ser bases sociales muy vulnerables, desprovistas, que se desenvuelven en el campo de la sobrevivencia, no pueden o no son capaces de hacer política. Hay una suerte de límite ontológico de la política y lo que se hace es, sobre todo, rechazar todo tipo de análisis complejo y asimilar las organizaciones de desocupados a esas masas sumergidas que no pueden autodeterminarse, no pueden pensar en otros mundos posibles. Son expulsados de la política.
¿Y el cuarto argumento?
–Sería una crítica normativa, que aparece en algunos diarios, en el discurso de ciertas ONG e incluso de académicos: ahí se dice que no son lo que deberían ser. Ellos deberían ser y tener otro tipo de demandas. Es decir, se movilizan o realizan cosas que no se espera que hagan. Salen del marco, la crítica normativa dice que no son lo que deberían ser y en cambio se constituyen en actores plebeyos, utilizan la acción directa, se organizan en cooperativas, solidariamente, pero además desarrollan una acción de tipo no institucional. Tal vez este último argumento sea el que está menos presente y ahora funcione más la hipótesis de la manipulación, clientelar. Pero insisto, en 2004 se hablaba de clientelismo de izquierda en relación con el Partido Obrero, por ejemplo. Se ignoraba así el contenido diverso y complejo del universo piquetero buscando simplificarlo y en este caso es clientelismo gubernamental.
Sin embargo, cuando se describe en los grandes medios a la organización Túpac Amaru, particularmente, todo lo que podría ser a favor, como la construcción de viviendas, etc., se traduce en descalificación. La organización se convierte en “Estado paralelo”.
–Es cierto, hace unos años se invisibilizaba la red solidaria que se desarrolla en los barrios, entonces se trataba de descalificar las acciones que se llevaban a cabo en el espacio público e invisibilizar lo que se hacía hacia dentro del territorio. Hoy en día creo que la hipótesis clientelar es tan fuerte que lo que se trata de demostrar es el carácter espurio de los fondos que se utilizan para hacer efectivamente este tipo de tareas que supuestamente deberían estar en manos del Estado. O que condena todo tipo de mediación, como espuria o discrecional. Lo cual es terrible y es a la vez ignorar toda la historia del movimiento y las organizaciones sociales que hacen trabajo comunitario. Es ignorar los cambios internos que ha habido en la matriz argentina en los últimos quince o veinte años. La composición misma de las clases populares, el surgimiento de nuevos movimientos sociales.
También se apela a cierto miedo de lo que pueden lograr estas agrupaciones de frente a un nosotros que parece muy fortalecido, un nosotros blanco de clase media que estaría amenazado por estas formas de organización paralela.
–Es posible que haya contenidos más fuertemente clasistas, con un sesgo racista, que es cierto que se instaló en los últimos tiempos. En los últimos tiempos también hay que analizar que esos pocos puentes o pasarelas que se habían tendido entre las clases medias y los sectores populares más organizados se rompieron por completo. Lo que queda ahora es muy marginal y lo que aparece ahora como emergente es precisamente un discurso muy autocentrado en esa noción de clase media blanca a la que vos te referís como representativa de lo que es el país. Es cierto eso. Pero yo no soy partidaria de una visión lineal de las clases medias.
¿Vos no advertís un espacio más fértil para que se escuchen discursos que parecen no registrar mediaciones en cuanto a la construcción de un otro oscuro, pobre, amenazador, incluso extranjero?
–Puede ser, pero yo lo que veo es más bien continuidad y cada tanto inflexiones en las que toma relevancia este discurso, pero este discurso criminalizador tanto de los medios como en algún caso fue del Gobierno en relación con los movimientos de desocupados y por extensión a otras organizaciones populares, sobre todo si uno piensa por ejemplo en las poblaciones originarias. Yo lo veo desde hace tiempo. ¿Qué es lo que hay de nuevo? Hay, más que un endurecimiento del contexto represivo, un avance de la derecha, una consolidación de un discurso altamente sicuritario en donde esto aparece también como una suerte de amenaza, sí. Pero en el 2004 también lo había, estaba (Juan Carlos) Blumberg, por ejemplo, todavía había más presencia de las organizaciones piqueteras en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. También lo había en el 2001 y en 1999 cuando empezaron a tener más centralidad las organizaciones piqueteras no sólo como sujeto social sino político. En realidad, la historia misma de los avatares de las organizaciones piqueteras, más allá de que hay diferentes fases y es un campo muy heterogéneo, está muy marcada por el discurso criminalizador que va desde la judicialización del conflicto –o sea llevar las acciones políticas al terreno penal–, hasta la criminalización o estigmatización mediática y política.
Esta vez, pareciera que la estigmatización mediática tiene un efecto directo sobre el sentido común que otras veces no funcionó de manera tan automática.
–Claro, este discurso criminalizador, estigmatizador, no tiene el mismo resultado, no siempre llega a cuestionar el relato identitario construido por un actor, que nunca es lineal. Cuando el gobierno de (Carlos) Menem calificó de rebrote subversivo lo de Cutral-Có, esa lectura no se instaló. Cuando el gobierno de (Eduardo) Duhalde habló de complot y matanza entre piqueteros en el Puente Pueyrredón, eso tampoco llegó a instalarse y fue desbaratado rápidamente por diferentes medios. A partir de 2004 hay inflexiones. A partir de 2004 hay un quiebre del relato identitario piquetero, porque los que habían sido hasta ese momento el símbolo de la lucha contra el neoliberalismo comienzan a ser vistos como una suerte de efecto perverso del modelo neoliberal.
¿A qué te referís con “efecto perverso”?
–Por el asistencialismo, por la manipulación política, por la cuestión de la violencia piquetera. Eso, hoy en día, aparece mucho más instalado, creo yo. Pero viene de 2004, activado, actualizado, con nuevos elementos por el hecho de que realmente no estamos frente a ese gobierno fuerte que fue el de Néstor Kirchner, con esa capacidad de aglutinar a sectores de derecha que demandaban gobernabilidad con sectores de centroizquierda que apelaban a la idea de transversalidad. Hoy en día esa coalición se deshizo y tenés el avance de una derecha que busca deslegitimar las organizaciones sociales que se incorporaron al Gobierno.
Son dos etapas diferentes pero que tienen continuidad, si no lo decimos parece que no tuviéramos memoria, que no recordamos ni lo que pasó en 1996 o en 2004. Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.
Apenas se puede recordar un breve romance que encarnó aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.
–Sí, se habían tendido pasarelas y no puentes porque la primera correntada se las llevó puestas. Y que en realidad vuelven a mostrar esta ruptura de solidaridades sociales entre clases medias y clases populares. Pero también al interior de las clases populares hubo rupturas de solidaridades porque surgió un nuevo proletariado plebeyo dentro de ese mundo de los excluidos que se generalizó en los ’90.
¿A qué llamás proletariado plebeyo?
–En varios libros lo que analizo es cómo se dieron el declive y la fragmentación de las clases populares, clases trabajadoras muy ligadas al mundo del trabajo formal y vinculadas con el peronismo, sobre todo con los sectores sindicales y la emergencia de un mundo organizacional diferente, muy proclive a la acción directa y al desarrollo de otras formas de organización. Ese mundo de los excluidos que comienza a autoorganizarse y adquiere visibilidad, sobre todo a partir de 2001, es diferente de aquel mundo de los trabajadores urbanos relacionados con el trabajo formal. Este es un mundo desconocido que inspira miedo para muchos de estos sectores medios, blancos o no. Son los que sintetizan la imagen de las clases peligrosas, sobre todo si están del otro lado, en el conurbano bonaerense.
¿Su mera existencia podría funcionar como una amenaza para quienes todavía participan del sistema laboral?
–Ese mundo no es clase trabajadora, tampoco es lumpen proletariado como se lo intenta descalificar, sino un nuevo proletariado plebeyo que busca autoafirmarse a través de la acción directa en tanto ser excluidos dentro del modelo neoliberal. En esa suerte de autoafirmación de ciertos rasgos culturales asociados con las clases populares aparecen como altamente disruptivos y son también los que provocan tanto desprecio por parte de las clases medias en todo momento. Hablo de proletariado plebeyo porque conforma los contornos de una nueva clase popular y en ese sentido. Por eso ya no se puede hablar de clase popular en singular, hay que usar el plural, porque hay una fragmentación o distancia entre los excluidos y el mundo de los trabajadores sindicalizados, por ejemplo.
Las relaciones entre organizaciones piqueteras y trabajadores ocupados son muy, muy complicadas, muy poco verbalizadas. Siempre fueron vistas con desconfianza, incluso en ese período de las asambleas barriales había desconfianza hacia los piqueteros porque había varias cosas que los colocaban en el lugar de la alteridad radical, primero por su acción disruptiva; y después, la cuestión de los planes sociales nunca cerró del todo. Es cierto, cuando después veían lazos solidarios, comedores, panaderías, proyectos, emprendimientos productivos, ahí cambiaba el registro de lectura, pero era muy diferente la relación con los cartoneros, por ejemplo.
Para las clases medias parece más fácil relacionarse con sujetos asistenciales que con actores políticos.
–Claro, mientras los piqueteros eran sujetos políticos, los otros no aparecían de ese modo y sí demandaban una lógica más asistencial pero sobre todo pedagógica de parte de las clases medias. Es increíble, pero esas relaciones tortuosas dentro del universo militante incluso, son poco verbalizadas, no se habla acerca de lo difícil que es comprender, incorporar, tratar al otro en su diferencia. Y los piqueteros siempre fueron los peores tratados. Afuera y adentro del campo militante.
¿Y las piqueteras? ¿Creés que hay una mirada distinta cuando ese sujeto encarna en un cuerpo de mujer?
–Lo que hay que decir en primer lugar, cuando una habla de América latina y el campo militante, es que la presencia de la mujer es central, sobre todo en las clases populares. Es la gran articuladora. No sólo en lo que tiene que ver con desarrollo del tejido asistencial sino también con protagonismo político. Y es algo que ha implicado todo un proceso de empoderamiento. Cuando yo hice el trabajo sobre organizaciones piqueteras, y te estoy hablando del año 2002, a mí me sorprendió mucho ver ciertas actitudes de mujeres piqueteras, por ejemplo en la Corriente Clasista y Combativa, que se autolimitaban. Y que por ejemplo tenían miedo de hablar en público, en contraste con un gran trabajo comunitario. Ellas clamaban por más protagonismo pero a la vez reconocían el liderazgo masculino. Yo creo que ha habido mucho cambio en los últimos años, sobre todo desde 2002 en adelante.
¿A qué atribuís ese cambio?
–Porque desde entonces se configura un campo multiorganizacional que va desde las fábricas recuperadas, los colectivos culturales, cierto sindicalismo; el surgimiento de las organizaciones ambientales, y por supuesto las organizaciones piqueteras. Y es a partir de ahí que surgen otros espacios de circulación y de construcción de discursos identitarios y es ahí donde las mujeres comienzan a empoderarse, a partir de la consolidación de su participación en Encuentros de Mujeres, por ejemplo, y el desarrollo al interior de las propias organizaciones de desocupados de espacios de mujeres o de género. El caso del Frente Darío Santillán es un referente de eso. Con todas las ambigüedades o ambivalencias que tiene eso. He leído trabajos muy lindos en relación con estas dificultades que existen y de las distintas figuras de la mujer que coexisten en los espacios piqueteros: figuras tradicionales y figuras más innovadoras y disruptivas. El caso es que ha habido un empoderamiento muy importante.
Antes, teniendo las mujeres fuerte protagonismo, esto no era reconocido políticamente, salvo en el caso de Nina Peloso, a la sazón la mujer de Castells.
Una figura muy particular.
–Bueno, todas tienen que ser particulares y sobre todo muy fuertes para poder emerger en ese mundo netamente masculino y más en las clases populares, con fuertes contenidos patriarcales. Si no se imponen a través de figuras particulares, como ser la misma Milagro Sala, no hay posibilidad de consolidar un liderazgo femenino. Pero ahora sí hay reconocimiento del carácter político de esa participación social antes silenciada.
¿Se puede decir que esa emergencia tiene un costo? ¿No resulta más amenazador aun un liderazgo femenino, en tanto que la distancia hacia esa otra es prácticamente insalvable?
–No estoy segura. Aunque sí es evidente que hay una crítica a la no autolimitación. Pero a ver, cuando una piensa en movimientos históricos liderados por mujeres el rol siempre ha sido fundamental. Por ejemplo, el movimiento de Derechos Humanos: las Madres de Plaza de Mayo politizaron lo impolitizable. Es cierto, lo hicieron desde el lugar de madres. Pero dentro del movimiento piquetero también: en los orígenes, los primeros levantamientos comunitarios, tanto en Cutral-Có como en General Mosconi, las que lideraron las demandas de trabajo en nombre del hambre de sus hijos fueron las mujeres. Pero es cierto, lo hicieron desde un rol tradicional, ellas no son proveedoras pero tienen que asegurar la supervivencia. Y la verdad es que las mujeres le dieron tal fuerza al reclamo que pasó a ser urgente y ya no se lo vio como un reclamo político nada más. Fue un descubrimiento.
El problema es cuando queda totalmente velado el rol materno.
–Y sí, se le critica la no autolimitación. Sobre todo desde un discurso que la masculiniza. En ese sentido puede ser que se pague. Yo que trabajé el tema de los countries, en los asesinatos famosos en que las víctimas son mujeres hubo algo más que voyeurismo en la búsqueda del detalle de su vida privada, se la condenaba no solamente a ella como víctima sino directamente la libertad sexual. Era ejemplificador. En este caso tiene que ver con la libertad política, convertirse en referente en un mundo que les pertenecía a los hombres.
En el caso de Milagro Sala, el discurso desde los medios es sobre todo estigmatizador, a pesar de que se sienta la sospecha sobre un accionar supuestamente delictivo por el uso de armas o de la violencia, también se habla de, por ejemplo, su pertenencia a los pueblos originarios y hasta de su pelo “cortado a cuchillo”.
–Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.
¿Cómo impactan estos discursos hacia dentro de las organizaciones sociales?
–Con mucha preocupación, porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política termina habiendo represión.
Y muertes. Como pasó en los casos que ya mencionaste: Cutral-Có, General Mosconi, la masacre del Puente Pueyrredón.
–Exactamente. Es muy preocupante y ya hay muchas organizaciones que hicieron declaraciones advirtiendo que cada vez que desde el poder, desde los medios, de los partidos políticos y en definitiva desde las fuerzas del establishment se asocia movimientos sociales a violencia política, lo que ha habido después son episodios de represión importantes. El último: la masacre de Puente Pueyrredón, donde antes se había escuchado incluso a dirigentes del partido radical hablando de violencia política.
También han aparecido como actores en los últimos años, organizaciones de pueblos originarios que antes eran más invisibles y que parecen muy fáciles de estigmatizar una vez que rompieron el cerco más difícil, el de la invisibilidad.
–Justamente, hace poco fui invitada por la asamblea de Loncopue a presentar el libro de la minería –Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Editorial Biblos– y había habido un hecho de represión hacia el movimiento de toma de tierras por parte de los mapuches. Los estancieros del lugar, autodenominándose así, estancieros, se habían reunido para condenar a las organizaciones mapuches diciendo que detrás de ellas estaban las FARC, la ETA. Nuevamente esta asociación entre organizaciones y violencia política, acusaciones groseras e inverosímiles pero que manifiestan un profundo malestar por parte del establishment ante el avance de las organizaciones que han recuperado efectivamente territorio, ante el avance de la legislación internacional como el Convenio 169 de la OIT que reconoce los derechos territoriales de los pueblos originarios, que la misma Constitución argentina reconoce. Y se está instalando un fuerte discurso criminalizador que va desde declaraciones –en los diarios de la zona que yo leí– diciendo que el mayor terrateniente son los mapuches hasta decir que no son argentinos, que son chilenos y como tal no tienen derecho a reivindicar territorio argentino. Son cosas que ponen los pelos de punta, porque detrás de eso viene una política de judicialización y de desalojos, no sólo por la tierra sino también por la frontera petrolera y minera. Más si tenés en cuenta lo que sucede en Chile, donde a las organizaciones mapuches se les ha aplicado la legislación antiterrorista de la época de Pinochet. Es complicado. En Tucumán, además fue asesinado el 12 de octubre Jorge Chocobar, algo totalmente silenciado por la prensa y por los políticos que ahora hablan de las organizaciones piqueteras, algo que no en vano sucede en este contexto.
A pesar de cierta “vuelta a la normalidad” de la que hablabas entre 2003 y 2004, parecen haber surgido otros tipos de organizaciones sociales en este período que no son del todo visibles, como las asambleas ambientalistas o los movimientos indígenas.
–Estoy segura de que hay un campo multiorganizacional muy sólido; muy heterogéneo, sí, pero en el que hay acumulación de luchas desde hace varios años que han implicado aprendizajes. Así que la criminalización es generalizada. Es una variable del modelo neoliberal que los distintos actores la usan según su momento político.
El caso de las asambleas socioambientales es particular, sobre todo aquéllas contra la minería, porque son movimientos novedosos. Hoy en día hay unas 70 asambleas –porque la explotación minera es más grande de lo que pensamos– y en ese sentido hemos visto un corrimiento de la judicialización hacia estos grupos. Y aquí la judicialización se ha dado aplicando enseguida la legislación penal en contra del corte de ruta. Efectivamente, el corte de ruta es una metodología utilizada. Y lo cierto es que al ser un fenómeno novedoso y la criminalización hacia ellas también lo es, no hay en Argentina organizaciones de derechos humanos que se ocupen de esta temática y que hayan elaborado herramientas para salir en defensa de conflictos que tienen lugar en pequeñas y medianas comunidades muy alejadas de los centros políticos. En los últimos tiempos se ha empezado a formar una red, pero es una construcción muy lenta que todavía no está consolidada.
¿Cuál es la composición de estas asambleas?
–Estas son asambleas multisectoriales, amas de casa, maestras, comerciantes; es heterogénea porque la implantación de este tipo de explotación en sus localidades afecta a todos y entonces es transversal, no hay clivajes de clase fuerte. Pero en La Rioja, por ejemplo, hay una muy fuerte presencia de mujeres que son emblemáticas, varias de las cuales son maestras a las que se les prohibió hablar de minería en las escuelas. Son cierres de canales de expresión muy fuertes que no son conocidos acá.
Esta es la última expresión de los procesos de criminalización que hay que leer en continuidad porque desde el 2004 ha habido un corrimiento del conflicto hacia lo sindical y lo socioambiental. Y ahora, con el recrudecimiento de la pobreza y el aumento de las brechas de desigualdad, el mundo de los excluidos reemerge desarrollando presencia en el espacio público demandando que lleguen los subsidios para cooperativas y que han empezado a inquietar el discurso del establishment.
Volvemos entonces a advertir un avance de la derecha encarnada en ciertos sectores de las clases medias, partidos políticos, propietarios.
–Creo que lo que ha habido es un avance muy neto de la derecha en un contexto de descomposición del modelo kirchnerista. Sin embargo, ¿por qué no soy partidaria de ver sólo el avance de la derecha? Porque creo que efectivamente ha habido aperturas por izquierda o por centroizquierda. Hoy la capacidad del kirchnerismo de convocar organizaciones sociales ya no la tiene más, se abrió entonces un espacio de izquierda o centroizquierda para desarrollar imaginación política, no solamente en el sentido en que lo pueden postular Pino Solanas o la Constituyente Social. Lo pienso desde el campo de las organizaciones sociales independientes o autónomas. Es un campo, también ése, interesante, para pensar posiciones de centroizquierda y pensar más allá del gobierno. Y eso estuvo invisibilizado sobre todo porque el kirchnerismo parecía invencible.
¿Quiere decir que podría abrirse el espacio para dejar de pensar que hay sólo dos opciones posibles?
–Mi tesis de doctorado, a mediados de los ’90, fue la lectura política y cultural de la dicotomía civilización y barbarie en el espacio político y cultural hasta los años ’70. Y me acuerdo que terminé ese libro señalando que esa dicotomía como lectura omnicomprensiva se había debilitado o desaparecido, que quedaba más bien como mecanismo de descalificación cuando se quiere tildar de bárbaro o antipueblo al otro. Sin embargo, esto se reactualizó. ¡Lo primero que escribí en torno del conflicto con los sectores agrarios fue sobre la reactualización de los esquemas binarios!
Acaba de firmar, junto con otros intelectuales, una declaración alertando sobre los efectos de los discursos criminalizadores de ciertos movimientos sociales por parte de Elisa Carrió, Gerardo Morales y las coberturas de los diarios Clarín y Nación.
–Es que es muy preocupante porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política los contextos represivos se acentúan o hay episodios de represión. Hay además un clima muy enrarecido en la sociedad en el último año y medio. Mucha gente empezó a pensar en términos de una estructura binaria, de fuerte polarización. A pesar de que no soy partidaria de lecturas de lo destituyente, ese esquema binario que instala el sistema de amigo/enemigo de manera tan tajante lo que hace es debilitar aun más el contexto democrático en Argentina e impide pensar en la complejidad de los conflictos políticos. Pero más allá de esas lecturas es necesario decir que sí está enrarecido el clima y que ha habido un avance de la derecha que apela en su discurso a la noción de seguridad, de gobernabilidad.
Pareciera como que ese avance de la derecha ha logrado consolidar, tal vez a partir del conflicto con los sectores agrarios, un “nosotros” que se da el lujo hasta de expresiones racistas.
–Yo no soy partidaria de lecturas lineales. Efectivamente hay una campaña antipiquetera muy fuerte que instala distintos discursos criminalizadores que ahora se ven reactualizados con distintos voceros, pero sólo reactualizados. La criminalización de los movimientos sociales e incluso de la pobreza son dispositivos generales del modelo neoliberal desde mediados de los noventa, cuando surgen los primeros levantamientos comunitarios en las localidades petroleras al estilo Cutral-Có y Plaza Huincul en Neuquén, Mosconi en Salta. Entonces ya se aplican dispositivos de criminalización en ese marco de Estado de seguridad –porque hay un mayor pertrechamiento de las fuerzas de seguridad, no olvidemos el rol que empezó a tener Gendarmería Nacional–. Estos dispositivos recorren, de manera diferente, distintos ciclos políticos. Las organizaciones piqueteras fueron criminalizadas desde el origen, más allá de que circunstancialmente ahora sean las organizaciones piqueteras que tienen afinidad con el Gobierno las que aparecen como en el centro del cuestionamiento.
Sin embargo, ahora se hace cierto hincapié en la estigmatización de los rasgos identitarios de estas organizaciones.
–En realidad los argumentos que forman parte del discurso criminalizador estaban en juego desde principios del 2000 y para mí son cuatro:
-Asociar a las organizaciones de desocupados con la figura del “subversivo”. Ejemplos: Cuando se da el Cutralcazo el Gobierno mismo habla de rebrote subversivo. Los piqueteros de General Mosconi en 2001 son vinculados con las FARC y la ETA. Cuando se da la masacre de Puente Pueyrredón lo primero que se dice, de lo primero que se habla es de la existencia de un complot y de luchas internas entre piqueteros. Es decir, esa figura recorre el discurso criminalizador. Hoy en día se habla de violencia política y violencia piquetera y hay quienes comienzan a decir si efectivamente no hay más piqueteros armados. Este argumento es el más grosero y tal vez por eso también el más endeble.
-La hipótesis de la manipulación: O bien hay partidos políticos detrás y por ende esto los desnaturaliza en sus demandas. O bien son presos del clientelismo. Así se convierte a los piqueteros en agentes asistenciales que son cooptados por los diferentes gobiernos que distribuyen de manera discrecional esos planes sociales, no son por ende autores libres o autodeterminados, lo cual exhibe un desprecio importante.
O sea, no hacen política sino simplemente ponen el cuerpo.
–Ese es otro argumento, que se usa últimamente: la hipótesis miserabilista. Que yo llamaba así desde el año 2004, es decir que al ser bases sociales muy vulnerables, desprovistas, que se desenvuelven en el campo de la sobrevivencia, no pueden o no son capaces de hacer política. Hay una suerte de límite ontológico de la política y lo que se hace es, sobre todo, rechazar todo tipo de análisis complejo y asimilar las organizaciones de desocupados a esas masas sumergidas que no pueden autodeterminarse, no pueden pensar en otros mundos posibles. Son expulsados de la política.
¿Y el cuarto argumento?
–Sería una crítica normativa, que aparece en algunos diarios, en el discurso de ciertas ONG e incluso de académicos: ahí se dice que no son lo que deberían ser. Ellos deberían ser y tener otro tipo de demandas. Es decir, se movilizan o realizan cosas que no se espera que hagan. Salen del marco, la crítica normativa dice que no son lo que deberían ser y en cambio se constituyen en actores plebeyos, utilizan la acción directa, se organizan en cooperativas, solidariamente, pero además desarrollan una acción de tipo no institucional. Tal vez este último argumento sea el que está menos presente y ahora funcione más la hipótesis de la manipulación, clientelar. Pero insisto, en 2004 se hablaba de clientelismo de izquierda en relación con el Partido Obrero, por ejemplo. Se ignoraba así el contenido diverso y complejo del universo piquetero buscando simplificarlo y en este caso es clientelismo gubernamental.
Sin embargo, cuando se describe en los grandes medios a la organización Túpac Amaru, particularmente, todo lo que podría ser a favor, como la construcción de viviendas, etc., se traduce en descalificación. La organización se convierte en “Estado paralelo”.
–Es cierto, hace unos años se invisibilizaba la red solidaria que se desarrolla en los barrios, entonces se trataba de descalificar las acciones que se llevaban a cabo en el espacio público e invisibilizar lo que se hacía hacia dentro del territorio. Hoy en día creo que la hipótesis clientelar es tan fuerte que lo que se trata de demostrar es el carácter espurio de los fondos que se utilizan para hacer efectivamente este tipo de tareas que supuestamente deberían estar en manos del Estado. O que condena todo tipo de mediación, como espuria o discrecional. Lo cual es terrible y es a la vez ignorar toda la historia del movimiento y las organizaciones sociales que hacen trabajo comunitario. Es ignorar los cambios internos que ha habido en la matriz argentina en los últimos quince o veinte años. La composición misma de las clases populares, el surgimiento de nuevos movimientos sociales.
También se apela a cierto miedo de lo que pueden lograr estas agrupaciones de frente a un nosotros que parece muy fortalecido, un nosotros blanco de clase media que estaría amenazado por estas formas de organización paralela.
–Es posible que haya contenidos más fuertemente clasistas, con un sesgo racista, que es cierto que se instaló en los últimos tiempos. En los últimos tiempos también hay que analizar que esos pocos puentes o pasarelas que se habían tendido entre las clases medias y los sectores populares más organizados se rompieron por completo. Lo que queda ahora es muy marginal y lo que aparece ahora como emergente es precisamente un discurso muy autocentrado en esa noción de clase media blanca a la que vos te referís como representativa de lo que es el país. Es cierto eso. Pero yo no soy partidaria de una visión lineal de las clases medias.
¿Vos no advertís un espacio más fértil para que se escuchen discursos que parecen no registrar mediaciones en cuanto a la construcción de un otro oscuro, pobre, amenazador, incluso extranjero?
–Puede ser, pero yo lo que veo es más bien continuidad y cada tanto inflexiones en las que toma relevancia este discurso, pero este discurso criminalizador tanto de los medios como en algún caso fue del Gobierno en relación con los movimientos de desocupados y por extensión a otras organizaciones populares, sobre todo si uno piensa por ejemplo en las poblaciones originarias. Yo lo veo desde hace tiempo. ¿Qué es lo que hay de nuevo? Hay, más que un endurecimiento del contexto represivo, un avance de la derecha, una consolidación de un discurso altamente sicuritario en donde esto aparece también como una suerte de amenaza, sí. Pero en el 2004 también lo había, estaba (Juan Carlos) Blumberg, por ejemplo, todavía había más presencia de las organizaciones piqueteras en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. También lo había en el 2001 y en 1999 cuando empezaron a tener más centralidad las organizaciones piqueteras no sólo como sujeto social sino político. En realidad, la historia misma de los avatares de las organizaciones piqueteras, más allá de que hay diferentes fases y es un campo muy heterogéneo, está muy marcada por el discurso criminalizador que va desde la judicialización del conflicto –o sea llevar las acciones políticas al terreno penal–, hasta la criminalización o estigmatización mediática y política.
Esta vez, pareciera que la estigmatización mediática tiene un efecto directo sobre el sentido común que otras veces no funcionó de manera tan automática.
–Claro, este discurso criminalizador, estigmatizador, no tiene el mismo resultado, no siempre llega a cuestionar el relato identitario construido por un actor, que nunca es lineal. Cuando el gobierno de (Carlos) Menem calificó de rebrote subversivo lo de Cutral-Có, esa lectura no se instaló. Cuando el gobierno de (Eduardo) Duhalde habló de complot y matanza entre piqueteros en el Puente Pueyrredón, eso tampoco llegó a instalarse y fue desbaratado rápidamente por diferentes medios. A partir de 2004 hay inflexiones. A partir de 2004 hay un quiebre del relato identitario piquetero, porque los que habían sido hasta ese momento el símbolo de la lucha contra el neoliberalismo comienzan a ser vistos como una suerte de efecto perverso del modelo neoliberal.
¿A qué te referís con “efecto perverso”?
–Por el asistencialismo, por la manipulación política, por la cuestión de la violencia piquetera. Eso, hoy en día, aparece mucho más instalado, creo yo. Pero viene de 2004, activado, actualizado, con nuevos elementos por el hecho de que realmente no estamos frente a ese gobierno fuerte que fue el de Néstor Kirchner, con esa capacidad de aglutinar a sectores de derecha que demandaban gobernabilidad con sectores de centroizquierda que apelaban a la idea de transversalidad. Hoy en día esa coalición se deshizo y tenés el avance de una derecha que busca deslegitimar las organizaciones sociales que se incorporaron al Gobierno.
Son dos etapas diferentes pero que tienen continuidad, si no lo decimos parece que no tuviéramos memoria, que no recordamos ni lo que pasó en 1996 o en 2004. Hoy llegamos al punto en que abrís cualquiera de los dos grandes diarios nacionales y hablan de lo que pasó en Cutral-Có como si allí hubieran estado los piqueteros auténticos. Lo hacen a través de reportajes en los que se ubica a una figura que participó de aquel movimiento –pasa en la televisión también– preguntándole qué opina de D’Elía, qué opina de Pérsico, para que los deslegitime, para hacer la distinción entre piqueteros auténticos y los otros, o para quitarles ese nivel de autenticidad a los movimientos piqueteros. Porque ése es el objetivo de fondo, distorsionar lo que es un movimiento social. Que a la vez es muy heterogéneo y nunca tuvo una relación fácil con el resto de la sociedad.
Apenas se puede recordar un breve romance que encarnó aquella consigna de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.
–Sí, se habían tendido pasarelas y no puentes porque la primera correntada se las llevó puestas. Y que en realidad vuelven a mostrar esta ruptura de solidaridades sociales entre clases medias y clases populares. Pero también al interior de las clases populares hubo rupturas de solidaridades porque surgió un nuevo proletariado plebeyo dentro de ese mundo de los excluidos que se generalizó en los ’90.
¿A qué llamás proletariado plebeyo?
–En varios libros lo que analizo es cómo se dieron el declive y la fragmentación de las clases populares, clases trabajadoras muy ligadas al mundo del trabajo formal y vinculadas con el peronismo, sobre todo con los sectores sindicales y la emergencia de un mundo organizacional diferente, muy proclive a la acción directa y al desarrollo de otras formas de organización. Ese mundo de los excluidos que comienza a autoorganizarse y adquiere visibilidad, sobre todo a partir de 2001, es diferente de aquel mundo de los trabajadores urbanos relacionados con el trabajo formal. Este es un mundo desconocido que inspira miedo para muchos de estos sectores medios, blancos o no. Son los que sintetizan la imagen de las clases peligrosas, sobre todo si están del otro lado, en el conurbano bonaerense.
¿Su mera existencia podría funcionar como una amenaza para quienes todavía participan del sistema laboral?
–Ese mundo no es clase trabajadora, tampoco es lumpen proletariado como se lo intenta descalificar, sino un nuevo proletariado plebeyo que busca autoafirmarse a través de la acción directa en tanto ser excluidos dentro del modelo neoliberal. En esa suerte de autoafirmación de ciertos rasgos culturales asociados con las clases populares aparecen como altamente disruptivos y son también los que provocan tanto desprecio por parte de las clases medias en todo momento. Hablo de proletariado plebeyo porque conforma los contornos de una nueva clase popular y en ese sentido. Por eso ya no se puede hablar de clase popular en singular, hay que usar el plural, porque hay una fragmentación o distancia entre los excluidos y el mundo de los trabajadores sindicalizados, por ejemplo.
Las relaciones entre organizaciones piqueteras y trabajadores ocupados son muy, muy complicadas, muy poco verbalizadas. Siempre fueron vistas con desconfianza, incluso en ese período de las asambleas barriales había desconfianza hacia los piqueteros porque había varias cosas que los colocaban en el lugar de la alteridad radical, primero por su acción disruptiva; y después, la cuestión de los planes sociales nunca cerró del todo. Es cierto, cuando después veían lazos solidarios, comedores, panaderías, proyectos, emprendimientos productivos, ahí cambiaba el registro de lectura, pero era muy diferente la relación con los cartoneros, por ejemplo.
Para las clases medias parece más fácil relacionarse con sujetos asistenciales que con actores políticos.
–Claro, mientras los piqueteros eran sujetos políticos, los otros no aparecían de ese modo y sí demandaban una lógica más asistencial pero sobre todo pedagógica de parte de las clases medias. Es increíble, pero esas relaciones tortuosas dentro del universo militante incluso, son poco verbalizadas, no se habla acerca de lo difícil que es comprender, incorporar, tratar al otro en su diferencia. Y los piqueteros siempre fueron los peores tratados. Afuera y adentro del campo militante.
¿Y las piqueteras? ¿Creés que hay una mirada distinta cuando ese sujeto encarna en un cuerpo de mujer?
–Lo que hay que decir en primer lugar, cuando una habla de América latina y el campo militante, es que la presencia de la mujer es central, sobre todo en las clases populares. Es la gran articuladora. No sólo en lo que tiene que ver con desarrollo del tejido asistencial sino también con protagonismo político. Y es algo que ha implicado todo un proceso de empoderamiento. Cuando yo hice el trabajo sobre organizaciones piqueteras, y te estoy hablando del año 2002, a mí me sorprendió mucho ver ciertas actitudes de mujeres piqueteras, por ejemplo en la Corriente Clasista y Combativa, que se autolimitaban. Y que por ejemplo tenían miedo de hablar en público, en contraste con un gran trabajo comunitario. Ellas clamaban por más protagonismo pero a la vez reconocían el liderazgo masculino. Yo creo que ha habido mucho cambio en los últimos años, sobre todo desde 2002 en adelante.
¿A qué atribuís ese cambio?
–Porque desde entonces se configura un campo multiorganizacional que va desde las fábricas recuperadas, los colectivos culturales, cierto sindicalismo; el surgimiento de las organizaciones ambientales, y por supuesto las organizaciones piqueteras. Y es a partir de ahí que surgen otros espacios de circulación y de construcción de discursos identitarios y es ahí donde las mujeres comienzan a empoderarse, a partir de la consolidación de su participación en Encuentros de Mujeres, por ejemplo, y el desarrollo al interior de las propias organizaciones de desocupados de espacios de mujeres o de género. El caso del Frente Darío Santillán es un referente de eso. Con todas las ambigüedades o ambivalencias que tiene eso. He leído trabajos muy lindos en relación con estas dificultades que existen y de las distintas figuras de la mujer que coexisten en los espacios piqueteros: figuras tradicionales y figuras más innovadoras y disruptivas. El caso es que ha habido un empoderamiento muy importante.
Antes, teniendo las mujeres fuerte protagonismo, esto no era reconocido políticamente, salvo en el caso de Nina Peloso, a la sazón la mujer de Castells.
Una figura muy particular.
–Bueno, todas tienen que ser particulares y sobre todo muy fuertes para poder emerger en ese mundo netamente masculino y más en las clases populares, con fuertes contenidos patriarcales. Si no se imponen a través de figuras particulares, como ser la misma Milagro Sala, no hay posibilidad de consolidar un liderazgo femenino. Pero ahora sí hay reconocimiento del carácter político de esa participación social antes silenciada.
¿Se puede decir que esa emergencia tiene un costo? ¿No resulta más amenazador aun un liderazgo femenino, en tanto que la distancia hacia esa otra es prácticamente insalvable?
–No estoy segura. Aunque sí es evidente que hay una crítica a la no autolimitación. Pero a ver, cuando una piensa en movimientos históricos liderados por mujeres el rol siempre ha sido fundamental. Por ejemplo, el movimiento de Derechos Humanos: las Madres de Plaza de Mayo politizaron lo impolitizable. Es cierto, lo hicieron desde el lugar de madres. Pero dentro del movimiento piquetero también: en los orígenes, los primeros levantamientos comunitarios, tanto en Cutral-Có como en General Mosconi, las que lideraron las demandas de trabajo en nombre del hambre de sus hijos fueron las mujeres. Pero es cierto, lo hicieron desde un rol tradicional, ellas no son proveedoras pero tienen que asegurar la supervivencia. Y la verdad es que las mujeres le dieron tal fuerza al reclamo que pasó a ser urgente y ya no se lo vio como un reclamo político nada más. Fue un descubrimiento.
El problema es cuando queda totalmente velado el rol materno.
–Y sí, se le critica la no autolimitación. Sobre todo desde un discurso que la masculiniza. En ese sentido puede ser que se pague. Yo que trabajé el tema de los countries, en los asesinatos famosos en que las víctimas son mujeres hubo algo más que voyeurismo en la búsqueda del detalle de su vida privada, se la condenaba no solamente a ella como víctima sino directamente la libertad sexual. Era ejemplificador. En este caso tiene que ver con la libertad política, convertirse en referente en un mundo que les pertenecía a los hombres.
En el caso de Milagro Sala, el discurso desde los medios es sobre todo estigmatizador, a pesar de que se sienta la sospecha sobre un accionar supuestamente delictivo por el uso de armas o de la violencia, también se habla de, por ejemplo, su pertenencia a los pueblos originarios y hasta de su pelo “cortado a cuchillo”.
–Sí, pero los medios de comunicación adoptan un discurso que convoca e impulsa a la criminalización. Porque lo que hacen es, primero, reducir y simplificar la protesta, desdibujar la demanda de derechos y caracterizar como ilegal a la misma. Favorecen la judicialización del conflicto, los propios medios, sobre todo los televisivos, cada vez que enfocan una protesta lo primero que hacen es asociarla con el caos y establecer una jerarquía de derechos que pone sobre todas las cosas la garantía de circulación y no el derecho a tener derecho. Entonces sí es estigmatización mediática y social pero el camino de la judicialización está ahí nomás. Abre el camino a la criminalización y lo impulsa.
¿Cómo impactan estos discursos hacia dentro de las organizaciones sociales?
–Con mucha preocupación, porque cada vez que se agita el fantasma de la violencia política termina habiendo represión.
Y muertes. Como pasó en los casos que ya mencionaste: Cutral-Có, General Mosconi, la masacre del Puente Pueyrredón.
–Exactamente. Es muy preocupante y ya hay muchas organizaciones que hicieron declaraciones advirtiendo que cada vez que desde el poder, desde los medios, de los partidos políticos y en definitiva desde las fuerzas del establishment se asocia movimientos sociales a violencia política, lo que ha habido después son episodios de represión importantes. El último: la masacre de Puente Pueyrredón, donde antes se había escuchado incluso a dirigentes del partido radical hablando de violencia política.
También han aparecido como actores en los últimos años, organizaciones de pueblos originarios que antes eran más invisibles y que parecen muy fáciles de estigmatizar una vez que rompieron el cerco más difícil, el de la invisibilidad.
–Justamente, hace poco fui invitada por la asamblea de Loncopue a presentar el libro de la minería –Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Editorial Biblos– y había habido un hecho de represión hacia el movimiento de toma de tierras por parte de los mapuches. Los estancieros del lugar, autodenominándose así, estancieros, se habían reunido para condenar a las organizaciones mapuches diciendo que detrás de ellas estaban las FARC, la ETA. Nuevamente esta asociación entre organizaciones y violencia política, acusaciones groseras e inverosímiles pero que manifiestan un profundo malestar por parte del establishment ante el avance de las organizaciones que han recuperado efectivamente territorio, ante el avance de la legislación internacional como el Convenio 169 de la OIT que reconoce los derechos territoriales de los pueblos originarios, que la misma Constitución argentina reconoce. Y se está instalando un fuerte discurso criminalizador que va desde declaraciones –en los diarios de la zona que yo leí– diciendo que el mayor terrateniente son los mapuches hasta decir que no son argentinos, que son chilenos y como tal no tienen derecho a reivindicar territorio argentino. Son cosas que ponen los pelos de punta, porque detrás de eso viene una política de judicialización y de desalojos, no sólo por la tierra sino también por la frontera petrolera y minera. Más si tenés en cuenta lo que sucede en Chile, donde a las organizaciones mapuches se les ha aplicado la legislación antiterrorista de la época de Pinochet. Es complicado. En Tucumán, además fue asesinado el 12 de octubre Jorge Chocobar, algo totalmente silenciado por la prensa y por los políticos que ahora hablan de las organizaciones piqueteras, algo que no en vano sucede en este contexto.
A pesar de cierta “vuelta a la normalidad” de la que hablabas entre 2003 y 2004, parecen haber surgido otros tipos de organizaciones sociales en este período que no son del todo visibles, como las asambleas ambientalistas o los movimientos indígenas.
–Estoy segura de que hay un campo multiorganizacional muy sólido; muy heterogéneo, sí, pero en el que hay acumulación de luchas desde hace varios años que han implicado aprendizajes. Así que la criminalización es generalizada. Es una variable del modelo neoliberal que los distintos actores la usan según su momento político.
El caso de las asambleas socioambientales es particular, sobre todo aquéllas contra la minería, porque son movimientos novedosos. Hoy en día hay unas 70 asambleas –porque la explotación minera es más grande de lo que pensamos– y en ese sentido hemos visto un corrimiento de la judicialización hacia estos grupos. Y aquí la judicialización se ha dado aplicando enseguida la legislación penal en contra del corte de ruta. Efectivamente, el corte de ruta es una metodología utilizada. Y lo cierto es que al ser un fenómeno novedoso y la criminalización hacia ellas también lo es, no hay en Argentina organizaciones de derechos humanos que se ocupen de esta temática y que hayan elaborado herramientas para salir en defensa de conflictos que tienen lugar en pequeñas y medianas comunidades muy alejadas de los centros políticos. En los últimos tiempos se ha empezado a formar una red, pero es una construcción muy lenta que todavía no está consolidada.
¿Cuál es la composición de estas asambleas?
–Estas son asambleas multisectoriales, amas de casa, maestras, comerciantes; es heterogénea porque la implantación de este tipo de explotación en sus localidades afecta a todos y entonces es transversal, no hay clivajes de clase fuerte. Pero en La Rioja, por ejemplo, hay una muy fuerte presencia de mujeres que son emblemáticas, varias de las cuales son maestras a las que se les prohibió hablar de minería en las escuelas. Son cierres de canales de expresión muy fuertes que no son conocidos acá.
Esta es la última expresión de los procesos de criminalización que hay que leer en continuidad porque desde el 2004 ha habido un corrimiento del conflicto hacia lo sindical y lo socioambiental. Y ahora, con el recrudecimiento de la pobreza y el aumento de las brechas de desigualdad, el mundo de los excluidos reemerge desarrollando presencia en el espacio público demandando que lleguen los subsidios para cooperativas y que han empezado a inquietar el discurso del establishment.
Volvemos entonces a advertir un avance de la derecha encarnada en ciertos sectores de las clases medias, partidos políticos, propietarios.
–Creo que lo que ha habido es un avance muy neto de la derecha en un contexto de descomposición del modelo kirchnerista. Sin embargo, ¿por qué no soy partidaria de ver sólo el avance de la derecha? Porque creo que efectivamente ha habido aperturas por izquierda o por centroizquierda. Hoy la capacidad del kirchnerismo de convocar organizaciones sociales ya no la tiene más, se abrió entonces un espacio de izquierda o centroizquierda para desarrollar imaginación política, no solamente en el sentido en que lo pueden postular Pino Solanas o la Constituyente Social. Lo pienso desde el campo de las organizaciones sociales independientes o autónomas. Es un campo, también ése, interesante, para pensar posiciones de centroizquierda y pensar más allá del gobierno. Y eso estuvo invisibilizado sobre todo porque el kirchnerismo parecía invencible.
¿Quiere decir que podría abrirse el espacio para dejar de pensar que hay sólo dos opciones posibles?
–Mi tesis de doctorado, a mediados de los ’90, fue la lectura política y cultural de la dicotomía civilización y barbarie en el espacio político y cultural hasta los años ’70. Y me acuerdo que terminé ese libro señalando que esa dicotomía como lectura omnicomprensiva se había debilitado o desaparecido, que quedaba más bien como mecanismo de descalificación cuando se quiere tildar de bárbaro o antipueblo al otro. Sin embargo, esto se reactualizó. ¡Lo primero que escribí en torno del conflicto con los sectores agrarios fue sobre la reactualización de los esquemas binarios!
ASIMETRIAS E INEQUIDADES EN EL Gran Buenos Aires
Una solución conurbana a los problemas del GBA
Por Fabián Rodríguez
"En realidad los municipios no pueden hacer grandes obras con sus recursos, las grandes obras las hacen el gobierno Nacional o Provincial."
Ricardo Rolleri, Concejal de La Matanza desde 1983.
Aquella reflexión de Rossi
Los recursos que nutren a los presupuestos municipales en la Provincia de Buenos Aires se componen de tres fuentes (en orden de importancia):
1- Los Ingresos Tributarios, que provienen fundamentalmente de la coparticipación provincial. Esta coparticipación está compuesta por los impuestos a los Ingresos Brutos, Inmobiliario y Automotor, además de la Coparticipación Nacional que recibe la Provincia. Este dinero representa aproximadamente el 16% del total de los recursos provinciales y se reparte teniendo en cuenta la población de cada partido, las capacidades tributarias y las superficies de cada uno.
2- Los Ingresos No Tributarios (la recaudación de los Municipios en sí misma). Son las tasas por servicios generales (ABL), Seguridad e Higiene, y las contribuciones "especiales" (por mejoras o por derechos de construcción y publicidad). Cabe destacar que, en promedio, el porcentaje de cobrabilidad que tiene cada Comuna ronda el 70% en las zonas más pudientes, y el 20% en los sectores humildes.
3- Transferencias de recursos. En este ítem entran los Aportes del Tesoro Nacional y el dinero de la recaudación de los bingos (6% de las ganancias) y los casinos (18%).
Hace unos años, le preguntaron al actual Intendente de Lomas de Zamora cuál era para él la razón de ser de la floja coparticipación Provincial que reciben los Municipios del conurbano. En un acto de honestidad brutal poco frecuente (o tal vez haya sido un acto fallido, no sabemos) Jorge Rossi dijo lo siguiente: "Muy simple: en lugar de hacer lo que dice la ley y tener en cuenta la población y la extensión de cada distrito, hacen el cálculo por la cantidad de electores".
Más allá de las valoraciones personales y políticas, Rossi sabe de lo que habla, porque le toca administrar un Municipio que tiene 650 mil habitantes, con un presupuesto para el corriente año de 304 millones de pesos (lo que debe facturar la sucursal local del supermercado Coto en un mes). Si tenemos en cuenta que Lomas de Zamora tiene 420 mil electores, el cálculo de Rossi no es descabellado: La Plata tiene una población similar a la de Lomas, pero como tiene 50 mil electores más, y además constituye una sección electoral en sí misma (la octava, mientras que Lomas es un distrito más de la Tercera), recibe una transferencia de recursos tributarios muy superior a la del Municipio del sur del conurbano.
Comparaciones odiosas
En general, los presupuestos del conurbano obligan a los Intendentes a administrar miseria. El cociente de gasto por habitante que cada Municipio puede hacer año tras año, arroja números más propios del realismo mágico que de las ciencias económicas. Algunos ejemplos:
Almirante Brown dispone de $1,08 por día para cada habitante.
Florencio Varela, $1,02 por día para cada varelense.
José C. Paz, $1,54 en cada paceño.
La Matanza, $1,11 por día por habitante.
Podríamos seguir enumerando otros casos semejantes, pero nótese que los distritos con presupuestos más famélicos, son justamente aquellos que tienen las mayores necesidades de infraestructura por resolver: se trata de territorios donde a veces no llega ni el camión recolector de la basura (ni hablar ya de cloacas, agua potable o asfalto).
De más está decir que esto es un fenómeno casi exclusivo del conurbano. En el resto de la provincia los números son bien distintos:
Azul dispone de casi $4,00 por día para cada habitante,
Coronel Pringles tiene $5,06.
Pinamar $19,53 para cada habitante (aún con la excusa de triplicar su población durante el verano, el presupuesto sigue siendo una bestialidad).
Estos son solo algunos de los ejemplos que demuestran la profundidad de la inequidad. Por eso el problema no se resuelve con comparaciones absurdas: pretender que los Partidos del Conurbano funcionen como la Ciudad de Buenos Aires, es no entender el problema. Únicamente desde el desconocimiento y/o la demagogia, se puede buscar un espejo en la Capital Federal.
Llama la atención la fascinación pueblerina en algunos dirigentes del Gran Buenos Aires, que buscan emular a sus colegas de la Reina del Plata, ya sea desde la comunicación de sus actos de gobierno, o desde medidas concretas, buscando “caerle bien” a la gente.
En lugar de querer "parecerse", los Municipios del Gran Buenos Aires deberían exigirle a la Ciudad que cumpla, entre otras cosas, con la "Ley de Basura Cero" que sancionaron los propios legisladores porteños, para que de una vez por todas el conurbano deje de ser el basural a cielo abierto de la Capital (el año pasado, la Ciudad “Autónoma” envió a los rellenos sanitarios más toneladas de basura que todo el conurbano junto).
En lo único que se asemejan el Gran Buenos Aires y la Capital Federal, es en la distribución geográfica de los pobres y la falta de oportunidades.
En estos aspectos, el norte de la CABA se parece bastante a la zona norte del conurbano, mientras que al sur, ambas orillas del riachuelo están habitadas por argentinos de similar condición social.
Si se trata de buscar parecidos para imitar experiencias, la brújula debería estar puesta en algunos Municipios del interior del país (no quiero citar ejemplos para no herir algunas susceptibilidades, pero hagan el ejercicio de buscar en Internet cuáles son los que han estatizado el servicio de recolección de la basura), e incluso del exterior, como ser el caso de la experiencia de Porto Alegre cuando estaba en manos del Partido de los Trabajadores.
Posibles Soluciones
Sin dudas, la llave para destrabar este problema está en manos de los miembros de la Legislatura Provincial, que deberían empezar por sancionar una nueva ley de autonomía para los Municipios.
Como en política, todo tiene que ver con todo, acá es donde la realidad se choca con otra cuestión que también sirve para explicar el estado de las cosas: la sub representación política del conurbano, cuyo peso electoral no tiene un correlato adecuado en la cantidad de legisladores que lo representan. Más bien todo lo contrario: mientras en la Primera Sección Electoral (Municipios de las zonas norte y oeste de GBA) eligen un senador cada 456.561 ciudadanos, en la Cuarta Sección (región noroeste) hay uno cada 64.578 electores.
Otro ejemplo: la Tercera Sección (zona sur más La Matanza) eligió en las últimas elecciones un diputado provincial cada 204.237 votantes, mientras que los electores de la Sexta Sección (región sur y sureste) votaron a uno cada 51.420.
Supongo que sería en vano pedirle a un legislador de, digamos, Tres Arroyos, que impulse una reasignación de recursos que favorezca a Berazategui, ¿no?
Por ello, el principio de solución tiene que sumar un conjunto de voluntades e iniciativas que provengan de mucho más “arriba”, impulsando medidas genuinas que tiendan a revertir este tipo de injusticias, que no se sanan con tres o cuatro puntitos más de coparticipación federal.
El autor es docente, periodista y autor del blog Conurbanos
Recuperemos nuestro sistema financiero y bancario
Por Walter A. Moore
Ante las noticias aparecidas revelando que el Gobierno Nacional estudia la modificación de la Ley de Entidades Financieras instalada por Martínez de Hoz durante la dictadura extranjerizante y asesina del Proceso, realizamos este modesto aporte al esfuerzo destinado a recuperar nuestra independencia financiera, proceso que se iniciara con la estatización de las AFJP y que ahora cuenta con la Ley de Servicios Audiovisuales, como recurso fundamental para realizar la contraofensiva en nuestro país contra la mentira organizada por los sicarios mediáticos del Imperialismo Internacional del Dinero.
Pero el Banco Central de la República Argentina (BCRA) no es sino la Sucursal Argentina del Sistema Financiero Global, que se maneja desde el Banco de Descuentos Internacionales de Basilea (llamado también el Banco Central de los Bancos Centrales) que es el que define todas las políticas monetarias de los países saqueados por el Imperialismo Internacional del Dinero, como lo caracterizara la Iglesia Católica en dos Encíclicas.
En consecuencia, los altos directivos actuales del BCRA son solamente los gerentes de una sucursal que, cuando son ascendidos, ocupan cargos en otras dependencias de las estructuras que manejan los miembros de la llamadas “300 familias” más ricas del mundo, que son los accionistas que controlan la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo y otros pocos bancos más, cuyos empleados jerárquicos, a su vez, integran el directorio del Banco de Basilea que controla a nuestro Banco Central, integrando un sistema de personas que podemos designar como “Ellos”, utilizando la designación de Oesterheld en El Eternauta para designar a los invasores que hacían llover las cenizas mortales.
¿QUÉ PODRÍAMOS HACER SI EL BANCO CENTRAL FUERA DE LOS ARGENTINOS?
Para empezar deberíamos emitir una cantidad de dinero equilibrada con nuestro PBI, como cualquier país normal, y eso será mucho menos que lo que emite Estados Unidos que lanzó el 340% de su PBI, y menos del 115% que emite Japón, ni siquiera el 96% que emite el Banco de Inglaterra. No necesitamos tanto.
Aquí deberíamos emitir el 80% de nuestro PBI, que es una proporción normal.
Eso debería ser así si el Banco Central fuera de los Argentinos, pero como es de “Ellos”, nuestro BCRA emite ¡el 16%! de nuestro PBI, o sea la quinta parte de lo haría falta emitir.
¿Por qué “Ellos” hacen esto?
Lo hacen para que el dinero argentino sea un bien escaso, y en consecuencia, como cualquier bien escaso, se puede subir el precio, y este no es otro que la Tasa de Interés. Así mientras en los países normales, la tasa de interés fijada por el Banco Central actualmente oscila entre 0% y 0,5%, en la Argentina la misma tasa básica es de 16%.
¿Cuáles son las consecuencias de esto?
1º: Cuando el Gobierno necesita fondos, en lugar de emitir dinero, emite Bonos, por los cuales debe pagar interés a los prestamistas (llamados inversores, que no son otros que los mismos bancos internacionales a través de miles de canales diferentes). Si el dinero fuera abundante y suficiente, no haría falta pedir prestamos y emitir esos pagarés llamados Bonos, que sirven para incrementar nuestra “Deuda Eterna”.
2º: Por su lado las empresas productivas de los argentinos y cualquier consumidor local, deben pagar intereses anuales por sus préstamos entre el 18% y el 35% anual, mientras las empresas multinacionales consiguen fondos a una tasa del 2% al 3%, procedimiento gracias al cual se han apoderado de grandes empresas argentinas fundidas por falta de financiamiento normal.
3º: Al haber poco dinero circulando, se disminuye el consumo, al disminuir el consumo, se restringe la demanda, al haber menos demanda, la producción no crece, o sea que no demanda nuevos puestos de trabajo, crece la pobreza y se instala la miseria con su secuencia de destrucción de mentes y cuerpos por desnutrición, drogas y violencia, comprometiendo nuestro futuro.
4º: Al mismo tiempo, las empresas multinacionales o los sectores exportadores que tienen beneficios extraordinarios llevan sus divisas al extranjero, porque consideran que nuestro sistema bancario no es confiable, recordando como los robaron al iniciarse este siglo.
QUÉ DEBEMOS HACER SI RECUPERAMOS EL CONTROL DE NUESTRO SISTEMA MONETARIO
Son pocos cambios, pero fundamentales:
Llevar la emisión al nivel normal del 80% de nuestro PBI, o sea que por cada peso que se emite actualmente debemos emitir 4 pesos más. Y como nuestro PBI es de algo más de 1.050.000 millones de pesos, y la emisión actual de unos 160.000 millones, para llegar al 80% del PBI, deberíamos emitir 680.000 millones de pesos adicionales. O sea triplicar los fondos destinados a desarrollar nuestra economía.
Al realizar esto todos los años se hace crecer en forma muy importante el PBI (o sea el indicador de la creación de riqueza nacional), con lo cual se puede aumentar la emisión en la misma proporción.
Esto convierte al dinero en un bien abundante, con lo cual su precio, o sea la tasa de interés, disminuirá al nivel de los países centrales. Para mantener el equilibrio es necesario que las empresas multinacionales se sigan fondeando en sus países de origen, y los sectores exportadores consigan sus fondos en los países que compran sus productos.
Establecer una tasa de cambio en base a la Paridad de Poder Adquisitivo (PPP por sus siglas en inglés), de acuerdo a los parámetros definidos por el Banco Mundial, con lo cual el precio aproximado de los dólares estadounidenses debería ser de 2 pesos por dólar, tal como surge del Informe de Desarrollo Humano 2009 de la ONU.
La actual devaluación del peso está instalada para que las empresas multinacionales paguen la mitad por la mano de obra y las materias primas argentinas y también permite que se afirme la alianza del sector financiero con los sectores agro-exportadores, los partidos políticos que los representan y los medios de difusión que engañan al pueblo con información falseada.
Instalar un mecanismo que impida que esta enorme inyección de liquidez se destine al sector especulativo, destinándola exclusivamente al sistema productivo, cuidando que este financiamiento impulse el equilibrio entre la producción, la distribución y el consumo.
La emisión de estos pesos en una Segunda Moneda Inconvertible es el mecanismo más sencillo para controlar que estos 680.000 millones se destinen a crear riqueza en el mercado interno, fomentando el consumo e impulsando la expansión inmediatamente de la producción para sustituir importaciones.
Este shock de demanda debe ser acompañado con un eficiente sistema represivo del agio y la especulación, que abra y cierre los mercados externos en la medida que alguien quiera aprovecharse de la mayor demanda sin producir más, sino simplemente aumentando los precios.
Esta masa monetaria de dinero inconvertible debe ser emitida y su circulación controlada por un ente financiero diferente al BCRA, o sea la Sucursal Argentina del Sistema Financiero Global. Este organismo debe ser por ejemplo el Consejo Federal de Inversiones, que es controlado por los Gobernadores de todo el país.
Esta forma de monetizar las provincias terminaría con el forcejeo de los bienes escasos que se coparticipan actualmente, generando un “Federalismo Monetario” cuyo planeamiento y control deberá quedar a cargo del Gobierno Nacional, pero la aplicación de los fondos así planificados, debe quedar en manos de cada gobierno provincial y de los municipios de todo el país, girando más fondos de acuerdo a su nivel de pobreza relativa y la cantidad de población que tenga cada provincia o municipio, las obras de infraestructura o nuevas poblaciones que necesite, de acuerdo a su solicitud en el Plan de Desarrollo.
Esta moneda inconvertible debe ser administrada por las sucursales locales del Banco de la Nación Argentina, para mantener un control eficaz sobre el uso de estos fondos, evitando los nidos de corrupción y despilfarro.
Como medidas inmediatas se debe:
Lanzar u aumento masivo de los sueldos en esta moneda, tanto para los organismos estatales como para las empresas privadas, a lo cual debe agregarse
Una disminución de la jornada laboral que obligue a tomar más personal, eliminando cualquier forma de trabajo informal.
Facilitar el acceso al financiamiento barato para las empresas productoras de bienes y servicios nacionales, a lo cual debe agregarse
un programa masivo de obras capaces de generar puestos de trabajo inmediatos.
Se deben priorizar las inversiones en sistemas que generen puestos de trabajo permanentes, la creación de vivienda y el desarrollo de la infraestructura integradora de todas las regiones del país.
Se deben estatizar y/o entregar a instituciones de la comunidad de todos los sistemas de distribución (para impedir que generen inflación aumentando los precios ante la mayor demanda),
Con estos fondos se pueden recomprar todas las empresas de servicios públicos, retomar el control de los puertos, aeropuertos y fronteras en general,
Desarrollar y modernizar los sistemas de comunicaciones, transportes, energía y
La producción local de bienes básicos (acero, transformación alimentaria, cemento, minería, pesca, maquinaria productiva, etc.) que son recursos estratégicos que no pueden quedar en manos extranjeras o de sus personeros locales.
Debemos poner en marcha un Plan de Desarrollo Estratégico para los próximos Siete Años destinado al desarrollo productivo equilibrado de todo el territorio nacional, que:
Reagrupe las poblaciones en nuevos emplazamientos que brinden trabajo estable, viviendas, calidad de vida e infraestructura compleja,
Facilitar las migraciones internas destinadas a despoblar los actuales cinturones de pobreza de las metrópolis, ofreciendo mejor calidad de vida en los nuevos asentamientos.
Reconstruir la infraestructura nacional, con empresas modernizadas y potentes capaces de desarrollar transportes, comunicaciones, energía, riego, etc. adecuados a nuestras necesidades.
Crear una organización destinada a recibir una inmigración masiva de los países sudamericanos hispanohablantes y la inmigración calificada de Europa, que buscará las oportunidades que la crisis está eliminando en los país hoy industrializados, y que deben ser insertados donde sean más útil para nuestro país, o sea en el sector de producción de bienes, servicios y conocimientos adecuados a sus capacidades. Debemos librar también la batalla demográfica, pues una población de 100 millones de argentinos prósperos nos sentará en la mesa de las grandes decisiones mundiales.
Debemos definir un Plan Ambiental que proteja nuestros recursos naturales, en especial la calidad del agua y la tierra, y un
Programa dinámico e inmediato de realización de las grandes obras postergadas, tales como el aprovechamiento integral de las cuencas de los ríos Bermejo-Pilcomayo, el control de crecientes de la cuenca del Río de la Plata, la incorporación productiva de río Salado de Buenos Aires, y debemos participar en el Plan de Unión de las cuencas de los grandes ríos suramericanos: De la Plata, Amazonas y Orinoco.
Crear una Troncal Multimodal (vial, ferroviaria, hidrovía y multiducto (energía, combustibles, agua, granos, etc.)) que recorra el país desde La Quiaca hasta Ushuaia, programada para llegar hasta el Caribe, rodeando la cordillera de los Andes por su faldeo oriental, para vincular fuertemente a todos los países hispano parlantes suramericanos con los cuales tenemos una historia liberadora en común.
Ejecutar un Programa de Desarrollo de una Industria Pesada propia e independiente (combustibles, nuclear, satelital, química pesada, industria militar, desarrollo y/o modernización de los sistemas de transporte, vanguardia cibernética, etc.)
Debemos asegurar y organizar todo el autoabastecimiento interno mediante una industria liviana simbiótica (sin residuos), e
Impulsar a la mayor parte de la producción agropecuaria hacia los cultivos y ganadería orgánica, impulsando los productos autóctonos, estableciendo estímulos que diferencien la producción por regiones y disminuyendo progresivamente la agricultura “industrial” destinada especialmente a la exportación de productos a granel, pues cada tres barcos de granos que se exportan, uno de ellos se llena con nuestros nutrientes que son un bien agotable.
Necesitamos reorganizar nuestro sistema de defensa, destinado a proteger nuestras riquezas. Las nuevas hipótesis de conflicto se deben satisfacer mediante una combinación de fuerzas disuasorias convencionales y sistemas de resistencia basados en la Guerra Asimétrica, lo que implica
Absorber sistemáticamente y de inmediato a toda la población desocupada, sobre todo a la más degradada, incorporándola a un servicio cívico-militar que les brinde salud, educación, ingresos, viviendas dignas y capacitación laboral.
Suramérica está despertando, y la Argentina y los argentinos debemos asumir la responsabilidad que nos cabe, porque somos el país más importante de este Continente. Brasil es el más grande, pero nosotros somos el país más importante, tanto por nuestra historia, como por nuestras capacidades y creatividad.
Buenos Aires, 20 de octubre de 2009
Ante las noticias aparecidas revelando que el Gobierno Nacional estudia la modificación de la Ley de Entidades Financieras instalada por Martínez de Hoz durante la dictadura extranjerizante y asesina del Proceso, realizamos este modesto aporte al esfuerzo destinado a recuperar nuestra independencia financiera, proceso que se iniciara con la estatización de las AFJP y que ahora cuenta con la Ley de Servicios Audiovisuales, como recurso fundamental para realizar la contraofensiva en nuestro país contra la mentira organizada por los sicarios mediáticos del Imperialismo Internacional del Dinero.
Pero el Banco Central de la República Argentina (BCRA) no es sino la Sucursal Argentina del Sistema Financiero Global, que se maneja desde el Banco de Descuentos Internacionales de Basilea (llamado también el Banco Central de los Bancos Centrales) que es el que define todas las políticas monetarias de los países saqueados por el Imperialismo Internacional del Dinero, como lo caracterizara la Iglesia Católica en dos Encíclicas.
En consecuencia, los altos directivos actuales del BCRA son solamente los gerentes de una sucursal que, cuando son ascendidos, ocupan cargos en otras dependencias de las estructuras que manejan los miembros de la llamadas “300 familias” más ricas del mundo, que son los accionistas que controlan la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo y otros pocos bancos más, cuyos empleados jerárquicos, a su vez, integran el directorio del Banco de Basilea que controla a nuestro Banco Central, integrando un sistema de personas que podemos designar como “Ellos”, utilizando la designación de Oesterheld en El Eternauta para designar a los invasores que hacían llover las cenizas mortales.
¿QUÉ PODRÍAMOS HACER SI EL BANCO CENTRAL FUERA DE LOS ARGENTINOS?
Para empezar deberíamos emitir una cantidad de dinero equilibrada con nuestro PBI, como cualquier país normal, y eso será mucho menos que lo que emite Estados Unidos que lanzó el 340% de su PBI, y menos del 115% que emite Japón, ni siquiera el 96% que emite el Banco de Inglaterra. No necesitamos tanto.
Aquí deberíamos emitir el 80% de nuestro PBI, que es una proporción normal.
Eso debería ser así si el Banco Central fuera de los Argentinos, pero como es de “Ellos”, nuestro BCRA emite ¡el 16%! de nuestro PBI, o sea la quinta parte de lo haría falta emitir.
¿Por qué “Ellos” hacen esto?
Lo hacen para que el dinero argentino sea un bien escaso, y en consecuencia, como cualquier bien escaso, se puede subir el precio, y este no es otro que la Tasa de Interés. Así mientras en los países normales, la tasa de interés fijada por el Banco Central actualmente oscila entre 0% y 0,5%, en la Argentina la misma tasa básica es de 16%.
¿Cuáles son las consecuencias de esto?
1º: Cuando el Gobierno necesita fondos, en lugar de emitir dinero, emite Bonos, por los cuales debe pagar interés a los prestamistas (llamados inversores, que no son otros que los mismos bancos internacionales a través de miles de canales diferentes). Si el dinero fuera abundante y suficiente, no haría falta pedir prestamos y emitir esos pagarés llamados Bonos, que sirven para incrementar nuestra “Deuda Eterna”.
2º: Por su lado las empresas productivas de los argentinos y cualquier consumidor local, deben pagar intereses anuales por sus préstamos entre el 18% y el 35% anual, mientras las empresas multinacionales consiguen fondos a una tasa del 2% al 3%, procedimiento gracias al cual se han apoderado de grandes empresas argentinas fundidas por falta de financiamiento normal.
3º: Al haber poco dinero circulando, se disminuye el consumo, al disminuir el consumo, se restringe la demanda, al haber menos demanda, la producción no crece, o sea que no demanda nuevos puestos de trabajo, crece la pobreza y se instala la miseria con su secuencia de destrucción de mentes y cuerpos por desnutrición, drogas y violencia, comprometiendo nuestro futuro.
4º: Al mismo tiempo, las empresas multinacionales o los sectores exportadores que tienen beneficios extraordinarios llevan sus divisas al extranjero, porque consideran que nuestro sistema bancario no es confiable, recordando como los robaron al iniciarse este siglo.
QUÉ DEBEMOS HACER SI RECUPERAMOS EL CONTROL DE NUESTRO SISTEMA MONETARIO
Son pocos cambios, pero fundamentales:
Llevar la emisión al nivel normal del 80% de nuestro PBI, o sea que por cada peso que se emite actualmente debemos emitir 4 pesos más. Y como nuestro PBI es de algo más de 1.050.000 millones de pesos, y la emisión actual de unos 160.000 millones, para llegar al 80% del PBI, deberíamos emitir 680.000 millones de pesos adicionales. O sea triplicar los fondos destinados a desarrollar nuestra economía.
Al realizar esto todos los años se hace crecer en forma muy importante el PBI (o sea el indicador de la creación de riqueza nacional), con lo cual se puede aumentar la emisión en la misma proporción.
Esto convierte al dinero en un bien abundante, con lo cual su precio, o sea la tasa de interés, disminuirá al nivel de los países centrales. Para mantener el equilibrio es necesario que las empresas multinacionales se sigan fondeando en sus países de origen, y los sectores exportadores consigan sus fondos en los países que compran sus productos.
Establecer una tasa de cambio en base a la Paridad de Poder Adquisitivo (PPP por sus siglas en inglés), de acuerdo a los parámetros definidos por el Banco Mundial, con lo cual el precio aproximado de los dólares estadounidenses debería ser de 2 pesos por dólar, tal como surge del Informe de Desarrollo Humano 2009 de la ONU.
La actual devaluación del peso está instalada para que las empresas multinacionales paguen la mitad por la mano de obra y las materias primas argentinas y también permite que se afirme la alianza del sector financiero con los sectores agro-exportadores, los partidos políticos que los representan y los medios de difusión que engañan al pueblo con información falseada.
Instalar un mecanismo que impida que esta enorme inyección de liquidez se destine al sector especulativo, destinándola exclusivamente al sistema productivo, cuidando que este financiamiento impulse el equilibrio entre la producción, la distribución y el consumo.
La emisión de estos pesos en una Segunda Moneda Inconvertible es el mecanismo más sencillo para controlar que estos 680.000 millones se destinen a crear riqueza en el mercado interno, fomentando el consumo e impulsando la expansión inmediatamente de la producción para sustituir importaciones.
Este shock de demanda debe ser acompañado con un eficiente sistema represivo del agio y la especulación, que abra y cierre los mercados externos en la medida que alguien quiera aprovecharse de la mayor demanda sin producir más, sino simplemente aumentando los precios.
Esta masa monetaria de dinero inconvertible debe ser emitida y su circulación controlada por un ente financiero diferente al BCRA, o sea la Sucursal Argentina del Sistema Financiero Global. Este organismo debe ser por ejemplo el Consejo Federal de Inversiones, que es controlado por los Gobernadores de todo el país.
Esta forma de monetizar las provincias terminaría con el forcejeo de los bienes escasos que se coparticipan actualmente, generando un “Federalismo Monetario” cuyo planeamiento y control deberá quedar a cargo del Gobierno Nacional, pero la aplicación de los fondos así planificados, debe quedar en manos de cada gobierno provincial y de los municipios de todo el país, girando más fondos de acuerdo a su nivel de pobreza relativa y la cantidad de población que tenga cada provincia o municipio, las obras de infraestructura o nuevas poblaciones que necesite, de acuerdo a su solicitud en el Plan de Desarrollo.
Esta moneda inconvertible debe ser administrada por las sucursales locales del Banco de la Nación Argentina, para mantener un control eficaz sobre el uso de estos fondos, evitando los nidos de corrupción y despilfarro.
Como medidas inmediatas se debe:
Lanzar u aumento masivo de los sueldos en esta moneda, tanto para los organismos estatales como para las empresas privadas, a lo cual debe agregarse
Una disminución de la jornada laboral que obligue a tomar más personal, eliminando cualquier forma de trabajo informal.
Facilitar el acceso al financiamiento barato para las empresas productoras de bienes y servicios nacionales, a lo cual debe agregarse
un programa masivo de obras capaces de generar puestos de trabajo inmediatos.
Se deben priorizar las inversiones en sistemas que generen puestos de trabajo permanentes, la creación de vivienda y el desarrollo de la infraestructura integradora de todas las regiones del país.
Se deben estatizar y/o entregar a instituciones de la comunidad de todos los sistemas de distribución (para impedir que generen inflación aumentando los precios ante la mayor demanda),
Con estos fondos se pueden recomprar todas las empresas de servicios públicos, retomar el control de los puertos, aeropuertos y fronteras en general,
Desarrollar y modernizar los sistemas de comunicaciones, transportes, energía y
La producción local de bienes básicos (acero, transformación alimentaria, cemento, minería, pesca, maquinaria productiva, etc.) que son recursos estratégicos que no pueden quedar en manos extranjeras o de sus personeros locales.
Debemos poner en marcha un Plan de Desarrollo Estratégico para los próximos Siete Años destinado al desarrollo productivo equilibrado de todo el territorio nacional, que:
Reagrupe las poblaciones en nuevos emplazamientos que brinden trabajo estable, viviendas, calidad de vida e infraestructura compleja,
Facilitar las migraciones internas destinadas a despoblar los actuales cinturones de pobreza de las metrópolis, ofreciendo mejor calidad de vida en los nuevos asentamientos.
Reconstruir la infraestructura nacional, con empresas modernizadas y potentes capaces de desarrollar transportes, comunicaciones, energía, riego, etc. adecuados a nuestras necesidades.
Crear una organización destinada a recibir una inmigración masiva de los países sudamericanos hispanohablantes y la inmigración calificada de Europa, que buscará las oportunidades que la crisis está eliminando en los país hoy industrializados, y que deben ser insertados donde sean más útil para nuestro país, o sea en el sector de producción de bienes, servicios y conocimientos adecuados a sus capacidades. Debemos librar también la batalla demográfica, pues una población de 100 millones de argentinos prósperos nos sentará en la mesa de las grandes decisiones mundiales.
Debemos definir un Plan Ambiental que proteja nuestros recursos naturales, en especial la calidad del agua y la tierra, y un
Programa dinámico e inmediato de realización de las grandes obras postergadas, tales como el aprovechamiento integral de las cuencas de los ríos Bermejo-Pilcomayo, el control de crecientes de la cuenca del Río de la Plata, la incorporación productiva de río Salado de Buenos Aires, y debemos participar en el Plan de Unión de las cuencas de los grandes ríos suramericanos: De la Plata, Amazonas y Orinoco.
Crear una Troncal Multimodal (vial, ferroviaria, hidrovía y multiducto (energía, combustibles, agua, granos, etc.)) que recorra el país desde La Quiaca hasta Ushuaia, programada para llegar hasta el Caribe, rodeando la cordillera de los Andes por su faldeo oriental, para vincular fuertemente a todos los países hispano parlantes suramericanos con los cuales tenemos una historia liberadora en común.
Ejecutar un Programa de Desarrollo de una Industria Pesada propia e independiente (combustibles, nuclear, satelital, química pesada, industria militar, desarrollo y/o modernización de los sistemas de transporte, vanguardia cibernética, etc.)
Debemos asegurar y organizar todo el autoabastecimiento interno mediante una industria liviana simbiótica (sin residuos), e
Impulsar a la mayor parte de la producción agropecuaria hacia los cultivos y ganadería orgánica, impulsando los productos autóctonos, estableciendo estímulos que diferencien la producción por regiones y disminuyendo progresivamente la agricultura “industrial” destinada especialmente a la exportación de productos a granel, pues cada tres barcos de granos que se exportan, uno de ellos se llena con nuestros nutrientes que son un bien agotable.
Necesitamos reorganizar nuestro sistema de defensa, destinado a proteger nuestras riquezas. Las nuevas hipótesis de conflicto se deben satisfacer mediante una combinación de fuerzas disuasorias convencionales y sistemas de resistencia basados en la Guerra Asimétrica, lo que implica
Absorber sistemáticamente y de inmediato a toda la población desocupada, sobre todo a la más degradada, incorporándola a un servicio cívico-militar que les brinde salud, educación, ingresos, viviendas dignas y capacitación laboral.
Suramérica está despertando, y la Argentina y los argentinos debemos asumir la responsabilidad que nos cabe, porque somos el país más importante de este Continente. Brasil es el más grande, pero nosotros somos el país más importante, tanto por nuestra historia, como por nuestras capacidades y creatividad.
Buenos Aires, 20 de octubre de 2009
17 de Octubre: pasado y presente
Por Alberto Schprejer
A las 6 horas, Juan Perón ingresa al Hospital Militar. A las 7, en Brasil y Paseo Colón, la policía dispersa alrededor de mil personas que se dirigían hacia la Casa de Gobierno. A las 8 y 30 es disuelta una manifestación en Independencia y Paseo Colón. A las 9, por Alsina, hacia el oeste, va una columna estimada en 4000 trabajadores. A las 9 y 30 es dispersada una concentración reunida frente al Puente Pueyrredón de alrededor de 10.000 personas. A mitad de mañana, grupos de trabajadores reclaman frente al Hospital Militar, exigiendo ver a Perón. Las radios informan que se está generalizando la huelga, no obstante que la CGT declaró el paro para el día 18. Al mediodía, la policía vuelve a dispersar a grupos de manifestantes que se habían concentrado en Plaza de Mayo. FORJA emite una declaración donde sostiene que "en el debate planteado en el seno de la opinión, está perfectamente deslindado el campo entre la oligarquía y el pueblo... y, en consecuencia, expresa su decidido apoyo a las masas trabajadoras que organizan la defensa de sus conquistas sociales". Después del mediodía, la policía modifica su actitud frente a los manifestantes. "La crisis del poder liberó los sentimientos de los agentes de la tropa —afirma Perelman— muchos de ellos provincianos y con bajos sueldos... Los vigilantes se declararon peronistas". A las 15 y 30, un grupo de sindicalistas mantiene una reunión con Perón en el Hospital Militar. En las primeras horas de la tarde, varias columnas confluyen, en Avellaneda, ante el puente. "Era una muchedumbre de 50.000 personas —sostiene Cipriano Reyes—... Minutos después, las pasarelas del puente comenzaron a bajar y la muchedumbre se lanzó para pasar al otro lado". Han pasado ya las 16 horas cuando, ante el crecimiento de la concentración popular, el presidente Farrell envía a algunas personas de su confianza para conversar con Perón y encontrar una salida a la crisis…
Rato después, Farrell y Perón conversan en la residencia presidencial. "Me dijo Farrell: —Bueno, Perón, ¿qué pasa? —. Yo le contesté: —Mi General, lo que hay que hacer es llamar a elecciones de una vez. ¿Que están esperando? Convocar a elecciones y que las fuerzas políticas se lancen a la lucha— —Esto está listo—, me contestó —y no va a haber problemas—. —Bueno—, le dije, —Entonces, me voy a mi casa—. —No, déjese de joder—, me dijo y me agarró de la mano. —Esa gente está exacerbada, ¡nos van a quemar la Casa de Gobierno!”—.
Aproximadamente a las 23 horas, Farrell y Perón ingresan a la Casa Rosada. “—Venga, hable—, me dijo Farrell”, recuerda Perón. Minutos después, el coronel ingresa al balcón y se abre ante su mirada un espectáculo majestuoso mientras una ovación atronadora saluda su presencia. En la noche de Buenos Aires, una inmensa muchedumbre, que algunos estiman en trescientos mil, otros en quinientos mil y el diario La Epoca en un millón de personas, vibra coreando su nombre: ¡Perón! ¡Perón! Los diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria popular. Alguien alcanza una bandera hasta el balcón: es una bandera argentina que lleva atada una camisa. El coronel la toma y la hace flamear de un lado a otro, ante la algarabía popular. ¡Ar-gen-ti-na! ¡Ar-gen-ti-na! Farrell y Perón se abrazan, produciendo un nuevo estallido de júbilo popular. El presidente intenta vanamente dirigirse a los manifestantes, pero el impresionante griterío no se lo permite. Finalmente, pronuncia unas pocas palabras para comunicar que el gobierno no será entregado a la Corte Suprema, que ha renunciado todo el gabinete, que el coronel Mercante será designado Secretario de Trabajo y Previsión y que "otra vez está junto a ustedes el hombre que por su dedicación y empeño ha sabido ganar el corazón de todos: el Coronel Perón".
El coronel, profundamente conmovido, se acerca al micrófono. "¡Imagínese —recordará años después— ni sabía lo que iba a decir... Tuve que pedir que cantaran el himno para poder armar un poco las ideas". Concluido el himno nacional, el coronel se dirige a la multitud: "Trabajadores. Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: ¡la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino!” Una larga ovación interrumpe el discurso. El coronel comunica al pueblo que ha sido firmada su solicitud de retiro y que esa renuncia a su carrera militar la ha dispuesto "para ponerme al servicio integral del auténtico pueblo argentino... Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, quiero, en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrechar profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre...". Su discurso resulta interrumpido, varias veces, por la pregunta que inquieta al pueblo: ¿dónde estuvo? Pero él prefiere no contestar y finalmente le pide al pueblo: "No me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado. No quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo." Luego afirma: "...Ha llegado el momento del consejo. Trabajadores: únanse, sean hoy más hermanos que nunca...Y les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria". Desde el gentío, surge la ocurrencia: ¡Mañana es San Perón! ¡Mañana es San Perón!
(El 17 de octubre de 1945. Extractos del sabroso relato del Prof. Norberto Galasso).
Pese a la enorme distancia que nos separa de aquellos acontecimientos, comienza a percibirse el resurgimiento de aquellos sueños olvidados, de aquella mística de movilización, de aquella necesidad de participar en los destinos de la Nación.
De la mano de la recuperación del empleo, de salarios dignos, de la mejora en las condiciones de trabajo, los trabajadores han comenzado un persistente camino de recuperación de su participación en las decisiones fundamentales del destino nacional.
A través de sus organizaciones sindicales, de la militancia social y política, y de miles de compañeros nucleados en organizaciones sociales, libres del pueblo, comienzan a manifestar su negativa a desandar el camino iniciado el 25 de mayo de 2003. A lo largo y a lo ancho del país han comenzado a reunirse en asambleas, en plenarios, para manifestar, como en aquel 17 de Octubre, que el proceso de reconstrucción de una Argentina más justa, libre y soberana es irreversible. Que no hay marcha atrás.
Esto lo ha entendido también la oposición. El grado de virulencia de su prédica indica que no están dispuestos a resignar sus intereses, en algunos casos son sectores dominantes de la economía, en otros importantes sectores de la clase media, que como en el proceso del ‘45 al ‘55, una vez alcanzado el ascenso social, o resueltas sus deudas, creen que la única manera de mantener lo conquistado es pisoteando las conquistas de los más humildes. No entienden que son parte del pueblo, que estamos unidos por un mismo destino.
El gobierno de la compañera Cristina Kirchner ha retomado la iniciativa política luego de la derrota del 28 de junio y tomó medidas que indican el compromiso del gobierno con una política de redistribución del ingreso y de profundización del rumbo democrático. La estatización de los fondos de pensión y la reciente sanción de la ley de medios audiovisuales expresan esas convicciones que son parte de la estrategia de profundización del modelo productivo con inclusión social. Como decía Perón, con más democracia, con elecciones y a favor de los trabajadores.
Para reconstruir la Nación es necesario reconstruir la política como herramienta del proceso de cambio social. Hay que democratizar la vida de los partidos políticos para que ellos vuelvan a ser instrumentos de la participación de las mayorías en el rumbo nacional, y hay que avanzar en el debate cultural, en el debate ideológico que nos permita a los peronistas, por ejemplo, comprender que nuestro movimiento no puede ser instrumento del neoliberalismo, que no puede estar al servicio de los capitales extranjeros y ejecutar una política de flexibilización laboral, como ocurrió en los ‘90, que alumbró la mayor desocupación de la historia argentina.
Los peronistas nos debemos ese debate, de cara a la sociedad, para reconstruir el movimiento, su militancia, para alumbrar una nueva esperanza de participación, para dejar en claro que nuestra misión en la Argentina es siempre defender a los trabajadores, junto a otros sectores políticos y sociales, para afianzar un rumbo independiente para nuestra Nación.
A las 6 horas, Juan Perón ingresa al Hospital Militar. A las 7, en Brasil y Paseo Colón, la policía dispersa alrededor de mil personas que se dirigían hacia la Casa de Gobierno. A las 8 y 30 es disuelta una manifestación en Independencia y Paseo Colón. A las 9, por Alsina, hacia el oeste, va una columna estimada en 4000 trabajadores. A las 9 y 30 es dispersada una concentración reunida frente al Puente Pueyrredón de alrededor de 10.000 personas. A mitad de mañana, grupos de trabajadores reclaman frente al Hospital Militar, exigiendo ver a Perón. Las radios informan que se está generalizando la huelga, no obstante que la CGT declaró el paro para el día 18. Al mediodía, la policía vuelve a dispersar a grupos de manifestantes que se habían concentrado en Plaza de Mayo. FORJA emite una declaración donde sostiene que "en el debate planteado en el seno de la opinión, está perfectamente deslindado el campo entre la oligarquía y el pueblo... y, en consecuencia, expresa su decidido apoyo a las masas trabajadoras que organizan la defensa de sus conquistas sociales". Después del mediodía, la policía modifica su actitud frente a los manifestantes. "La crisis del poder liberó los sentimientos de los agentes de la tropa —afirma Perelman— muchos de ellos provincianos y con bajos sueldos... Los vigilantes se declararon peronistas". A las 15 y 30, un grupo de sindicalistas mantiene una reunión con Perón en el Hospital Militar. En las primeras horas de la tarde, varias columnas confluyen, en Avellaneda, ante el puente. "Era una muchedumbre de 50.000 personas —sostiene Cipriano Reyes—... Minutos después, las pasarelas del puente comenzaron a bajar y la muchedumbre se lanzó para pasar al otro lado". Han pasado ya las 16 horas cuando, ante el crecimiento de la concentración popular, el presidente Farrell envía a algunas personas de su confianza para conversar con Perón y encontrar una salida a la crisis…
Rato después, Farrell y Perón conversan en la residencia presidencial. "Me dijo Farrell: —Bueno, Perón, ¿qué pasa? —. Yo le contesté: —Mi General, lo que hay que hacer es llamar a elecciones de una vez. ¿Que están esperando? Convocar a elecciones y que las fuerzas políticas se lancen a la lucha— —Esto está listo—, me contestó —y no va a haber problemas—. —Bueno—, le dije, —Entonces, me voy a mi casa—. —No, déjese de joder—, me dijo y me agarró de la mano. —Esa gente está exacerbada, ¡nos van a quemar la Casa de Gobierno!”—.
Aproximadamente a las 23 horas, Farrell y Perón ingresan a la Casa Rosada. “—Venga, hable—, me dijo Farrell”, recuerda Perón. Minutos después, el coronel ingresa al balcón y se abre ante su mirada un espectáculo majestuoso mientras una ovación atronadora saluda su presencia. En la noche de Buenos Aires, una inmensa muchedumbre, que algunos estiman en trescientos mil, otros en quinientos mil y el diario La Epoca en un millón de personas, vibra coreando su nombre: ¡Perón! ¡Perón! Los diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria popular. Alguien alcanza una bandera hasta el balcón: es una bandera argentina que lleva atada una camisa. El coronel la toma y la hace flamear de un lado a otro, ante la algarabía popular. ¡Ar-gen-ti-na! ¡Ar-gen-ti-na! Farrell y Perón se abrazan, produciendo un nuevo estallido de júbilo popular. El presidente intenta vanamente dirigirse a los manifestantes, pero el impresionante griterío no se lo permite. Finalmente, pronuncia unas pocas palabras para comunicar que el gobierno no será entregado a la Corte Suprema, que ha renunciado todo el gabinete, que el coronel Mercante será designado Secretario de Trabajo y Previsión y que "otra vez está junto a ustedes el hombre que por su dedicación y empeño ha sabido ganar el corazón de todos: el Coronel Perón".
El coronel, profundamente conmovido, se acerca al micrófono. "¡Imagínese —recordará años después— ni sabía lo que iba a decir... Tuve que pedir que cantaran el himno para poder armar un poco las ideas". Concluido el himno nacional, el coronel se dirige a la multitud: "Trabajadores. Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: ¡la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino!” Una larga ovación interrumpe el discurso. El coronel comunica al pueblo que ha sido firmada su solicitud de retiro y que esa renuncia a su carrera militar la ha dispuesto "para ponerme al servicio integral del auténtico pueblo argentino... Muchas veces me dijeron que ese pueblo por el que yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien no lo traiciona. Por eso, quiero, en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrechar profundamente a todos contra mi corazón, como lo podría hacer con mi madre...". Su discurso resulta interrumpido, varias veces, por la pregunta que inquieta al pueblo: ¿dónde estuvo? Pero él prefiere no contestar y finalmente le pide al pueblo: "No me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado. No quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo." Luego afirma: "...Ha llegado el momento del consejo. Trabajadores: únanse, sean hoy más hermanos que nunca...Y les pido que realicen el día de paro festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria". Desde el gentío, surge la ocurrencia: ¡Mañana es San Perón! ¡Mañana es San Perón!
(El 17 de octubre de 1945. Extractos del sabroso relato del Prof. Norberto Galasso).
Pese a la enorme distancia que nos separa de aquellos acontecimientos, comienza a percibirse el resurgimiento de aquellos sueños olvidados, de aquella mística de movilización, de aquella necesidad de participar en los destinos de la Nación.
De la mano de la recuperación del empleo, de salarios dignos, de la mejora en las condiciones de trabajo, los trabajadores han comenzado un persistente camino de recuperación de su participación en las decisiones fundamentales del destino nacional.
A través de sus organizaciones sindicales, de la militancia social y política, y de miles de compañeros nucleados en organizaciones sociales, libres del pueblo, comienzan a manifestar su negativa a desandar el camino iniciado el 25 de mayo de 2003. A lo largo y a lo ancho del país han comenzado a reunirse en asambleas, en plenarios, para manifestar, como en aquel 17 de Octubre, que el proceso de reconstrucción de una Argentina más justa, libre y soberana es irreversible. Que no hay marcha atrás.
Esto lo ha entendido también la oposición. El grado de virulencia de su prédica indica que no están dispuestos a resignar sus intereses, en algunos casos son sectores dominantes de la economía, en otros importantes sectores de la clase media, que como en el proceso del ‘45 al ‘55, una vez alcanzado el ascenso social, o resueltas sus deudas, creen que la única manera de mantener lo conquistado es pisoteando las conquistas de los más humildes. No entienden que son parte del pueblo, que estamos unidos por un mismo destino.
El gobierno de la compañera Cristina Kirchner ha retomado la iniciativa política luego de la derrota del 28 de junio y tomó medidas que indican el compromiso del gobierno con una política de redistribución del ingreso y de profundización del rumbo democrático. La estatización de los fondos de pensión y la reciente sanción de la ley de medios audiovisuales expresan esas convicciones que son parte de la estrategia de profundización del modelo productivo con inclusión social. Como decía Perón, con más democracia, con elecciones y a favor de los trabajadores.
Para reconstruir la Nación es necesario reconstruir la política como herramienta del proceso de cambio social. Hay que democratizar la vida de los partidos políticos para que ellos vuelvan a ser instrumentos de la participación de las mayorías en el rumbo nacional, y hay que avanzar en el debate cultural, en el debate ideológico que nos permita a los peronistas, por ejemplo, comprender que nuestro movimiento no puede ser instrumento del neoliberalismo, que no puede estar al servicio de los capitales extranjeros y ejecutar una política de flexibilización laboral, como ocurrió en los ‘90, que alumbró la mayor desocupación de la historia argentina.
Los peronistas nos debemos ese debate, de cara a la sociedad, para reconstruir el movimiento, su militancia, para alumbrar una nueva esperanza de participación, para dejar en claro que nuestra misión en la Argentina es siempre defender a los trabajadores, junto a otros sectores políticos y sociales, para afianzar un rumbo independiente para nuestra Nación.
La despolitización *
Por Enrique Lacolla
La despolitización argentina, derivada en gran parte del lavado de
cerebro practicado por los medios masivos desde hace décadas, tiene en
anchos sectores la clase media a su expresión más desagradable y
paralizante.
El campo de visión en la política argentina suele estar acotado por el
lugar común instituido por los medios, pero también, y en no escasa
medida, por el prejuicio de parte de la clase media en contra del
peronismo, cuyos elementos turbios y contradictorios la rechazan. Este
rechazo, sin embargo, no suele ser exteriorizado por ella en la misma
medida respecto de fenómenos similares que han caracterizado y
caracterizan al /establishment/ económico y a otras fuerzas partidarias
presentes en nuestra sociedad. Ese prejuicio es el reflejo ?que varía
en sus matices a través del tiempo, pero que traduce una misma
hostilidad-, de una opinión condicionada por la presión que ejerce un
aparato cultural que va de la solemnidad de la historia oficial forjada
por la oligarquía, a la aparente independencia de esta proveniente de un
progresismo que tiende a coincidir empero con aquella en su común
rechazo a ese movimiento popular. Coincidencia que se hace más evidente
que nunca en los momentos críticos, en los cuales derechas e izquierdas
embisten, desde los dos costados del espectro político, contra el
peronismo cuando este se encuentra en apuros.
No desearía hablar en primera persona, pero en este caso no hacerlo así
sería artificial: que quede claro que yo no soy peronista. Para mí, sin
embargo, como para muchos otros, ese movimiento, con sus altibajos, sus
errores, sus corrupciones y su a veces inconmensurable torpeza, fue el
hecho que más profundamente agitó a la sociedad argentina en el último
medio siglo y que merece, por lo tanto, una visión más precisa,
sistemática y comprensiva de sus aciertos y fracasos. La izquierda
nacional[1] explicó en forma reiterada desde 1945 para acá, la
naturaleza del fenómeno: un movimiento popular puesto bajo la advocación
de una dirección bonapartista ?o populista, si se quiere- que venía a
desempeñar la función vicaria de una burguesía nacional que no se veía
ni se ve por ningún lado.
Para llenar esa misión llamó a las masas, hasta entonces desprovistas de
una dirección estratégica, les otorgó un estatus social y, en
consecuencia, las nacionalizó en una medida en que nunca lo habían
estado antes. El movimiento no pudo llevar adelante su proyecto en su
totalidad por la feroz hostilidad que despertó en los sectores
vinculados al imperialismo o influidos por este, y por razones que
hacían a sus propios problemas internos y a la incapacidad de
resolverlos como no fuera a través de la presencia autoritaria de un
líder carismático que no se proponía tener iguales y que, cuando sus
fuerzas se agotaron, fue incapaz de controlar la crisis intestina de su
partido. Pero este conflicto interno en definitiva no era otra cosa que
la evidencia, en el seno del movimiento nacional, de la insuficiencia de
este para darse una ideología coherente y persistir en su propio
proyecto. Esto es, de romper con una tradición intelectual dependiente
concebida a la medida de los intereses de los grupos económicamente
dominantes y forjar una nueva, orientada a una transformación
revolucionaria de la sociedad.
Convengamos en que el peronismo de los orígenes, con sus méritos y sus
deméritos, es hoy un fantasma del pasado. Sus estructuras fueron minadas
de manera irreversible por el menemismo, que lo traicionó y saboteó por
dentro y logró lo que sus enemigos externos nunca habían conseguido,
esto es, abolir sus banderas tradicionales y liquidar el patrimonio
físico e ideológico que, mal que bien, había hasta entonces custodiado.
Lo que tenemos ahora en el panorama político es un conglomerado de
facciones movidas por apetitos mezquinos, frente a un gobierno que
expresa demasiado tímidamente la vocación nacional y popular de los
inicios del peronismo y que sólo hoy, cuando se le ha hecho evidente que
es imposible pactar con el enemigo y que este no le va a perdonar ni
siquiera los atisbos de una acción contra el sistema, se decide
tardíamente a tomar impulso y a atacarlo en los frentes que le duelen.
En especial en la cuestión de las AFJP, de las retenciones al agro y de
los monopolios de la comunicación que ejercen una virtual dictadura,
disfrazada de pluralismo, sobre una opinión a la que bombardean con un
discurso unívoco que se desploma desde la prensa gráfica, la radio y la
televisión, discurso hábil para aprovechar los errores de imagen, reales
o inventados, cometidos por el gobierno.
/Alergias/
Y bien, en este momento crítico de pronto vuelve a manifestarse esa
repulsa de piel, en buena medida inducida pero de fácil penetración, en
un amplio espectro de la clase media, respecto de esa ?obstinación
argentina?, como llama José Pablo Feinmann al peronismo. Un dato ha
hecho patente esa animadversión por estos días. La famosa ley de medios.
La ley de medios ha sido bombardeada desde todos los ángulos sin que se
exhiba ni la sombra de una recusación legal o conceptual seria. Pero,
como en el caso de la frustrada ley de retenciones al campo, ha servido
como catalizador de la difusa antipatía que genera el gobierno en
amplios sectores de la sociedad que no tienen intereses creados en los
medios de comunicación, como no los tuvieron antes respecto de la renta
agraria. La cuestión para ellos parece pasar más bien en la oportunidad
que se les brinda para exteriorizar su antipatía para con un Poder
Ejecutivo que, en verdad, no la merece, al menos de parte de quienes la
profesan desde el rango social al que nos referimos. Que este ha sido un
gobierno insuficiente en lo que hace a un proyecto nacional de
desarrollo lo dijimos más arriba y lo hemos mentado en repetidas
ocasiones. Pero si evaluamos a los gobiernos que lo han antecedido, esa
deficiencia empalidece.
Para algunos observadores, como Torcuato di Tella, por ejemplo, este es
el mejor gobierno que ha tenido el país desde 1930. Se trata de una
apreciación más que discutible en lo referido a su accionar general,
pero sin duda en lo vinculado a la calidad institucional e incluso a la
transparencia administrativa esa aserción puede tomarse como cierta.
¿Qué tuvimos después del derrocamiento de Irigoyen? Una alternancia de
gobiernos de facto con gobiernos constitucionales que rengueaban de una
u otra pierna cuando de examinar su Curriculum cívico se trata. Los
gobiernos del general Agustín P. Justo y del doctor Roberto M. Ortiz
ascendieron al poder en base a la proscripción del radicalismo
yrigoyenista o al fraude. No puede decirse lo mismo del peronismo,
salido del pronunciamiento militar de 1943 y que revalidó sus legítimos
títulos democráticos en las elecciones de 1946 y 1952; pero el estilo
personalista, el acoso a la oposición y el control de la prensa no
crearon un clima precisamente ideal para la instauración de un clima de
debate público y originaron crispación en un sector muy grande de la
ciudadanía, convirtiéndola en el basamento civil del golpe militar
reaccionario que en Junio y Septiembre de 1955 se lanzó a demoler lo
construido desde 1943. Siguieron otros 18 años signados por golpes
militares e interregnos civiles, pero en todo momento estos últimos
estuvieron deslegitimados por la proscripción del peronismo, situación
que acabó en una convulsión nacional rematada por los ?años de plomo?:
los de la guerrilla, la represión y la dictadura.
En cuanto a los gobiernos que se sucedieron después de 1983, fueron
democráticos en su forma, en la medida en que se basaron en elecciones
libres, pero estuvieron informados por una unanimidad en la conducción
de la política económica que venía a desmentir las plataformas
propuestas durante las campañas electorales, hasta terminar en la orgía
de corrupción de la década de los ?90. Comparado a estos antecedentes,
los gobiernos de Cristina Fernández y Néstor Kirchner se proyectan como
modélicos, pues hay la libertad de prensa más irrestricta ?que permite
incluso afirmar que esta no existe- mientras se impulsan iniciativas
como la reforma del Poder Judicial, se esbozan algunas políticas de
recuperación industrial y se corrigen las injusticias pendientes como
consecuencia de la ley de Obediencia Debida.
/Zonceras argentinas/
Nada de esto basta sin embargo para moderar a los críticos. Los epítetos
más increíbles como autoritario o fascista, por ejemplo, caen de la boca
de Elisa Carrió, cuando concurre a la televisión ostentando su bronceado
caribe y desgranando profecías apocalípticas. Como pronosticarle a la
?pareja presidencial? un final equiparable a la del matrimonio Ceasescu
en Rumania. La exagerada actitud no confrontativa del actual gobierno
contrasta con las afirmaciones de este tenor. La corriente de opinión
superficial que exterioriza su rechazo a los Kirchner, empero, parece
aprobar esos dislates y no tomar conciencia de que este gobierno, pese a
su falta de proyecto estratégico, a su propensión de proclamar
iniciativas que luego quedan en agua de borrajas, a la presunta falta de
probidad en las estadísticas del INDEC y a los casos de corrupción que
se sospechan en algunas áreas, ha tenido iniciativas de carácter popular
y progresista que han ido en el buen sentido, como en el caso de la
sostenida actualización de las jubilaciones, una política exterior
atenta a dar prioridad a las relaciones latinoamericanas, el intento
fallido de gravar la renta agraria y el empeño por democratizar la
comunicación rompiendo el monolito de las dos o tres grandes cadenas que
concentran la información y el espectáculo en Argentina.
Frente a este manojo de realidades, sin embargo, parece pesar más el
prejuicio (entintado de racismo, en muchas ocasiones) de un sector de la
clase media que no atiende a razones. Se siente ofendida no se sabe bien
porqué. En un ejercicio de realismo mágico tiende a atribuir a todos los
gobiernos de turno (pero en especial a los peronistas) la culpa de las
miserias (que no son tantas) que la agobian. No desarrolla el más mínimo
esfuerzo por comprender los móviles que subyacen a las cosas que ocurren
y se deja llevar por los humores coyunturales que la mueven. ¿Qué
diablos quiere la clase media cacerolera que se obnubila rencorosamente
por las carteras que porta la Presidenta o se hincha de indignación ante
la inseguridad física que se deriva del aumento de la delincuencia?
Quiere desahogar el berrinche que le provoca la vaga noción que tiene en
el sentido de flotar en el vacío; es decir, quiere exorcizar su propia
confusión, su haraganería intelectual para tratar de explicarse su
desconcierto averiguando por qué suceden las cosas que suceden. Es más
fácil propinar epítetos antes que ponerse a indagar sobre las cosas que
nos molestan.
¿Percibirá esa masa amorfa las raíces de la crisis en que el país se
debate? ¿Es capaz de tener memoria de los hechos que condujeron a esta?
Los créditos internacionales transformados en deuda externa impaga y
henchida de intereses acumulados contraída por un gobierno al que no
eligió nadie, estuvieron en la base de este deterioro, al igual que el
desguace del Estado por obra del consenso de Washington, del que fueron
personeros muchos individuos que están hoy en la oposición y gran parte
de los cuadros ?disidentes? del peronismo. La tabla rasa que se hizo con
la industria nacional en la época de la dupla Menem-Cavallo o De la
Rúa-Cavallo fue el principio motor que expulsó a la periferia social a
millones de personas, generando las condiciones de deterioro social que
hoy se exteriorizan en ese aumento de la delincuencia que enfurece a la
clase media. ¿Qué puede esperarse entonces de esa runfla de oportunistas
y aprovechados si vuelven al gobierno? Se dice que los gatos escaldados
no vuelven a probar la leche hirviendo. Pero pareciera que en nuestro
país esa capacidad de aprender a través de una experiencia sensible no
existe porque no hay memoria?
La oposición irracional al actual gobierno proviene asimismo de los
grupúsculos de la ultraizquierda, que concurren a agitar las aguas (¡con
gran sentido de la oportunidad!) justo cuando el ejecutivo se encuentra
embarcado en un proyecto como la ley de medios que todos, estén a favor
o en contra, juzgan estratégico. El conflicto de Kraft es, en efecto,
una prueba de fuerza de una firma transnacional para forzarle la mano a
los sindicatos y al Ejecutivo y para tantear los límites de este para
conciliar entre las partes. En estas circunstancias, buscar el choque
con la empresa más allá del marco de la protesta pacífica y ajustada a
los cánones de la ley puede ser, en /esta/ instancia, otra forma de
apretar al gobierno. La incapacidad de mensurar las relaciones de fuerza
en un momento dado ha sido el signo distintivo de la ultraizquierda en
Argentina, y ha sido expresivo no sólo del accionar de núcleos muy
minoritarios sino también de esos desprendimientos iluminados de la
clase media que conformaron a la guerrilla en los años de plomo. Sin que
esto suponga negar su coraje ni la magnitud del sacrificio que ellos
hubieron de afrontar.
/Una cuestión de enfoque/
El problema central de la Argentina es la dependencia económica y las
sucesivas subordinaciones que esta impone en el plano intelectual,
social y político. Pero si la primera no puede revertirse a partir de un
voluntarismo que pretenda copar el poder contra viento y marea ?como
quedó demostrado en los ?70- entonces se hace evidente que el esfuerzo
debe pasar por esa pesada y lerda batalla dirigida a modificar las
pautas conceptuales que los cuadros medios aplican a la realidad
política. Pasa por una tarea educativa o autoeducativa, en una palabra.
Después de todo la generación de la JotaPé surgió en gran parte de
hogares gorilas de clase media, a través de una rebelión que compaginaba
la natural ruptura con los padres y el descubrimiento por los hijos de
una realidad distinta de la que les habían enseñado. Al revés de lo que
ocurrió por entonces, por lo tanto, bueno será comprender que ni los
criterios autoritarios ni los dogmatismos de capilla pueden ayudar a
crear esa base intelectiva que es necesaria para comprender el presente
y preparar el futuro.
En ese momento la inmadurez de las nuevas generaciones que descubrían al
peronismo se dio de patadas con la realidad de un movimiento
multifacético en el cual su jefe hacía difíciles equilibrios para llevar
adelante un proyecto de revolución nacional que, de momento, tenía poco
o nada de socialista. Los jóvenes querían rodear a Perón e imponerle su
particular idea del cambio. Pero tropezaron con alguien que no tenía
intención alguna de renunciar a sus poderes y que, además, como astuto
realista de la política que era, sabía que el proyecto de los Montoneros
no sólo iba contra él sino contra los componentes profundos de la
sociedad argentina, que es individualista, más bien conservadora y para
nada afecta a las aventuras colectivas. Al sentirse atacado, Perón
reaccionó con la torpeza de un hombre viejo, agravada por la mediocridad
siniestra del entorno del que se había rodeado. Cuando desapareció se
hundió el último puente que restaba sobre un vacío anárquico que
demandaba a gritos un ordenamiento. Este llegó, como era de prever, de
las peores manos de las cuales podía salir: unas fuerzas armadas que se
habían concebido a sí mismas como baluartes del antiperonismo y del
anticomunismo a partir de 1955 y habían sido adoctrinadas en la Escuela
de las Américas, pero que además estaban exasperadas por los continuos
ataques de la guerrilla, que terminaron silenciando las diferencias de
criterio que podía haber dentro de ellas, soldándolas en un solo bloque
en el cual la capacidad de discernimiento era eclipsada por la
arrogancia y la sed de venganza.
Nos pese o no, las vertientes nacionales del pensamiento, cualquiera sea
su origen, han de estar preparadas para convivir unas con otras, sin
pretender (por difícil que esto sea) una prelación que daría a unas más
que a otras el rol de depositarias de las cartas de nobleza para mejor
combatir al sistema.
No es fácil conseguir esta síntesis. Pero es el único camino que queda
ante la amenaza de una eventual restauración oligárquica, que volvería a
tensar las relaciones sociales en un país donde la gente pierde cada vez
más la paciencia y la cabeza y, por consiguiente, la capacidad para
comprender las cosas. La re-politización de la sociedad en el buen
sentido del término es un expediente indispensable para salir de la crisis.
N O T A
[1] La izquierda nacional es una corriente de pensamiento no vinculable
al nacionalismo de matiz oligárquico, aunque no desdeñe las aportaciones
de este al revisionismo. En buena medida deviene de FORJA, del
trotskismo y del comunismo, y fue la primera en aplicar al populismo un
análisis marxista capaz de ver a la Argentina como el producto de una
deformación generada por su situación semicolonial y culturalmente
dependiente de los grandes centros de poder global. Arturo Jauretche,
Raúl Scalabrini Ortiz, Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Juan José
Hernández Arregui, Norberto Galasso, Rodolfo Puiggrós, Alfredo Terzaga,
Jorge Enea Spilimbergo, Roberto Ferrero, José María Rosa, Fermín Chávez
y muchos otros se contaron entre quienes realizaron las mayores
aportaciones a la corriente. A pesar de haber ejercido una decisiva
influencia intelectual en la nacionalización de los sectores medios y
haber producido un corpus literario de gran magnitud, no goza de prensa,
sus libros hoy no son fáciles de conseguir y su prestigio en la academia
universitaria es nulo. Más que recusada, la corriente fue ninguneada con
el silencio. De su reconocimiento o, mejor dicho, del debate en torno de
sus postulados, cualesquiera sean las diferencias que se tengan con
ellos, debería nacer la oportunidad para una nueva síntesis que sea
capaz de operar sobre el cuerpo vivo de la Argentina de hoy.
(www.enriquelacolla.com)
La despolitización argentina, derivada en gran parte del lavado de
cerebro practicado por los medios masivos desde hace décadas, tiene en
anchos sectores la clase media a su expresión más desagradable y
paralizante.
El campo de visión en la política argentina suele estar acotado por el
lugar común instituido por los medios, pero también, y en no escasa
medida, por el prejuicio de parte de la clase media en contra del
peronismo, cuyos elementos turbios y contradictorios la rechazan. Este
rechazo, sin embargo, no suele ser exteriorizado por ella en la misma
medida respecto de fenómenos similares que han caracterizado y
caracterizan al /establishment/ económico y a otras fuerzas partidarias
presentes en nuestra sociedad. Ese prejuicio es el reflejo ?que varía
en sus matices a través del tiempo, pero que traduce una misma
hostilidad-, de una opinión condicionada por la presión que ejerce un
aparato cultural que va de la solemnidad de la historia oficial forjada
por la oligarquía, a la aparente independencia de esta proveniente de un
progresismo que tiende a coincidir empero con aquella en su común
rechazo a ese movimiento popular. Coincidencia que se hace más evidente
que nunca en los momentos críticos, en los cuales derechas e izquierdas
embisten, desde los dos costados del espectro político, contra el
peronismo cuando este se encuentra en apuros.
No desearía hablar en primera persona, pero en este caso no hacerlo así
sería artificial: que quede claro que yo no soy peronista. Para mí, sin
embargo, como para muchos otros, ese movimiento, con sus altibajos, sus
errores, sus corrupciones y su a veces inconmensurable torpeza, fue el
hecho que más profundamente agitó a la sociedad argentina en el último
medio siglo y que merece, por lo tanto, una visión más precisa,
sistemática y comprensiva de sus aciertos y fracasos. La izquierda
nacional[1] explicó en forma reiterada desde 1945 para acá, la
naturaleza del fenómeno: un movimiento popular puesto bajo la advocación
de una dirección bonapartista ?o populista, si se quiere- que venía a
desempeñar la función vicaria de una burguesía nacional que no se veía
ni se ve por ningún lado.
Para llenar esa misión llamó a las masas, hasta entonces desprovistas de
una dirección estratégica, les otorgó un estatus social y, en
consecuencia, las nacionalizó en una medida en que nunca lo habían
estado antes. El movimiento no pudo llevar adelante su proyecto en su
totalidad por la feroz hostilidad que despertó en los sectores
vinculados al imperialismo o influidos por este, y por razones que
hacían a sus propios problemas internos y a la incapacidad de
resolverlos como no fuera a través de la presencia autoritaria de un
líder carismático que no se proponía tener iguales y que, cuando sus
fuerzas se agotaron, fue incapaz de controlar la crisis intestina de su
partido. Pero este conflicto interno en definitiva no era otra cosa que
la evidencia, en el seno del movimiento nacional, de la insuficiencia de
este para darse una ideología coherente y persistir en su propio
proyecto. Esto es, de romper con una tradición intelectual dependiente
concebida a la medida de los intereses de los grupos económicamente
dominantes y forjar una nueva, orientada a una transformación
revolucionaria de la sociedad.
Convengamos en que el peronismo de los orígenes, con sus méritos y sus
deméritos, es hoy un fantasma del pasado. Sus estructuras fueron minadas
de manera irreversible por el menemismo, que lo traicionó y saboteó por
dentro y logró lo que sus enemigos externos nunca habían conseguido,
esto es, abolir sus banderas tradicionales y liquidar el patrimonio
físico e ideológico que, mal que bien, había hasta entonces custodiado.
Lo que tenemos ahora en el panorama político es un conglomerado de
facciones movidas por apetitos mezquinos, frente a un gobierno que
expresa demasiado tímidamente la vocación nacional y popular de los
inicios del peronismo y que sólo hoy, cuando se le ha hecho evidente que
es imposible pactar con el enemigo y que este no le va a perdonar ni
siquiera los atisbos de una acción contra el sistema, se decide
tardíamente a tomar impulso y a atacarlo en los frentes que le duelen.
En especial en la cuestión de las AFJP, de las retenciones al agro y de
los monopolios de la comunicación que ejercen una virtual dictadura,
disfrazada de pluralismo, sobre una opinión a la que bombardean con un
discurso unívoco que se desploma desde la prensa gráfica, la radio y la
televisión, discurso hábil para aprovechar los errores de imagen, reales
o inventados, cometidos por el gobierno.
/Alergias/
Y bien, en este momento crítico de pronto vuelve a manifestarse esa
repulsa de piel, en buena medida inducida pero de fácil penetración, en
un amplio espectro de la clase media, respecto de esa ?obstinación
argentina?, como llama José Pablo Feinmann al peronismo. Un dato ha
hecho patente esa animadversión por estos días. La famosa ley de medios.
La ley de medios ha sido bombardeada desde todos los ángulos sin que se
exhiba ni la sombra de una recusación legal o conceptual seria. Pero,
como en el caso de la frustrada ley de retenciones al campo, ha servido
como catalizador de la difusa antipatía que genera el gobierno en
amplios sectores de la sociedad que no tienen intereses creados en los
medios de comunicación, como no los tuvieron antes respecto de la renta
agraria. La cuestión para ellos parece pasar más bien en la oportunidad
que se les brinda para exteriorizar su antipatía para con un Poder
Ejecutivo que, en verdad, no la merece, al menos de parte de quienes la
profesan desde el rango social al que nos referimos. Que este ha sido un
gobierno insuficiente en lo que hace a un proyecto nacional de
desarrollo lo dijimos más arriba y lo hemos mentado en repetidas
ocasiones. Pero si evaluamos a los gobiernos que lo han antecedido, esa
deficiencia empalidece.
Para algunos observadores, como Torcuato di Tella, por ejemplo, este es
el mejor gobierno que ha tenido el país desde 1930. Se trata de una
apreciación más que discutible en lo referido a su accionar general,
pero sin duda en lo vinculado a la calidad institucional e incluso a la
transparencia administrativa esa aserción puede tomarse como cierta.
¿Qué tuvimos después del derrocamiento de Irigoyen? Una alternancia de
gobiernos de facto con gobiernos constitucionales que rengueaban de una
u otra pierna cuando de examinar su Curriculum cívico se trata. Los
gobiernos del general Agustín P. Justo y del doctor Roberto M. Ortiz
ascendieron al poder en base a la proscripción del radicalismo
yrigoyenista o al fraude. No puede decirse lo mismo del peronismo,
salido del pronunciamiento militar de 1943 y que revalidó sus legítimos
títulos democráticos en las elecciones de 1946 y 1952; pero el estilo
personalista, el acoso a la oposición y el control de la prensa no
crearon un clima precisamente ideal para la instauración de un clima de
debate público y originaron crispación en un sector muy grande de la
ciudadanía, convirtiéndola en el basamento civil del golpe militar
reaccionario que en Junio y Septiembre de 1955 se lanzó a demoler lo
construido desde 1943. Siguieron otros 18 años signados por golpes
militares e interregnos civiles, pero en todo momento estos últimos
estuvieron deslegitimados por la proscripción del peronismo, situación
que acabó en una convulsión nacional rematada por los ?años de plomo?:
los de la guerrilla, la represión y la dictadura.
En cuanto a los gobiernos que se sucedieron después de 1983, fueron
democráticos en su forma, en la medida en que se basaron en elecciones
libres, pero estuvieron informados por una unanimidad en la conducción
de la política económica que venía a desmentir las plataformas
propuestas durante las campañas electorales, hasta terminar en la orgía
de corrupción de la década de los ?90. Comparado a estos antecedentes,
los gobiernos de Cristina Fernández y Néstor Kirchner se proyectan como
modélicos, pues hay la libertad de prensa más irrestricta ?que permite
incluso afirmar que esta no existe- mientras se impulsan iniciativas
como la reforma del Poder Judicial, se esbozan algunas políticas de
recuperación industrial y se corrigen las injusticias pendientes como
consecuencia de la ley de Obediencia Debida.
/Zonceras argentinas/
Nada de esto basta sin embargo para moderar a los críticos. Los epítetos
más increíbles como autoritario o fascista, por ejemplo, caen de la boca
de Elisa Carrió, cuando concurre a la televisión ostentando su bronceado
caribe y desgranando profecías apocalípticas. Como pronosticarle a la
?pareja presidencial? un final equiparable a la del matrimonio Ceasescu
en Rumania. La exagerada actitud no confrontativa del actual gobierno
contrasta con las afirmaciones de este tenor. La corriente de opinión
superficial que exterioriza su rechazo a los Kirchner, empero, parece
aprobar esos dislates y no tomar conciencia de que este gobierno, pese a
su falta de proyecto estratégico, a su propensión de proclamar
iniciativas que luego quedan en agua de borrajas, a la presunta falta de
probidad en las estadísticas del INDEC y a los casos de corrupción que
se sospechan en algunas áreas, ha tenido iniciativas de carácter popular
y progresista que han ido en el buen sentido, como en el caso de la
sostenida actualización de las jubilaciones, una política exterior
atenta a dar prioridad a las relaciones latinoamericanas, el intento
fallido de gravar la renta agraria y el empeño por democratizar la
comunicación rompiendo el monolito de las dos o tres grandes cadenas que
concentran la información y el espectáculo en Argentina.
Frente a este manojo de realidades, sin embargo, parece pesar más el
prejuicio (entintado de racismo, en muchas ocasiones) de un sector de la
clase media que no atiende a razones. Se siente ofendida no se sabe bien
porqué. En un ejercicio de realismo mágico tiende a atribuir a todos los
gobiernos de turno (pero en especial a los peronistas) la culpa de las
miserias (que no son tantas) que la agobian. No desarrolla el más mínimo
esfuerzo por comprender los móviles que subyacen a las cosas que ocurren
y se deja llevar por los humores coyunturales que la mueven. ¿Qué
diablos quiere la clase media cacerolera que se obnubila rencorosamente
por las carteras que porta la Presidenta o se hincha de indignación ante
la inseguridad física que se deriva del aumento de la delincuencia?
Quiere desahogar el berrinche que le provoca la vaga noción que tiene en
el sentido de flotar en el vacío; es decir, quiere exorcizar su propia
confusión, su haraganería intelectual para tratar de explicarse su
desconcierto averiguando por qué suceden las cosas que suceden. Es más
fácil propinar epítetos antes que ponerse a indagar sobre las cosas que
nos molestan.
¿Percibirá esa masa amorfa las raíces de la crisis en que el país se
debate? ¿Es capaz de tener memoria de los hechos que condujeron a esta?
Los créditos internacionales transformados en deuda externa impaga y
henchida de intereses acumulados contraída por un gobierno al que no
eligió nadie, estuvieron en la base de este deterioro, al igual que el
desguace del Estado por obra del consenso de Washington, del que fueron
personeros muchos individuos que están hoy en la oposición y gran parte
de los cuadros ?disidentes? del peronismo. La tabla rasa que se hizo con
la industria nacional en la época de la dupla Menem-Cavallo o De la
Rúa-Cavallo fue el principio motor que expulsó a la periferia social a
millones de personas, generando las condiciones de deterioro social que
hoy se exteriorizan en ese aumento de la delincuencia que enfurece a la
clase media. ¿Qué puede esperarse entonces de esa runfla de oportunistas
y aprovechados si vuelven al gobierno? Se dice que los gatos escaldados
no vuelven a probar la leche hirviendo. Pero pareciera que en nuestro
país esa capacidad de aprender a través de una experiencia sensible no
existe porque no hay memoria?
La oposición irracional al actual gobierno proviene asimismo de los
grupúsculos de la ultraizquierda, que concurren a agitar las aguas (¡con
gran sentido de la oportunidad!) justo cuando el ejecutivo se encuentra
embarcado en un proyecto como la ley de medios que todos, estén a favor
o en contra, juzgan estratégico. El conflicto de Kraft es, en efecto,
una prueba de fuerza de una firma transnacional para forzarle la mano a
los sindicatos y al Ejecutivo y para tantear los límites de este para
conciliar entre las partes. En estas circunstancias, buscar el choque
con la empresa más allá del marco de la protesta pacífica y ajustada a
los cánones de la ley puede ser, en /esta/ instancia, otra forma de
apretar al gobierno. La incapacidad de mensurar las relaciones de fuerza
en un momento dado ha sido el signo distintivo de la ultraizquierda en
Argentina, y ha sido expresivo no sólo del accionar de núcleos muy
minoritarios sino también de esos desprendimientos iluminados de la
clase media que conformaron a la guerrilla en los años de plomo. Sin que
esto suponga negar su coraje ni la magnitud del sacrificio que ellos
hubieron de afrontar.
/Una cuestión de enfoque/
El problema central de la Argentina es la dependencia económica y las
sucesivas subordinaciones que esta impone en el plano intelectual,
social y político. Pero si la primera no puede revertirse a partir de un
voluntarismo que pretenda copar el poder contra viento y marea ?como
quedó demostrado en los ?70- entonces se hace evidente que el esfuerzo
debe pasar por esa pesada y lerda batalla dirigida a modificar las
pautas conceptuales que los cuadros medios aplican a la realidad
política. Pasa por una tarea educativa o autoeducativa, en una palabra.
Después de todo la generación de la JotaPé surgió en gran parte de
hogares gorilas de clase media, a través de una rebelión que compaginaba
la natural ruptura con los padres y el descubrimiento por los hijos de
una realidad distinta de la que les habían enseñado. Al revés de lo que
ocurrió por entonces, por lo tanto, bueno será comprender que ni los
criterios autoritarios ni los dogmatismos de capilla pueden ayudar a
crear esa base intelectiva que es necesaria para comprender el presente
y preparar el futuro.
En ese momento la inmadurez de las nuevas generaciones que descubrían al
peronismo se dio de patadas con la realidad de un movimiento
multifacético en el cual su jefe hacía difíciles equilibrios para llevar
adelante un proyecto de revolución nacional que, de momento, tenía poco
o nada de socialista. Los jóvenes querían rodear a Perón e imponerle su
particular idea del cambio. Pero tropezaron con alguien que no tenía
intención alguna de renunciar a sus poderes y que, además, como astuto
realista de la política que era, sabía que el proyecto de los Montoneros
no sólo iba contra él sino contra los componentes profundos de la
sociedad argentina, que es individualista, más bien conservadora y para
nada afecta a las aventuras colectivas. Al sentirse atacado, Perón
reaccionó con la torpeza de un hombre viejo, agravada por la mediocridad
siniestra del entorno del que se había rodeado. Cuando desapareció se
hundió el último puente que restaba sobre un vacío anárquico que
demandaba a gritos un ordenamiento. Este llegó, como era de prever, de
las peores manos de las cuales podía salir: unas fuerzas armadas que se
habían concebido a sí mismas como baluartes del antiperonismo y del
anticomunismo a partir de 1955 y habían sido adoctrinadas en la Escuela
de las Américas, pero que además estaban exasperadas por los continuos
ataques de la guerrilla, que terminaron silenciando las diferencias de
criterio que podía haber dentro de ellas, soldándolas en un solo bloque
en el cual la capacidad de discernimiento era eclipsada por la
arrogancia y la sed de venganza.
Nos pese o no, las vertientes nacionales del pensamiento, cualquiera sea
su origen, han de estar preparadas para convivir unas con otras, sin
pretender (por difícil que esto sea) una prelación que daría a unas más
que a otras el rol de depositarias de las cartas de nobleza para mejor
combatir al sistema.
No es fácil conseguir esta síntesis. Pero es el único camino que queda
ante la amenaza de una eventual restauración oligárquica, que volvería a
tensar las relaciones sociales en un país donde la gente pierde cada vez
más la paciencia y la cabeza y, por consiguiente, la capacidad para
comprender las cosas. La re-politización de la sociedad en el buen
sentido del término es un expediente indispensable para salir de la crisis.
N O T A
[1] La izquierda nacional es una corriente de pensamiento no vinculable
al nacionalismo de matiz oligárquico, aunque no desdeñe las aportaciones
de este al revisionismo. En buena medida deviene de FORJA, del
trotskismo y del comunismo, y fue la primera en aplicar al populismo un
análisis marxista capaz de ver a la Argentina como el producto de una
deformación generada por su situación semicolonial y culturalmente
dependiente de los grandes centros de poder global. Arturo Jauretche,
Raúl Scalabrini Ortiz, Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Juan José
Hernández Arregui, Norberto Galasso, Rodolfo Puiggrós, Alfredo Terzaga,
Jorge Enea Spilimbergo, Roberto Ferrero, José María Rosa, Fermín Chávez
y muchos otros se contaron entre quienes realizaron las mayores
aportaciones a la corriente. A pesar de haber ejercido una decisiva
influencia intelectual en la nacionalización de los sectores medios y
haber producido un corpus literario de gran magnitud, no goza de prensa,
sus libros hoy no son fáciles de conseguir y su prestigio en la academia
universitaria es nulo. Más que recusada, la corriente fue ninguneada con
el silencio. De su reconocimiento o, mejor dicho, del debate en torno de
sus postulados, cualesquiera sean las diferencias que se tengan con
ellos, debería nacer la oportunidad para una nueva síntesis que sea
capaz de operar sobre el cuerpo vivo de la Argentina de hoy.
(www.enriquelacolla.com)
SEREMOS UN ESTADO O NO SEREMOS NADA

San Jauretche, ¿llegó la buena leche?
Por Eliana Gabay y Jorge Devincenzi Gentileza revista ZOOM
Este gobierno, la etapa iniciada en 2003, es una originalidad en el rumbo inercial de una Argentina que solo podía esperar de sí la medianía de un futuro hecho a medida de pocos. Se podría estar en desacuerdo con la velocidad del cambio producido, pero son muchos y fuertes los condicionantes en el juego del poder local, en el escenario internacional, en el seno de nuestra sociedad y en el propio gobierno. Múltiples sectores sociales y económicos pujan en sentido contrario, buscando consensos o pretendiendo imponerlos (aunque parezca una contradicción en el término) mediante la manipulación mediática. Algunos son más visibles que otros, y no todos tienen la misma fuerza para definir. Un conflicto que se resuelve en el Estado o a las trompadas.
La cuestión de la crisis financiera mundial puso en un primerísimo plano el concepto de Estado Mínimo que originó el fundamentalismo neoliberal. Pero el mismo concepto tiene significados distintos en el centro del mundo y en las periferias. Con dinero público, allá se distribuyen ingentes subsidios agrícolas, a la desocupación, y al complejo militar-tecnológico que los mantiene en la cima. Acá, y en general en los países periféricos, Mínimo es sinónimo de prescindencia.
Cuando todo estalló a fines de 2008, las corporaciones financieras quebradas por la burbuja —que habían sostenido durante décadas las premisas básicas del llamado Consenso de Washington— comenzaron a clamar por un Estado activo, es decir, que las salvara el dinero público. Estados Unidos, en su cómodo papel de cabeza imperial y defensor acérrimo del libre mercado en los ’80 y ’90, se vio en la necesidad de financiar generosamente a empresas bancarias que habían prestado a numerosos agentes cientos de veces los valores depositados, tan ficticios como los représtamos, armando una bicicleta financiera de dimensiones planetarias.
Se probaba así, una vez más, que las recetas provenientes del "centro" del mundo son fantasías para consumo de los ingenuos, porque encubren una política persistente de concentración y centralización del capital, con resultados asimétricos por sectores sociales y países. Hasta minutos antes del estallido de Wall Street, los críticos eran tomados como chiflados, extravagantes o románticos apegados a un tiempo pasado.
Fundamentals
Estados Unidos siempre sostuvo —con la insistencia de quien se hace el sordo— el dogma de que el déficit fiscal era "non sancto" para los otros, cuando a la vez desde décadas atrás solventaba su monumental déficit mediante la emisión de un dólar impuesto como moneda de uso universal. Y la emisión astronómica que inyectó liquidez a los bancos quebrados —desde las postrimerías de la administración Bush— lo hizo todavía mayor. La emisión monetaria, sin embargo, era un pecado mortal para los países periféricos.
En América, siete años atrás, la explosión de la “convertibilidad” argentina había alertado sobre la supuesta racionalidad que sostenía la expansión ilimitada de los flujos financieros. Paul Krugman calculó entonces que la especulación constituía el 90% de la actividad económica mundial, mientras que la economía real (la producción) se arrinconaba en el 10% restante.
Lo paradojal es que, con gravísimas consecuencias para el medio ambiente, ese 10% sostenía niveles de consumo inéditos en la civilización humana. Además, gracias al desarrollo tecnológico, la cuestión de la producción de bienes se había corrido de la centralidad del sistema, lo que explica en parte, por qué China y el sudeste asiático son el motor industrial del mundo, y también por qué ya no existen empresarios como Henry Ford que pagan altos salarios para que los trabajadores puedan comprar lo que producen.
Y esa no es la única paradoja: a pesar de que los hechos fueron probando que los "Estados prescindentes" debían acabar, y que la propia lógica interna del fundamentalismo neoliberal había colapsado, el mundo, las ideas y las opiniones de muchos expertos parecerían seguir hacia adelante como si nada hubiera sucedido.
Hay discursos circulando sobre la reforma del FMI y su “democratización” (sic), pero son palabras, por cuanto su función era aquella (perpetuar la deuda externa de los países periféricos a través del otorgamiento de créditos), y si dejara de tenerla, ese ya no sería el FMI, ni este mundo sería este mundo. ¿Dónde se ha visto un banco democrático?
La racionalidad ficticia del sistema se sostiene sobre un nivel inédito de exclusión social planetaria, otra de las paradojas de un tiempo que auguraba felicidad universal. Son millones y millones de seres humanos privados de bienes materiales y simbólicos, que residen en los centros imperiales y en las periferias, diluyendo las fronteras clásicas entre ambos, y generando un mundo caótico con múltiples centros y múltiples periferias excluidas.
Esta realidad llena de contingencias que hasta acabó con la profecía del "Fin de la Historia", replantea —desde otro lugar— las cuestiones del rol de los Estados y la vigencia eventual de un modelo activo. Y en países como el nuestro, dichas premisas parecen convertirse en asuntos vitales para la supervivencia colectiva, ser o no ser una comunidad integrada. Porque un Estado activo sólo es eso, activo, y puede funcionar en democracia para reafirmar la concentración de poder y profundizar las diferencias sociales y económicas. Pero también para lo contrario.
Tiempos de crisis
Resulta oportuno recordar que el concepto de Estado se asocia al de Modernidad. El proceso de conformación del Estado moderno en Europa occidental en el transcurso de los siglos XVIII y XIX generó no sólo el corrimiento de viejas instituciones sino su destrucción, creando un orden social nuevo, distinto al del viejo orden feudal estamental. Ese nuevo orden social estuvo entrañablemente asociado al triunfo y consolidación de la burguesía, la expansión del modo de producción capitalista y la afirmación del liberalismo político y económico. El Estado moderno logró materializarse en la realidad a través de las alianzas sociales y territoriales que se gestaron a largo del tiempo, distintas a las del régimen monárquico que lo precedió.
Ese primer modelo de Estado, llamado por algunos autores liberal o conservador, más tarde devino en el denominado Estado de Bienestar, que fue adquiriendo relevancia en las naciones centrales a partir de la crisis mundial de 1930, debido a la agudización de las consecuencias del capitalismo de libre mercado que generó concentración de la propiedad y la riqueza, y que priorizó la especulación financiera en lugar de la producción. El Estado de Bienestar surgió para regular la economía y compensar los males del capitalismo en la vida social.
Este modelo entró en crisis a mediados de los 70 (por la subida estrepitosa del precio del petróleo que generó inflación mundial, el fin de la convertibilidad del dólar, la agudización de las condiciones de pago de la deuda externa, particularmente de los países periféricos que la contrajeron durante el auge de los petrodólares, etc.) en el contexto de una nueva fase del capitalismo, la globalización.
En los ‘90, el Estado se limitó a asegurar algunos de los derechos políticos y civiles, no así los sociales y económicos conquistados con el Estado de Bienestar. Estado por un lado, y políticas para el bien común por otro, dejaron de ser categorías asociables.
Bajo la impronta del neoliberalismo, el Estado debía garantizar seguridad política y jurídica para estimular la inversión privada. A la par, en el discurso dominante se proclamaba que el nuevo orden global ponía en duda la capacidad de autonomía y decisión del Estado, y que era inevitable, natural y saludable la lógica imperante de las empresas multinacionales y los organismos multilaterales de crédito como el BM y el FMI.
La gran meta política era afianzar el Estado Mínimo.
Ninguna política estatal es neutra: esa prescindencia y minimalización del papel del Estado ocultaba, en definitiva, la decisión “activa” de retirarse para que el mercado (o el capital en su conjunto) decidiera por la sociedad y en nombre de esta.
Este proceso de retracción del Estado fue de la mano del estallido de las representaciones, de la cooptación de los partidos políticos por tecnócratas que diseñan políticas públicas fieles a los intereses de los grandes grupos económicos, y del quiebre de los llamados “proyectos nacionales".
A qué apuntamos
El gran desafío de hoy es la construcción de imaginarios sociales que sean colectivos, que superen a los que emanan de esa realidad fragmentaria que se impuso en los ‘90. El desafío es cambiar lo aleatorio por lo previsible, y avanzar hacia la conformación de nuevas alianzas entre sectores sociales y políticos a los fines de plasmar la Justicia Social.
No debe dejar de mencionarse la incidencia del llamado pensamiento nacional en la construcción de esos imaginarios. Como tantas otras cosas, fue paulatinamente invisibilizado porque iba a contramano de las ideas y discursos de moda de finales del siglo XX. Pero también, por su propia incapacidad para construir una alternativa posible en el marco de un profundo cambio local acorde con las condiciones reinantes del capitalismo cuyas líneas gruesas escapan a nuestro control.
Así, "el menemismo" (con sus profundas y nefastas consecuencias) fue un hecho real, surgido en el seno del peronismo y no un desembarco desembozado del enemigo o un golpe de mano de un grupo de mafiosos, por lo cual, resulta también imprescindible superar la lógica de lealtad-traición para entender qué fue aquello y actuar conforme al nuevo escenario que se abrió en el país a partir de 2003.
Mientras el pensamiento nacional parecía desvanecerse, la crítica al menemismo de los llamados sectores progresistas no abordó la centralidad de la cuestión nacional —la creación un interés colectivo común— y retomó en sus argumentos, visiones pueriles sobre un Estado neutral y mediador de conflictos, cuando en realidad el Estado real, el que opera, resulta de la imposición de los dueños del poder, que en Argentina sirven y se identifican con el proyecto imperial. Por eso, este gobierno es una anomalía en el rumbo inercial.
La recuperación de las viejas empresas estatales nos asoma a escenarios diferentes: es imposible revivir aquella forma morosa de gestión (propicia para el saqueo) cuando han cambiado radicalmente las condiciones de mercado, la competencia, las demandas de los consumidores, la tercerización de tareas, la existencia de sindicatos con intereses no limitados a la esfera de la defensa del salario y las condiciones laborales, entre otros factores.
Es esta una etapa de suma complejidad: múltiples sectores sociales y económicos pujan en sentido contrario, pero a la vez, buscan consensos o pretenden imponerlos. Eso representa un obstáculo para la constitución de una voluntad nacional y popular porque todos buscan satisfacer de inmediato intereses sectoriales que difícilmente cristalizan en unidad política en función de un fin superior compartido, lo que reafirma la necesidad de la autoridad política, reconfigurar el Estado y apuntar a la gestión.
Seremos Estado cuando el conjunto de normas, leyes e instituciones de gobierno configuren un tipo de relación social caracterizado por la disminución de las desigualdades sociales y económicas, ello anclado en valores solidarios, en el consenso de distintas minorías, y no en ese individualismo exacerbado del sálvese quien pueda pero tampoco en una homogeneidad propia de un pasado cerrado.
Mira quien se opone para saber por qué la apoyo
Apresurados, retardatarios y líquidos Por Jorge Devincenzi
Gentileza Revista Zoom
En “Actualización Doctrinaria….” (Getino y Solanas, 1971) Juan Perón habla de apresurados y retardatarios con sus múltiples interpretaciones de época. Había que ser peronólogo para entender, porque tanto los propios como el enemigo, los que iban de prisa como los que no, los que disputaban la Conducción como los que se avenían a ella, creían haber encontrado su lugar en el Mundo con otra de las genialidades criollísimas del Viejo.
La referencia histórica puede ser falsa, pero al menos es creíble.
Dicen que sólo se puede hacer historia con testimonios directos o indirectos: sin embargo, en la Argentina, el pasado argentino fue reinventado por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López –y todavía hay calles que los recuerdan como si tal cosa– para construir un presente falso. Alguien dijo alguna vez que Mitre, como historiador, era un buen traductor de la Divina Comedia, y como traductor, un verdadero traidor. Es decir, un traidor en toda la línea.
¿Subsisten los apresurados y retardatarios?
Semejante pregunta soporta distintas respuestas. El “progresismo” argentino, en general, podría inscribirse en un cómodo justo medio: no son ni tibios ni calientes, ni chicha ni limonada, ni apresurados ni retardatarios, porque solo pretenden “modernizar” la sociedad incorporando algunos derechos posmodernos sin cambiar la lógica económica. Dejando todo como está. Y no es que uno adscriba al determinismo dialéctico en sus (también en esto) múltiples interpretaciones, pero la Justicia Social –base de sustento de lo Nacional– ya está sugiriendo la naturaleza económica del problema, por cuanto no la hay si no se pone límite al Capital. A los mercados, se diría hoy eufemísticamente. Libres mercados y Justicia Social son términos antagónicos por más que uno se haga el progresista. Y por eso conviene reflexionar sobre el papel del Estado.
A los retardatarios se los encuentra rápidamente: son los que constituyen el “partido del coloniaje”. Podrá argumentarse que el término es ambiguo, por cuanto no existe hoy, en términos de partidos políticos, uno que se identifique como tal, con representación, sede social y autoridades legalmente constituidas. Es más: todos los integrantes de ese tal partido del coloniaje se esmeran en presentarse a sí mismos como lo contrario de lo que realmente son: Grondona, Iglesias, Morales Solá, Van der Kooy, la Pitonisa Psicótica, entre muchos otros, son argentinos como el que más. O quizás sí lo son y no solamente se presentan como tales, pero no de la Argentina que uno tiene en mente: sencillamente, como diría el Pelado Cordera, una Argentina que nos incluya a todos.
Sueño módico.
Y no es que uno no haya sido también retardatario, pero a su modo, como por ejemplo en los 90: “¡Paren de modernizar!”, pudo haber sido una consigna propia de aquella época, por cuanto cada innovación, cada “modernización”, cada reforma (diseñada por el imperio) abría una nueva herida a la Argentina.
Contra eso, ni olvido ni perdón, porque un partido no puede dar un giro en 180 grados y dedicarse a destruir a lo bestia y en profundidad todo lo que se había construido con gran esfuerzo. Es decir, hablamos en términos de razón de ser o naturaleza, ya que las representaciones políticas son genuinas en tanto sirven a los fines para las que fueron creadas, y si no, los traicionan.
Esta interpolación histórica en la que arbitrariamente se puso como punto de partida a la famosa frase de Perón, no puede entenderse si no la contenemos en la irresistible decadencia o desvalorización de todas las representaciones y significados.
Un apresurado de los primeros setenta era un tipo que se había definido por la Patria Socialista, incluso sin saber qué era el socialismo y menos que menos, sin tener idea de lo que era el socialismo real, ese que se expresaba crudamente en las ambiciones imperiales (Hungría, Checoslovaquia, etc.) de Moscú ni en el obturamiento de la construcción social que implicaba tratar a un crítico del sistema como un esquizofrénico incapaz de entender las bondades de las que solo disfrutaban los aparatchiks, y como tal, sujeto a prisión, chaleco de fuerza y electroshock. Historia antigua, es cierto, pero no viene mal recordarla brevemente.
… y líquidos
Hoy en día, ser “apresurado” es un valor constitutivo de la civilización en su etapa de predominio del capital financiero, la forma superior de saqueo y apropiación privada. Las ganancias ya. El deseo realizado ya. El goce satisfecho ya. El Nesquik ya. El amor líquido ya.
No existe, sin embargo, un delivery de Nación ni de Justicia Social, que vienen a ser aproximadamente lo mismo.
Los apresurados del siglo XXI creen que la construcción política puede reemplazarse por la ficción de las redes sociales. Los ficcionales atribuyeron la autoría de la renuncia del comisario Fino Palacios al intercambio de mails. Ahora, circula un petitorio virtual para revocar el mandato de Macri. Otros creen que la nueva Ley de Medios Audiovisuales cambiará mágicamente la realidad, cuando todos sabemos que la Madre de Todas las Batallas comienza inmediatamente después de sancionada y promulgada.
Los apresurados de hoy en día confunden poder con militancia, y política con comentario político. Son formas líquidas de encarar la política, probablemente asociadas con formas líquidas de sus respectivas vidas privadas.
Somos los piratas
Siendo así, se les puede escapar el significado de lo publicado por la AEA (Asociación Empresaria Argentina) que aglutina a lo más concentrado y tradicional del poder concentrado y tradicional, quien ejerce sus eventuales derechos mediante dos eufemismos.
El primero se refiere a los “derechos adquiridos”.
Habida cuenta de que la nueva Ley de Medios Audiovisuales no legisla sobre la libertad de expresión o de prensa sino sobre la administración pública de las ondas radioeléctricas, la defensa de los “derechos adquiridos” se refiere al viejo “derecho de captura”. Como no podía ser de otra manera, este derecho de filibusteros es parte del “derecho consuetudinario” de Gran Bretaña refiriéndose a la propiedad de las naves “halladas” en altamar. Siendo harto difícil que una tripulación abandone voluntariamente el navío dejándolo a merced de la naturaleza, los “hallazgos” casuales solían producirse luego de que los corsarios pasaran a degüello a los legítimos ocupantes del navío.
A eso mismo se refieren los derechos adquiridos en el negocio audiovisual. Nadie está impedido de publicar, de editar un diario o revista si sabe cómo hacerlo (o incluso aunque no sepa) y tiene con qué. Pero las ondas radioeléctricas son limitadas. Y la realidad es tal, que un grupo, o un puñado de grupos, se apoderó de ellas siendo un bien público.
Que los medios hayan sido lícitos o no, es harina de otro costal. Pero aunque fueran lo primero, es absurdo que un país otorgue algo de su propiedad sin límite de tiempo, a perpetuidad, y sobre todo siendo tan limitado el espectro radioeléctrico. De modo que cuando se dice “derechos adquiridos” debe leerse “derecho de captura”. Y detrás de ello vienen marchando otros eufemismos tóxicos: seguridad jurídica avasallada, legitimidad de origen pero no de ejercicio, etc. Todo repaso a las columnas de Grondona, Morales Solá o Cachanovsky contendrá necesariamente alguno de estos equívocos.
La AEA también pide que “la prensa sea independiente del poder político”. Bien que nos haría. ¿Y por qué no del poder económico? O en otras palabras, todos aceptaríamos que fuera independiente del poder político si lo fuera también del económico, pero lamentablemente también estamos seguros de que la actividad social es esencialmente política aunque se desenvuelva en un marco económico.
Es que la satisfacción garantizada, llame ya, es en esta etapa de la vida pública argentina es adyacente a ciertas formas mafiosas de actuar.
Si la definición “medios independientes” ya es un oximoron, y nunca se aclara si independientes respecto de qué, lo cierto es que para algunos observadores del conflicto social, el periodismo, la emisión de ideas, no es mas que un soporte del verdadero mensaje de los grandes medios, que consiste en legitimar al sistema económico vigente, al Poder, al modo de vida capitalista, en sus múltiples manifestaciones. In extremis, el contenido no es mas que una fachada. Por eso será que los medios “más prestigiosos” no se preocupan demasiado por la calidad de las noticias que emiten.
Se necesita ser un individuo crítico (ese que puede recrearse a sí mismo) para no ser manipulado –a través de días, años y décadas– por la opinión de un medio independiente del poder político pero no del económico, de modo tal que nuestra opinión independiente no sea la opinión de Techint, La Serenísima, La Rural, Bunge & Born, Grobocopatel, Pérez Companc, Socma.
Que es lo que nos ha sucedido (para ser compasivos) en cierto modo.
Ah, lo alternativo
También hay una interpretación líquida de lo alternativo, adyacente al 33% del espectro que podrían ocupar los medios “alternativos”.
El término es ambiguo. Una primera acepción indica a todo aquello que se opone a lo instituido, o que, sin oponerse y hasta deseando fervorosamente ser reconocido como tal, es rechazado por lo instituido. De ninguna manera se debe dar por sentado que lo alternativo tiene una calidad asociada con esa definición, o que la calidad integre la naturaleza de lo alternativo. Por demás, lo alternativo tiene connotaciones precisas relacionadas con la visión eurocéntrica de “contrapoder”.
Asimismo, lo “alternativo” está con frecuencia asociado al tercer sector, a las ong’s, publicitado como la panacea al fin de los Estados-nación por una cuestión elemental: porque a través de ellas, las corporaciones pueden evadir impuestos.
En Argentina, las ong’s no tienen ningún tipo de control social, y en eso se incluyen sus autoridades, forma de elección, fines y financiamiento. Una cosa es otorgar el 33% a instituciones reconocidas, y otra muy distinta a sospechosas fundaciones cuyos verdaderos móviles el público desconoce.
Un poco más de seriedad. No es suficiente con decir “mira quien se opone para saber por qué la apoyo”. Hay que competir. Todos somos capitalistas.
Gentileza Revista Zoom
En “Actualización Doctrinaria….” (Getino y Solanas, 1971) Juan Perón habla de apresurados y retardatarios con sus múltiples interpretaciones de época. Había que ser peronólogo para entender, porque tanto los propios como el enemigo, los que iban de prisa como los que no, los que disputaban la Conducción como los que se avenían a ella, creían haber encontrado su lugar en el Mundo con otra de las genialidades criollísimas del Viejo.
La referencia histórica puede ser falsa, pero al menos es creíble.
Dicen que sólo se puede hacer historia con testimonios directos o indirectos: sin embargo, en la Argentina, el pasado argentino fue reinventado por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López –y todavía hay calles que los recuerdan como si tal cosa– para construir un presente falso. Alguien dijo alguna vez que Mitre, como historiador, era un buen traductor de la Divina Comedia, y como traductor, un verdadero traidor. Es decir, un traidor en toda la línea.
¿Subsisten los apresurados y retardatarios?
Semejante pregunta soporta distintas respuestas. El “progresismo” argentino, en general, podría inscribirse en un cómodo justo medio: no son ni tibios ni calientes, ni chicha ni limonada, ni apresurados ni retardatarios, porque solo pretenden “modernizar” la sociedad incorporando algunos derechos posmodernos sin cambiar la lógica económica. Dejando todo como está. Y no es que uno adscriba al determinismo dialéctico en sus (también en esto) múltiples interpretaciones, pero la Justicia Social –base de sustento de lo Nacional– ya está sugiriendo la naturaleza económica del problema, por cuanto no la hay si no se pone límite al Capital. A los mercados, se diría hoy eufemísticamente. Libres mercados y Justicia Social son términos antagónicos por más que uno se haga el progresista. Y por eso conviene reflexionar sobre el papel del Estado.
A los retardatarios se los encuentra rápidamente: son los que constituyen el “partido del coloniaje”. Podrá argumentarse que el término es ambiguo, por cuanto no existe hoy, en términos de partidos políticos, uno que se identifique como tal, con representación, sede social y autoridades legalmente constituidas. Es más: todos los integrantes de ese tal partido del coloniaje se esmeran en presentarse a sí mismos como lo contrario de lo que realmente son: Grondona, Iglesias, Morales Solá, Van der Kooy, la Pitonisa Psicótica, entre muchos otros, son argentinos como el que más. O quizás sí lo son y no solamente se presentan como tales, pero no de la Argentina que uno tiene en mente: sencillamente, como diría el Pelado Cordera, una Argentina que nos incluya a todos.
Sueño módico.
Y no es que uno no haya sido también retardatario, pero a su modo, como por ejemplo en los 90: “¡Paren de modernizar!”, pudo haber sido una consigna propia de aquella época, por cuanto cada innovación, cada “modernización”, cada reforma (diseñada por el imperio) abría una nueva herida a la Argentina.
Contra eso, ni olvido ni perdón, porque un partido no puede dar un giro en 180 grados y dedicarse a destruir a lo bestia y en profundidad todo lo que se había construido con gran esfuerzo. Es decir, hablamos en términos de razón de ser o naturaleza, ya que las representaciones políticas son genuinas en tanto sirven a los fines para las que fueron creadas, y si no, los traicionan.
Esta interpolación histórica en la que arbitrariamente se puso como punto de partida a la famosa frase de Perón, no puede entenderse si no la contenemos en la irresistible decadencia o desvalorización de todas las representaciones y significados.
Un apresurado de los primeros setenta era un tipo que se había definido por la Patria Socialista, incluso sin saber qué era el socialismo y menos que menos, sin tener idea de lo que era el socialismo real, ese que se expresaba crudamente en las ambiciones imperiales (Hungría, Checoslovaquia, etc.) de Moscú ni en el obturamiento de la construcción social que implicaba tratar a un crítico del sistema como un esquizofrénico incapaz de entender las bondades de las que solo disfrutaban los aparatchiks, y como tal, sujeto a prisión, chaleco de fuerza y electroshock. Historia antigua, es cierto, pero no viene mal recordarla brevemente.
… y líquidos
Hoy en día, ser “apresurado” es un valor constitutivo de la civilización en su etapa de predominio del capital financiero, la forma superior de saqueo y apropiación privada. Las ganancias ya. El deseo realizado ya. El goce satisfecho ya. El Nesquik ya. El amor líquido ya.
No existe, sin embargo, un delivery de Nación ni de Justicia Social, que vienen a ser aproximadamente lo mismo.
Los apresurados del siglo XXI creen que la construcción política puede reemplazarse por la ficción de las redes sociales. Los ficcionales atribuyeron la autoría de la renuncia del comisario Fino Palacios al intercambio de mails. Ahora, circula un petitorio virtual para revocar el mandato de Macri. Otros creen que la nueva Ley de Medios Audiovisuales cambiará mágicamente la realidad, cuando todos sabemos que la Madre de Todas las Batallas comienza inmediatamente después de sancionada y promulgada.
Los apresurados de hoy en día confunden poder con militancia, y política con comentario político. Son formas líquidas de encarar la política, probablemente asociadas con formas líquidas de sus respectivas vidas privadas.
Somos los piratas
Siendo así, se les puede escapar el significado de lo publicado por la AEA (Asociación Empresaria Argentina) que aglutina a lo más concentrado y tradicional del poder concentrado y tradicional, quien ejerce sus eventuales derechos mediante dos eufemismos.
El primero se refiere a los “derechos adquiridos”.
Habida cuenta de que la nueva Ley de Medios Audiovisuales no legisla sobre la libertad de expresión o de prensa sino sobre la administración pública de las ondas radioeléctricas, la defensa de los “derechos adquiridos” se refiere al viejo “derecho de captura”. Como no podía ser de otra manera, este derecho de filibusteros es parte del “derecho consuetudinario” de Gran Bretaña refiriéndose a la propiedad de las naves “halladas” en altamar. Siendo harto difícil que una tripulación abandone voluntariamente el navío dejándolo a merced de la naturaleza, los “hallazgos” casuales solían producirse luego de que los corsarios pasaran a degüello a los legítimos ocupantes del navío.
A eso mismo se refieren los derechos adquiridos en el negocio audiovisual. Nadie está impedido de publicar, de editar un diario o revista si sabe cómo hacerlo (o incluso aunque no sepa) y tiene con qué. Pero las ondas radioeléctricas son limitadas. Y la realidad es tal, que un grupo, o un puñado de grupos, se apoderó de ellas siendo un bien público.
Que los medios hayan sido lícitos o no, es harina de otro costal. Pero aunque fueran lo primero, es absurdo que un país otorgue algo de su propiedad sin límite de tiempo, a perpetuidad, y sobre todo siendo tan limitado el espectro radioeléctrico. De modo que cuando se dice “derechos adquiridos” debe leerse “derecho de captura”. Y detrás de ello vienen marchando otros eufemismos tóxicos: seguridad jurídica avasallada, legitimidad de origen pero no de ejercicio, etc. Todo repaso a las columnas de Grondona, Morales Solá o Cachanovsky contendrá necesariamente alguno de estos equívocos.
La AEA también pide que “la prensa sea independiente del poder político”. Bien que nos haría. ¿Y por qué no del poder económico? O en otras palabras, todos aceptaríamos que fuera independiente del poder político si lo fuera también del económico, pero lamentablemente también estamos seguros de que la actividad social es esencialmente política aunque se desenvuelva en un marco económico.
Es que la satisfacción garantizada, llame ya, es en esta etapa de la vida pública argentina es adyacente a ciertas formas mafiosas de actuar.
Si la definición “medios independientes” ya es un oximoron, y nunca se aclara si independientes respecto de qué, lo cierto es que para algunos observadores del conflicto social, el periodismo, la emisión de ideas, no es mas que un soporte del verdadero mensaje de los grandes medios, que consiste en legitimar al sistema económico vigente, al Poder, al modo de vida capitalista, en sus múltiples manifestaciones. In extremis, el contenido no es mas que una fachada. Por eso será que los medios “más prestigiosos” no se preocupan demasiado por la calidad de las noticias que emiten.
Se necesita ser un individuo crítico (ese que puede recrearse a sí mismo) para no ser manipulado –a través de días, años y décadas– por la opinión de un medio independiente del poder político pero no del económico, de modo tal que nuestra opinión independiente no sea la opinión de Techint, La Serenísima, La Rural, Bunge & Born, Grobocopatel, Pérez Companc, Socma.
Que es lo que nos ha sucedido (para ser compasivos) en cierto modo.
Ah, lo alternativo
También hay una interpretación líquida de lo alternativo, adyacente al 33% del espectro que podrían ocupar los medios “alternativos”.
El término es ambiguo. Una primera acepción indica a todo aquello que se opone a lo instituido, o que, sin oponerse y hasta deseando fervorosamente ser reconocido como tal, es rechazado por lo instituido. De ninguna manera se debe dar por sentado que lo alternativo tiene una calidad asociada con esa definición, o que la calidad integre la naturaleza de lo alternativo. Por demás, lo alternativo tiene connotaciones precisas relacionadas con la visión eurocéntrica de “contrapoder”.
Asimismo, lo “alternativo” está con frecuencia asociado al tercer sector, a las ong’s, publicitado como la panacea al fin de los Estados-nación por una cuestión elemental: porque a través de ellas, las corporaciones pueden evadir impuestos.
En Argentina, las ong’s no tienen ningún tipo de control social, y en eso se incluyen sus autoridades, forma de elección, fines y financiamiento. Una cosa es otorgar el 33% a instituciones reconocidas, y otra muy distinta a sospechosas fundaciones cuyos verdaderos móviles el público desconoce.
Un poco más de seriedad. No es suficiente con decir “mira quien se opone para saber por qué la apoyo”. Hay que competir. Todos somos capitalistas.
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